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    lunes, 25 de enero de 2021

    Unción de los Enfermos, ternura de Dios

    Sacramentos | Juan Corona Estévez, MSC

     


    “Unción de los Enfermos, ternura de Dios hacia la humanidad que sufre”

     

    Para Bernard Sesboüé, el sacramento de la unción responde y corresponde a un aspecto esencial de la condición humana al que ninguno de nosotros habrá de escapar, como lo es: el padecimiento de la enfermedad y la amenaza de la muerte. Esta doble condición expresa la preocupación innata de las personas por discernir el sentido de toda experiencia vivida. Es por ello, que, ante la enfermedad la reacción inmediata es buscar la cura. Se habla incluso de terapias o remedios encaminados a la salud total.

     

    Partiendo de esta realidad, la Iglesia propone la unción de los enfermos como uno de los elementos que pueden formar parte de esta situación. Esa propuesta va dirigida a los enfermos que se encuentran en crisis existencial. La postura común es el apoyo a estas personas y ayudarles en su conjunto a mirar la enfermedad y el sufrimiento no como el punto final, sino como una transformación de la vida.

     

    El efecto del sacramento es conferir la gracia del Espíritu Santo, perdonar los pecados, aliviar y fortalecer a los enfermos

     

    Los relatos de los Evangelios (cfr. Mc 6,12-13; Mt10,8) nos muestran a Jesús curando a muchos enfermos “de todas dolencias físicas” (Mt 20,34). Sobre estos fundamentos del Evangelio, la Iglesia primitiva, institucionalizó la práctica de pronunciar una oración y administrar este sacramento a la comunidad. Otro texto utilizado es Santiago 5,14-16, en él se dan unas series de recomendaciones y se explica de forma detallada el sentido de la unción.

     

    En ese mismo orden, cabe destacar, que este sacramento fue adquiriendo diversas figuras a lo largo de la historia. En Oriente, en un principio fue llamado “el óleo”, “el santo óleo” o “el óleo de la oración”. En Occidente, se ha llamado “el santo óleo”, “el óleo de la crismación”, “la santa unción” y “el óleo de los enfermos”. El rito como tal se ha celebrado en casas, en las iglesias y en los hospitales, administrado propiamente por el sacerdote o el obispo con el óleo consagrado el Jueves Santo en la misa crismal. El destinatario siempre ha sido el enfermo.

     

    En Occidente este sacramento se convirtió en la unción dada en el hecho de muerte, a la cual Trento le llamó “la extremaunción”. El concilio no reserva la unción a los moribundo, sostiene que debe administrase a los enfermos y a quienes llegan al final de sus días.

     

    Más adelante, el concilio Vaticano II ha restituido el nombre por “unción de los enfermos” (SC 73). Se enfatiza, además, que el efecto del sacramento es “conferir la gracia del Espíritu Santo, remitir los pecados, aliviar y fortalecer a los enfermos”. La unción, por tanto, favorece la iniciación del cristiano a la gloria del encuentro con Dios (cfr. Sesboüé, 2009, pp.288-327).

     

     

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