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    martes, 2 de marzo de 2021

    Purificar nuestras imagenes de Dios

     

    Fe y Vida | Consuelo Vélez, teóloga




    Cuaresma: purificar nuestras imágenes de Dios

     

    Este tiempo de cuaresma nos lleva también a revisar nuestras propias imágenes de Dios y lo que nos cuesta aceptar al Dios que nos revela Jesús. Muchas veces nos gustaría que fuera ese Dios poderoso que, atendiendo a nuestras peticiones, resolviera “mágicamente” nuestros problemas. Así ha pasado con el coronavirus que, en el fondo, nos ha confrontado con la imagen de Dios que tenemos. Algunos creyentes han invocado a Dios para que “quite”, “termine”, “acabe” con la pandemia. Con estas peticiones se refleja que piensan que Dios puede quitar y poner a su gusto o dependiendo de nuestros rezos. Pero no es así.

     

    El Dios que nos hace responsables del mundo en que vivimos y nos pide poner el amor y solidaridad como valor fundamental de nuestra existencia

     

    Dios, coherente con su creación, la ha confiado a nuestras manos y de ahí que la responsabilidad humana no puede evadirse. La pandemia hemos de vencerla a fuerza de ciencia (buscando la vacuna), a fuerza de igualdad (velando por que las vacunas lleguen a todos -cosa que ya se ve que no está siendo posible porque tal y como está organizado nuestro mundo, la salud es un negocio y las farmacéuticas lo encarnan en este momento. Además, en muchas partes del mundo se ven signos de corrupción frente a las vacunas), a fuerza de optar por el bien común (acogiendo todas las medidas que sean necesarias para cuidar la vida, evitando el contagio), a fuerza de solidaridad (repartiendo los bienes para que nadie pasa necesidad).

     

    Y, entonces, ¿para qué rezar o cómo rezar al Dios de Jesús? Precisamente para que nos introduzca en esta lógica del amor fraterno/sororal y seamos capaces de “sintiéndonos en la misma barca” -como dijo el Papa Francisco-, naveguemos juntos hasta que podamos vencer la pandemia. La oración no es una receta mágica para superar la limitación humana o las injusticias que nosotros mismos causamos. La oración es fuerza irresistible para seguir haciendo el bien, sin cansarse, sin doblegarse, sin darse por vencido, sin abandonar la tarea.

     

    Cuaresma es tiempo de conversión, de reflexión, de cambio. Es tiempo de mirar a Jesús y pedirle que nos enseñe a entender su mesianismo. Que nos confronte con las imágenes de Dios que tenemos y las purifique para que, en realidad, sigamos al Dios del Reino. Ese Dios que ama sin límites, ni medida, que ofrece una misericordia infinita, que no excluye a nadie -por ninguna razón-. El Dios que nos hace responsables del mundo en que vivimos y nos pide poner el amor y solidaridad como valor fundamental de nuestra existencia. El Dios que, a pedido de Jesús, en el Evangelio de Juan, nos promete su espíritu “Yo pediré al Padre y les dará otro Paráclito, para que esté con ustedes para siempre, el Espíritu de la vedad (…) no los dejaré huérfanos” (Jn 14, 16-18), para sostenernos y ayudarnos en todas nuestras dificultades.



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