• “Proclamación de la Palabra”

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc  


    “Proclamación de la Palabra”

    «Según la tradición, el oficio de proclamar las lecturas no es pre­sidencial, sino ministerial …» (OGMR 59).

    En el mes de la familia, continuamos con nuestra reflexión sobre la Palabra. Ahora nos centraremos en la proclamación de la Palabra.

    Uno de los ministerios más importantes en la celebración de la Eucaristía, es el del lector. Después de la reforma del Vaticano II, el lector pasó de una de las cuatro órdenes menores, a ser un ministerio instituido. Pero, además de los instituidos, también se abrió la ventana para que en las comunidades, hombres y mujeres ejerciten este ministerio sin que necesiten un encargo oficial y permanente.

    Lo que sí se pide es que sean “aptos y diligentemente preparados”. Dice el Misal: «Si falta un lector instituido, desígnense otros laicos para procla­mar las lecturas de la sagrada Escritura, con tal que sean verdaderamente idóneos para desempeñar este oficio y estén esmeradamente formados, de modo que los fieles, al escuchar las lecturas divinas, conciban en su corazón un suave y vivo amor a la sagrada Escritura».[1]

    Siguiendo la misma dinámica, la Ordenación de las Lecturas de la Misa afirma: «Para que los fieles lleguen a adquirir una estima viva de la sagrada Escritura por la audición de las lecturas divinas, es necesario que los lectores que desempeñen este ministerio, aunque no hayan sido oficialmente instituidos en él, sean de veras aptos y estén cuidadosamente preparados».[2]

    Un gran desafío es que quienes leen realicen este ministerio con dignidad, en su postura y porte, y con preparación técnica, para que su lectura comunique bien la Palabra de Dios a la comunidad. «Lo que más ayuda a una adecuada comunicación de la palabra de Dios a la asamblea por medio de las lecturas es la misma manera de leer de los lectores, que deben hacerlo en voz alta y clara, y con conocimiento de lo que leen».[3]

    Personalmente observo hoy día, con preocupación, que estamos poniendo mucho énfasis en la parte exterior y formal de los lectores (vestuario, una especie de dalmática) y olvidamos lo esencial. No olvidemos que es un ministerio no necesariamente instituido. Empeñémonos en la preparación espiritual y en la calidad de esa proclamación. Que se lea con calidad.

    «Leer bien es re-crear, dar vida a un texto, dar voz a un autor. Es transmitir a la comunidad de los fieles lo que Dios les quiere decir hoy, aunque el texto pertenezca a los libros antiguos. Leer es pronunciar palabras, pero sobre todo decir un mensaje vivo. En gran medida depende del lector el que los oyentes se den por enterados y se dejen interpelar por Dios que les habla. No se trata sólo de que todos oigan. Además deben entender lo que oyen. Más aún: deben poder captar el sentido del mensaje, de modo que produzca como un eco en ellos y se sientan movidos, por el mismo modo de proclamar la Palabra, a responderle que sí […].

    Más que “leer”, se trata de “proclamar” expresivamente la Palabra. Pro-clamar es pronunciar, promulgar delante de una asamblea que escucha. No es mera lectura personal, o información, o clase. Es un ministerio que se realiza dentro de una celebración, y el mismo hecho de leer en público para esta comunidad de creyentes es todo un gesto de culto, un servicio litúrgico, realizado con fe y desde la fe».[4]
    Un buen lector debe recordar siempre que, en su ministerio, él es un mediador entre el Dios que dirige su Palabra y la comunidad cristiana que la escucha, para que la comprenda, la acoja y la haga suya. Lo que él transmite a sus hermanos no es su palabra, ni siquiera la palabra de la Iglesia, sino la Palabra de Dios. Él no lee para sí, sino que ejercita un servicio para la comunidad, de parte de Dios. ADH 839



    [1] OGMR 101.
    [2] OLM 55.
    [3] OLM 14.
    [4] ALDAZÁBAL, Ministerios de laicos, 51.

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