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    Donde comienza la Paz

    Cápsulas para un vocabulario cordial | Manuel Soler Palá, msscc 


    Donde comienza la Paz
    La paz comienza en uno mismo  
    Bien está que unos individuos irrumpan en las calles enarbolando enormes carteles en favor de la paz. Pero es patético que los mismos, al regresar a su hogar, le pongan mala cara a la mujer y traten con dureza a sus hijos. Porque si no estamos en armonía con nosotros mismos, ¿con qué ánimo guiaremos a otros por la senda de la concordia? La paz se nutre de una fuente que brota en el interior de cada uno.
    ¿Has advertido que para superar tensiones o guerras se necesita que, al menos dos personas, hagan las paces? Y es verdad que, si uno no quiere, entre dos no habrá guerra, pero con frecuencia basta que uno provoque al otro para que con gran probabilidad el conflicto esté servido. 
    Importa mucho resaltar que la paz comienza en el propio interior de uno. Decía Voltaire que lo esencial es estar bien consigo mismo. Y la Madre Teresa de Calcuta afirmaba que la paz comienza con una sonrisa. Si uno no vive serenamente en su interior, resulta inútil buscar la tranquilidad en el exterior. ¿Quieres vivir en paz y tranquilidad con todos lo que te rodean? Pues empieza a vivir en armonía contigo mismo.

    Creer en la paz, más que hablar de ella
    Nada que decir en contra de quienes dan conferencias sobre la paz u organizan tertulias sobre la misma. Pero es mucho mejor creer y trabajar por ella a fin de conseguirla. Por algo el sabio Albert Einstein —cuando le preguntaron cómo contrarrestar el poder de la bomba atómica— respondió: con la paz.
    Se ha dicho con humor que la paz es un período de trampas entre dos luchas. Caso de que ello se corresponda con la realidad, se tratará de una paz muy efímera. Más que preparar trampas y acechar al enemigo, en época de paz, sería el momento adecuado para construir puentes. Muros hay más que suficientes. Por lo demás, ya escribió el viejo Tito Livio que “es mejor y más segura una paz cierta que una victoria esperada”.

    La paz no empatiza con las armas
    Parece un chiste, pero es una gran realidad. Todo el mundo dice querer y estimar la paz como el gran bien. Sin embargo, para asegurarla, se disponen a fabricar armas en cantidad. Se trata de un gran pretexto para los comerciantes de armas: si quieres la paz prepara la guerra. Es decir, fabrica armas. Hasta el famoso escritor y político Cicerón cayó en la trampa cuando escribió: “Si queremos gozar la paz, debemos velar bien las armas; si deponemos las armas no tendremos jamás paz.”
    No te confundas, por favor. La paz no consiste en la ausencia de guerra. Si así lo creyeras podrías también sostener que la libertad equivale simplemente a no vivir entre los muros de una prisión. Y en la misma línea comprende que la expresión "coexistencia pacífica" significa ausencia de guerra, pero no auténtica paz.
    Bien lo entendió el filósofo francés Pierre J. Proudhon al formular así su pensamiento: “La paz obtenida con la punta de la espada, no es más que una tregua.” A la paz mantenida por la fuerza se la ha llamado “la paz del cementerio”. La fuerza bruta jamás creará un ambiente en el que los seres humanos desarrollen sus mejores cualidades. La represión engendra el temor, jamás el amor.
    Hubo un hombre cuya sabiduría se expandió por toda Europa en la época del renacimiento. Dijo que “la paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa.” Su autor, Erasmo de Rotterdam. Pues es verdad que “más vale pobreza en paz, que en guerra mísera riqueza” (Lope de Vega:1562-1635). Y, por si no bastaran las autoridades que así piensan, he aquí la frase escueta y lapidaria de Benjamín Franklin: “nunca ha habido una buena guerra ni una mala paz.
    Sin justicia no hay paz
    La paz es una situación que está estrechamente vinculada con la justicia. ¿Cómo puede vivir en sosiego y armonía quien recibe ofensas y menosprecios? En consecuencia, no hay paz sin justicia. Cabe avanzar en esta idea: mientras perdure la opresión en la sociedad —del signo que sea—, mientras los desequilibrios económicos rompan los pasadizos entre las diversas clases sociales, está claro que quizás podrá darse una tregua, pero no una auténtica y duradera paz.
    “Llaman falsamente paz a una servidumbre miserable” (Tácito: 55-115, historiador romano). ¿Y qué se exige para que el nombre de la paz no suene a falso? Que se asiente sobre la verdad, sobre la justicia y sobre la libertad. Sí, resulta muy difícil conjugar la justicia con la libertad, pero es la condición ineludible para conseguir la paz.

    La ausencia de guerra no equivale a la paz
    “En asuntos internacionales, la paz es un período de trampas entre dos luchas”, plasmó en el papel el escritor estadounidense Ambrose Bierce (1842-1914), conocido por sus frases irónicas y corrosivas.
    Es obvio que la ausencia de guerra no equivale a la paz. Ésta no es ausencia, sino la presencia de una virtud, de una predisposición de la mente y del corazón. Tiene que ver con un talante benevolente, una tendencia a la confianza en el otro y un gran respeto por la justicia.
    Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No existe la tal paz, sino viene acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad (Juan Pablo II 1920-2005).

    La paz, condición previa para el bienestar
    Ya 400 años de Cristo decía el historiador y filósofo griego Jenofonte que “sin concordia no puede existir ni un estado bien gobernado ni una casa bien administrada”. Y la misma idea recalcaba Gandhi: “no hay camino para la paz, la paz es el camino”. Un estado en continua ebullición, cambios y sobresaltos, no permite planear un futuro próspero
    “Los pueblos alzados en armas jamás alcanzarán la prosperidad”. (Nelson Mandela: 1918-2013, abogado y político sudafricano.

    El abrazo antes que el rechazo
    ¿Quieres tener razón o quieres tener paz? Cuando la razón beneficia a un tercero o conforma un testimonio en favor de la verdad, no renuncies a la razón, aunque tengas que sufrir por ello. Pero cuando la razón sea simplemente un halago para tu egoísmo y no conduzca a un objetivo que valga la pena, prefiere la paz. Deja que tu adversario se alegre con la razón como un niño con zapatos nuevos.
    Es una ley de vida, aunque pueda tener excepciones. Cada uno recibe lo que ha sembrado. Si quieres vivir en concordia y armonía, cultiva la sonrisa, más que las malas caras. Contesta los correos y haz cumplidos en lugar de ir por el mundo con las cejas en arco. Agradece siempre que halles una razón para ello, en lugar de buscar y lamentar eventuales defectos.
    Confía en lugar de temer siempre lo peor de quienes te rodean. Alguna vez te equivocarás, pero tu vida será mucho menos hosca. Perdonar te liberará de un gran peso interior, mientras que la maldecir te supondrá cargar con una pesada mochila.  ADH 822

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