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    sábado, 15 de agosto de 2020

    ¿Dónde encontrar un poco de esperanza?

    Nihil Obstat | Martín Gelabert Ballester

    ¿Dónde encontrar un poco de esperanza?

    En este mes de agosto están ocurriendo muchas cosas que no invitan al optimismo. Lo que ha contado el único superviviente de una patera que quería llegar a Canarias, a saber, que a medida que sus ocupantes se iban muriendo por falta de agua, los superviviendo tiraban los cadáveres al mar, es una muestra más de esta sociedad deshumanizada en la que nos toca vivir. Lo cierto es que las tragedias humanas, debidas no a nuestra limitación, sino a nuestra falta de solidaridad, son tan antiguas como la historia. Ocurre que ahora estamos más informados. La información nos inclina espontáneamente a pedir responsabilidades a quienes gobiernan.

    Sin duda, en muchos casos una política un poco más sensata y previsora evitaría muchas tragedias. Un ejemplo reciente y claro es la explosión en Beirut de unos depósitos de nitrato de amonio, que han destrozado gran parte de la ciudad y provocado 170 muertos y más de seis mil heridos. ¿Dónde estaban esos depósitos con un producto tan letal? En plena ciudad. ¿Quién es el irresponsable que permite la ubicación de esos depósitos en tal lugar? Los ciudadanos nos sentimos impotentes. Y los ciudadanos de países que tiene menos libertad para manifestarse y protestar, más impotentes aún.

    Uno piensa, en ocasiones, que, para conservar la tranquilidad del ánimo, es mejor cerrar los ojos y taparse los oídos. Pero eso es imposible y no sólo no soluciona los problemas, sino que los empeora, y de paso manifiesta el egoísmo y la indiferencia del que no quiere ver ni oír. La esperanza no se alimenta con la pasividad. Se mantiene y se reaviva con solidaridad. Cada uno desde sus posibilidades. Es bueno estimular y animar a los demás, pero siempre que el estímulo y el ánimo empiecen por uno mismo. El Obispo Pere Casaldáliga ha sido un ejemplo de solidaridad. De esa solidaridad con la que todos estamos de acuerdo en teoría, aunque, a veces, nos molesten determinados ejemplos.

    Ante el mal que nos acosa, la única postura digna del ser humano es tender la mano a los heridos que están a nuestro alcance. Y, si uno es creyente, siempre cabe confiar en el Señor de la historia que, aunque parezca callado, está muy atento. A pesar de todo, el creyente cree que Dios no nos abandona. Un himno, que se encuentra en libro del profeta Habacuc, lo dice de esta manera:

    Aunque la higuera no florezca,
        ni haya frutos en las vides;
    aunque falle la cosecha del olivo,
        y los campos no produzcan alimentos;
    aunque en el aprisco no haya ovejas,
        ni ganado alguno en los establos;
    aun así, yo me regocijaré en el Señor,
        ¡me alegraré en Dios, mi libertador!


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