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    La transmisión de la Fe

    Valor del Mes | P. Juan Tomás García, MSC 


    La transmisión de la Fe  

    Si bien la fe es una realidad personal, lo cierto es que se vive en comunidad, en iglesia y sociedad. La iniciativa es siempre divina. “Nadie va al padre si no es por mí”, dice Jesús. Dios se nos revela como un Dios de Amor. Sólo puede nacer en el fondo del corazón humano como fruto de la gracia que pre­viene y ayuda, y como respuesta, enteramente libre, a la moción del Espíritu Santo que mueve el corazón y lo convierte a Dios. Al encontrarnos con Jesús de manera personal y profunda, y al aceptarlo de corazón, nuestra vida cambia, se transforma de manera positiva, notándose exteriormente nuestro cambio. Ese es un primer momento de la transmisión de la fe, lo que los demás ven en nosotros, desde el primer momento. El bienestar que sentimos y la seguridad presente y futura que nos imprime, alcanza a quienes nos tratan cada día.
    Por la fe que Dios nos regala y acompaña nos sumamos a su proyecto del Reino, sentimos haberlo encontrado, nos alegramos y lo reconocemos como Señor y Salvador. En Él encontramos el camino para acercarnos al Misterio de Dios. A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha contado (Jn 1,18). En Jesús se nos ofrece la verdad de Dios, se nos comunica su vida y se nos reve­la el camino que lleva hasta él. Para acoger plenamente a Dios es necesario seguir a Jesús, vivir su experiencia, practicar su vida, dejarnos animar por su Espíritu. Sólo quien vive como Jesús acoge al Dios de la vida. Sólo quien ama como él, se abre al Dios del amor. Sólo quien vive la fraternidad y se acerca a los necesitados, obedece al Padre de los pobres.

    La transmisión de la fe
    Transmitir la fe significa que alcance a otras personas, compartirla con otros. Ya hemos dicho que la fe es un don de Dios. El don no lo podemos transmitir, pero si lo que ese don produce en nosotros. La fe puede transmitirse, en cuanto que los cristianos hacemos partícipes a otros de nuestra respuesta filial al don recibido. Es decir, en cuanto que podemos mostrarles a los demás la confianza que comporta creer en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. La fe se transmite de manera individual tratando a cada persona en particular, y comunitariamente, a través de las acciones de la Iglesia. Cada cristiano está llamado a "contagiar" a los demás su apertura al amor, que es escucha de la Palabra de Dios y reflejo de su luz en la propia conducta. Dios mismo se sirve de la vida y de las palabras de los cristianos, para seguir dando a otros la fe (1 Co 15, 3).
    De lo que somos actualmente, una gran parte nos ha llegado de los demás. Lo mismo sucede con la fe. El amor de Jesús lo conocemos y nos "alcanza" por medio de otros cristianos miembros de la Iglesia. La Iglesia nos transmite su memoria viva de la fe. "La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe", gracias a la acción del Espíritu Santo que actúa a la vez en la Iglesia y en cada uno de los cristianos (Jn 14, 26).

    Manifestaciones de la transmisión de la fe
    La Iglesia propone la fe a los hombres y mujeres a través del dinamismo eclesial y de las acciones que asume como Pueblo de Dios. La evangelización como misión propia de la Iglesia busca despertar la gente a la fe, persigue disponer las personas a conocer a Jesús, tener un encuentro personal con él y hacerse sus discípulos y discípulas. La formación cristiana busca acompañar a los creyentes en su crecimiento en la fe para poder abrazar los compromisos comunitarios a los que Jesús les vaya llamando en la Iglesia y en el mundo. La catequesis en general acompaña los procesos de crecimiento y madurez en la fe.

    Cuando rezamos el Credo en las celebraciones dominicales, solemnes y bautismales, estamos anunciando públicamente lo que creemos y disponiéndonos a vivir esa fe personalmente y en comunidad. Afirma el Concilio Vaticano II: "Lo que los Apóstoles transmitieron comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del Pueblo de Dios; así la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (Dei Verbum, n. 8).         
    Ya hemos dicho que lo que se transmite no es una doctrina, una teoría, sino, una experiencia producida en el encuentro con Dios que nos regala la fe, es la vivencia interior que transforma y dinamiza nuestra vida. Se transmite la luz nueva que nace del encuentro con el Dios vivo, una luz que toca la persona en su centro, en el corazón, implicando su mente, su voluntad y su afectividad, abriéndola a relaciones vivas en la comunión con Dios y con los otros" (Lumen fidei, n. 40).  
    Toda esta experiencia se celebra y se ora en los sacramentos y atrae a los demás a participar de la fe en de Dios. El Papa Francisco ha dicho que: Transmitir la fe no es dar informaciones, sino fundar un corazón, fundar un corazón en la fe en Jesucristo. No se puede transmitir la fe mecánicamente, es compartir lo que hemos recibido. Y éste es el desafío de un cristiano: ser fecundo en la transmisión de la fe. Y también es el desafío de la Iglesia: ser madre fecunda, dar a luz a los hijos en la fe”.
    ADH 825.

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