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    El valor del Amor

    Valor del mes | P. Juan Tomás García, MSC 


    El valor del Amor  
    “De su costado brotó sangre y agua”, Juan 19, 34
    El gran valor
    El amor es todo, “Dios es amor”. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él (1Jn 4, 16). ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? Lo primero es “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”; lo segundo es “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 36-40). Así sintetiza el evangelista la respuesta de Jesús a quienes le preguntaban por lo esencial y más importante. Según Jesús lo decisivo en la vida es amar. Ahí está el fundamento de todo. Lo primero es vivir ante Dios y ante los demás en una actitud de amor. No hemos de perdernos en cosas accidentales y secundarias, olvidando lo esencial. Del amor arranca todo lo demás. Sin amor no hay verdad. El Corazón de Jesús, su vida nos muestra el amor de Dios.

    El amor como práctica de fe
    ¿Cómo lograr que nuestras comunidades se organicen a partir del mandamiento del amor? No es nada fácil pues hemos vaciado o cambiado los contenidos de esta palabra. Al hablar del amor a Dios, Jesús no está pensando en los sentimientos o emociones que pueden brotar de nuestro corazón; tampoco nos está invitando a multiplicar nuestros rezos y oraciones. Amar al Señor, nuestro Dios, con todo el corazón es reconocer a Dios como Fuente última de nuestra existencia, despertar en nosotros una adhesión total a su voluntad, y responder con fe incondicional a su amor universal de Padre de todos.
    Por eso añade Jesús un segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir de espaldas a sus hijos e hijas. Una religión que predica el amor a Dios y se olvida de los que sufren es una gran mentira. La única postura realmente humana ante cualquier persona que encontramos en nuestro camino es amarla y buscar su bien como quisiéramos para nosotros mismos.

    Todo este lenguaje puede parecer demasiado viejo, demasiado gastado y poco eficaz. Sin embargo, también hoy el primer problema en el mundo es la falta de amor, que va deshumanizando, uno tras otro, los esfuerzos y las luchas por construir una convivencia más humana. El mundo necesita testigos vivos que ayuden a las futuras generaciones a creer en el amor, pues no hay un futuro esperanzador para el ser humano si termina por perder la fe en el amor.

    Permanezcamos en el amor de Jesús (Juan 15, 9-17)
    «Permanezcan en mi amor». Es lo primero. No se trata sólo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre.  Del corazón de Jesús brota la bondad, la ternura y el cariño de Dios para sus hijos e hijas. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor.  Jesús pone su corazón misericordioso en todo lo que él es y hace. Por eso acoge, perdona, sana, anima acompaña… A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no olvidar del amor.

    Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Éste es mi mandamiento; que se amen unos a otros como yo los he amado» (Jn 15, 13). El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Sólo del mandato del amor dice Jesús: «Este es mi mandamiento». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.
    Nuestra tarea es amar como Jesús amó, amar de corazón y buscar que nuestra sociedad avance en el amor desinteresado que construya unas estructuras y unas relaciones humanas de acuerdo con el evangelio. Así, la teoría y la práctica de nuestra religión se acercarán, respondiendo así a las necesidades de nuestro tiempo con el amor como remedio eficaz. Dios nos ama y ama a nuestro mundo. ¿Y nosotros?

    Cambiar la imagen de nuestras comunidades parroquiales viviendo en el amor
    Jesús no presenta el mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «les hablo de esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.

    El amor nos impulsa a dar pasos hacia unas comunidades eclesiales más abiertas, cordiales, acogedoras, alegres, sencillas y amables donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, siguiendo la expresión del Evangelio. Aprendamos cómo generar alegría y amor para ir convirtiendo comunitariamente, nuestro cristianismo, en una realidad alegre, entusiasta y fraterna. Que no falte a nuestras vidas la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento de Jesús le falta el entusiasmo de la innovación, de la creatividad y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros. El amor provoca alegría aún en medio de las adversidades.

    Hermanos, amémonos unos a otros,
    porque el amor es de Dios
    y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios,
    el que no ama no es de Dios
    porque Dios es amor; Dios es amor.
    Hermanos, amémonos unos a otros.

    Por eso tienes que ser un niño;
    tienes que ser un niño;
    tienes que ser un niño;
    para entrar al reino;
    al reino con mi Cristo. 
    1 Juan 4, 7-21

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