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    Las aclamaciones en la misa

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc  



    Las aclamaciones en la misa

    «Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos…» (SC 30).
    Entrando ya en el ritmo cotidiano del Año litúrgico en curso, recibimos el mes de febrero. Les propongo iniciar unas breves reflexiones sobre las aclamaciones en la misa. Ya el Vaticano II había visto la necesidad de promoverlas como una buena manera de participación activa de los fieles.
    «Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos», dispuso el Concilio. En 1967 la Congregación de Ritos publica la Instrucción Musicam sacram, con la finalidad de seguir impulsando la renovación litúrgica y la participación de los fieles, en este caso, expresada por la música y el canto. 
    «Nada más festivo y más grato en las celebraciones sagradas que una asamblea que, toda entera, expresa su fe y su piedad por el canto. Por consiguiente, la participación activa de todo el pueblo, expresada por el canto, se promoverá diligentemente de la siguiente manera: Incluya, en primer lugar, las aclamaciones, las respuestas al saludo del celebrante y de los ministros y a las oraciones letánicas, y además las antífonas y los salmos, y también los versículos intercalares o estribillo que se repite, así como los himnos y los cánticos».[1]
    A su vez, la Ordenación del Misal, marcando el carácter comunitario de la celebración eucarística, considera de las aclamaciones de los fieles: «Puesto que la celebración de la Misa, por su propia naturaleza, tiene carácter “comunitario”, tienen una gran fuerza los diálogos entre el sacerdote y los fieles congregados y asimismo las aclamaciones. Ya que no son solamente señales externas de una celebración común, sino que fomentan y realizan la comunión entre el sacerdote y el pueblo.
    Las aclamaciones y respuestas de los fieles a los saludos del sacerdote y a sus oraciones constituyen precisamente aquel grado de participación activa que, en cualquier forma de Misa, se exige de los fieles reunidos para que quede así expresada y fomentada la acción de toda la comunidad».[2]
     Como podemos notar, en la celebración, se pone de relieve la importancia de las intervenciones breves y unánimes de la toda la comunidad, y en esas intervenciones, de manera especial, las aclamaciones. Esas aclamaciones, son, de por sí, una herencia de la liturgia judía. Estas tres nos son muy familiares: Amén, Aleluya, Hosanna. Y también el Apocalipsis destaca aclamaciones cristológicas, tales como: “Ven, Señor Jesús”; “Maranatha”.
    En el desarrollo de la celebración, cada aclamación va poniendo su toque propio. Así lo visualiza el Misal: «Otras partes que son muy útiles para manifestar y favorecer la activa participación de los fieles, y que se encomiendan a toda la asam­blea convocada, son, sobre todo, el acto penitencial, la profesión de fe, la oración de los fieles y la Oración dominical.
    Finalmente, en cuanto a otras fórmulas: a) algunas tienen por sí mismas el valor de rito o de acto; por ejemplo, el Gloria, el salmo responsorial, el Aleluya y el versículo antes del Evangelio, el Santo, la aclamación de la anámnesis, el canto después de la Comunión; b) otras, en cambio, simplemente acompañan a un rito, como los cantos de entrada, del ofertorio, de la fracción (Cordero de Dios) y de la Comunión».[3]
    En las próximas entregas continuaremos profundizando en las aclamaciones. Como esta es una propuesta de nuestra madre Iglesia, necesitamos seguir creciendo en nuestro nivel de conocimiento de nuestra liturgia. Es de esa manera que podremos alcanzar aquel nivel de participación activa que se pide a los fieles. ADH 831.



    [1] MS 16a.
    [2] OGMR 34-35.
    [3] Ibid. 36-37.

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