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    Abracadabra y otras palabras especiales

    Casa de Luz | Juan Rafael Pacheco 



    Abracadabra y otras palabras especiales

    El Hada Madrina, al conjuro de unas cuantas palabras, transformaba Cenicienta en radiante princesa, la calabaza en carroza real y los ratoncitos en raudos corceles blancos.

    ¿Y Mandrake el Mago? ¡Abracadabra, y zás, todo transformado!   
    ¡Cuán importante es la palabra! Una vez creado, lo primero que hizo Adán fue hablar, ya que por instrucciones de Dios “puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo.” 

    Pues en una ocasión, unas ranas viajaban por el bosque y, de repente, dos cayeron en un hoyo profundo.  Las otras, viendo cuán hondo era, les vocearon que era imposible que se salvaran, y que se dieran por muertas. Ellas no hicieron caso y con todas sus fuerzas trataron de salir.

    Las de arriba insistían que era inútil. Una de las ranas se rindió. Poco después se desplomó y murió. La otra, sin embargo, continuó saltando fuertemente hasta lograr salvarse.

    Sus amigas la recibieron con alborozo, felicitándola que no se hubiera llevado de lo que le gritaban.  La ranita, aún jadeante por el gran esfuerzo, les explicó que era sorda, y que pensó que lo que ellas hacían era animarla a esforzarse más y salir. 

    Con eso de la rana sorda pasa lo de la abeja, cuyo cuerpo, de acuerdo con la NASA, aerodinámicamente no está hecho para volar, pero lo bueno es que las abejas no lo saben. 
     
    Quiero contarles lo que sucedió en Noruega, en una planta empacadora de carne, cuando un día, terminando ya su horario de trabajo, un empleado fue a uno de los frigoríficos a inspeccionar algo, se le cerró la puerta con el seguro y quedó atrapado. De nada le valió golpear fuertemente, vociferar.  Imposible que alguien pudiera oírlo. 


    Y así pasaron cinco horas, casi al borde de la muerte. De repente, la puerta se abrió, entró el guardia de seguridad, y lo rescató.

    ¿Cómo se le había ocurrido al guardia abrir esa puerta, no siendo parte de su rutina de trabajo? La respuesta fue muy sencilla.  En los 35 años que llevaba en la empresa, cientos de trabajadores entraban cada día, pero el único que le saludaba en las mañanas y se despedía en las tardes era precisamente el que había salvado.  “El resto de los trabajadores, --dijo--, me tratan como si yo fuera invisible.

    Hoy me dijo ‘hola’ a la entrada, pero nunca escuché ‘hasta mañana’. Y yo siempre estoy pendiente de ese ‘hola, buenos días’ y ese ‘chau, hasta mañana’.  Sabiendo que no se había despedido de mí, pensé que debía estar en algún lugar del edificio, por lo que lo busqué y lo encontré, gracias a Dios.”


    Y gracias al poder de la palabra.  La palabra amable obra milagros, así como la palabra dura, la palabra negativa, obra muerte, como en el caso de las ranitas.  Una palabra de aliento a alguien que se siente desanimado puede ayudar a levantarlo y seguir adelante. Así nos enseñó a hacerlo el Señor Jesús. Una palabra destructiva dicha a alguien que se encuentre desanimado puede ser lo que lo acabe por destruir.


    Tengamos cuidado con lo que decimos. Una persona especial es la que se da tiempo para animar a otros. Así lo hacía el Hada Madrina con Cenicienta, y la convertía en princesa.

    Tengamos siempre a mano nuestros propios abracadabras. Bendiciones y paz. ADH 839

    Mis cuentos aparecen publicados en Catholic.net. Este cuento aparece publicado en la página 107 de mi libro “¡Descúbrete! Historias y cuentos para ser feliz”. Disponible en Papelería Villa Olga, teléfono 809 583 4165, Santiago; Librerías Paulinas, La Sirena y Librería Cuesta.

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