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    jueves, 17 de diciembre de 2020

    María, madre de misericordia

    Mariología | Juan Corona Estévez, MSC




    María, madre de misericordia

    La Iglesia, tal como lo atestiguan algunos escritos del siglo III, se ha acogido con confianza a la protección misericordiosa de María. Igualmente, en el primer milenio se encuentran numerosos testimonios sobre la clemencia, la bondad y la misericordia de la Virgen. Según estos datos, parece ser que el primero en atribuir este título a María fue Santiago de Sarug (+521) y luego se difundió en Occidente, sobre todo en el medievo latino, como lo demuestra la oración mariana de la Salve Regina en el siglo X.

    En ese mismo siglo, se encuentra ya una auténtica teología de su maternal misericordia. Esto se puede comprobar mediante sus gestos de amor, hospitalidad e intersecciones realizadas a favor de los más pobres. De acuerdo con Juan Kyriotis, el teólogo Ángelo Amato sostiene que María, por ser la madre del misericordioso, no puede carecer de compasión. Justamente por eso ella es para nosotros toda misericordia, puesto que sabe compartir las debilidades humanas y porque conoce bien la materia de la que estamos hechos.

     

    María no solo es una figura devocional y afectiva, sino principalmente bíblica y teológica, pues constituye el gran signo del amor misericordioso de Dios

     

    Asimismo, en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia, la Virgen es invocada numerosas veces como madre de misericordia, indicando de esta forma la cooperación de María en la promoción de la vida espiritual de los fieles y su intercesión misericordiosa. Hay que mencionar, además, que esta presencia de María es celebrada tanto en el arte oriental y occidental, como también en los numerosos santuarios marianos dedicados a la Madre del Hijo de Dios.

    Es evidente, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, los signos visibles de que Dios es misericordia, piedad y amor (cfr. Ex 34,6; 1 Jn 4,8.18). La concreción de este amor queda expresada en la palabra hebrea rahamim, que indica sus entrañas de misericordia, siendo esta tan concreta que se conmueve íntimamente en una relación de participación casi física con sus hijos e hijas. En otras palabras, la misericordia de Dios no es otra cosa que su conmoción ante la miseria humana. Este lenguaje nos hace ver a Dios de manera dinámica, en su presencia solidaria que comparte la historia de sufrimiento de la humanidad.

    En este contexto se inserta María, la madre misericordiosa y compasiva. Ella no solo es una figura devocional y afectiva, sino principalmente bíblica y teológica, pues constituye el gran signo del amor misericordioso de Dios. Por eso la Iglesia, como sacramento de Cristo e inspirada por María, ha construido en la historia una auténtica civilización del amor, de la acogida y la ternura en todos los ámbitos sociales. Ciertamente, estas acciones nos sugieren un modo más útil e inmediato de hablar de Dios hoy y de testimoniar su amor, ya que solo los gestos concretos de misericordia pueden urgir al ser humano contemporáneo a un profundo encuentro con Dios.

    Referencia: Amato, A., María y la Trinidad. Espiritualidad mariana y existencia cristiana, Salamanca, 1999, pp. 159-171.

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