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    Los dientes del elefante

    Casa de Luz | Juan Rafael Pacheco (casadeluzjn812@gmail.com) 


    Los dientes del elefante
    El elefante mastica tanta comida cruda que sus dientes se gastan rápidamente.  Para mantener su gigantesco cuerpo, se la pasa comiendo tres cuartas partes del día. Diariamente consume unos 600 kilos de hojas, pasto, ramas pequeñas, e inclusive ramas grandes con espinas. ¡Alrededor de cuatro mil toneladas toda su vida!

    Cuando uno de sus ocho enormes dientes se gasta, nace otro en su lugar.  A lo largo de su vida cambia la dentadura unas seis veces.  Cuando se gasta la última, no puede comer más y muere. Así lo previó el Creador.

    Pasemos del Reino Animal a la criatura más perfecta creada por Dios: el hombre. Hay momentos en que nos sentimos agotados por problemas complicados, por situaciones difíciles. Se nos nubla el horizonte y perdemos la visión clara cuando surgen situaciones que nos alteran la vida. Tal parecería que hemos consumido la última dentadura.

    Una receta con dos ingredientes

    La receta para recuperar la estabilidad emocional es bien sencilla.  Requiere dos ingredientes principalísimos: comprensión y perdón.

    “’Señor, --preguntó Pedro a Jesús-- ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?’ Jesús le contestó: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’” (Mt 18, 21-22).

    El tema del perdón, junto con la reconciliación, el borrón y cuenta nueva, el dar antes de pensar en recibir y todos esos temas parecidos, son sin lugar a dudas mis favoritos. La cantidad de veces que podemos perdonar no tiene límites.

    En mi caso --que quizás también sea el tuyo-- yo amo el perdón, deseo siempre perdonar --o pedir perdón-- porque es el mejor negocio que uno pueda realizar. La paz, la tranquilidad, la alegría que se recibe al perdonar, o al pedir humildemente ser perdonado, no tiene comparación con el dolor que produce la inquina, la rabia del rencor, los dolores de cabeza de la venganza, el maquiavelismo de estar buscando como cobrárselas, que va, nada de eso vale la pena. Perdona o pide perdón, y echa pa'lante y vive feliz, en paz, que todo eso sabe a gloria. O como decía una tía mía muy querida, "¡sabe a bizcochito!".

    ¡Cuán difícil resulta perdonar, y sin embargo, cuán dulce la vida del que perdona!

    Si de alguna forma pudiera yo resumir mi testimonio de toda una vida, no dudaría en afirmar que lo arriba dicho lo recoge a la perfección. Siendo así, ya ido, ojalá alguien me recuerde por haber insistido, sin descanso, que perdonar no es olvidar sino recordar en paz.

    Hoy, Jesús nos habla del perdón. ¿Querrá alguien oír lo que Él dice? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe si tú estarías leyendo estas líneas si el título hubiera sido “La importancia del perdón” en lugar de “Los dientes del elefante”!  Son tantas las justificaciones que invocamos para no perdonar, que ni que Jesús nos diga lo contrario accedemos a doblegar nuestro egoísmo, nuestra soberbia, en un supremo acto de amor al prójimo necesitado de nuestro perdón, y quién sabe si menos de lo que nosotros mismos necesitamos perdonarlo para recuperar la paz perdida, sobre todo cuando se trata de perdonar al hermano.
    No esperes gastar tu sexta dentadura porque ya sería tarde. Pídele al Espíritu Santo te ilumine el camino para salir de la oscuridad en que estás viviendo, y puedas disfrutar de la luz que disfrutamos los que perdonamos aún recordando la ofensa recibida, pero recordándola en paz.
    Bendiciones y paz. Adh 834.

    Mis cuentos aparecen publicados en Catholic.net. Este cuento aparece publicado en la página 91 de mi libro “¡Descúbrete! Historias y cuentos para ser feliz”. Disponible en Librerías Paulinas, La Sirena y Librería Cuesta.

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