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    jueves, 4 de marzo de 2021

    Vivir en relación con los demás


    Convivencia | Alexis Cifuentes

     


    Vivir en relación con los demás

     

    Una vida verdaderamente humana se va gestando en el proceso de dar y recibir afecto. Salir de nosotros mismos y encontrarnos con las otras personas es una condición para alcanzar la realización humana. No somos islas. Y si lo fuéramos, afirmó alguien, tenemos la capacidad de tender puentes.

     

    Tenemos problemas de relación cuando experimentamos dificultad para dar o recibir afecto. Esta dificultad para intercambiar afectos crea un malestar en la relación interpersonal, pues no hay aceptación ni empatía y carece de autenticidad nuestra vida. Este proceso de dar y recibir afecto lo vivimos en el plano de la relación familiar, marcada por los lazos de sangre; en la relación sentimental, que va de los lazos de atracción a la relación romántica o erótica.

     

    Reconocer la existencia de la otra persona, acogerla y valorar lo que nos une, nos pone en el plano de igualdad. Toda relación crece en la proximidad, en la cercanía física. Nuestra disponibilidad para la relación provoca tiempo para compartir y avanzamos a una relación de madurez, capaces de establecer lazos de amistad.

     

    Con gran acierto nos dice el papa Francisco que “un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud ‘si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás’”.  Es en el encuentro con los otros donde el ser humano encuentra su propia verdad. Quien rechaza o se aleja de la convivencia humana, se pierde la oportunidad de llegar a su realización personal y comunitaria.

     

    “Sólo me comunico realmente conmigo mismo en la medida en que me comunico con el otro”, sigue diciendo el Papa en la encíclica Fratelli Tutti. La alteridad es una condición necesaria para una auténtica existencia humana. El descubrimiento de nuestra propia realidad personal se hace en el encuentro con alguien fuera de mí, pero igual a mí, con quien se funda el “nosotros”. Cualquier intento de suprimir esta apertura a los demás termina en el fracaso personal, una vida inauténtica.

     

    Esto explica por qué nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar. La mirada al rostro del otro abre un camino de conocimiento, de acogida de su realidad. Una posibilidad de establecer una relación de amor. La experiencia de la verdadera existencia humana pasa por este proceso de encontrarnos para encontrar-se. Sin comunión ni fraternidad, no hay una verdadera vida. “Y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad”.

     

    La apertura a los demás, con rostros concretos a quien amar, es el camino del amor. Por eso nos pasamos la vida construyendo relaciones que nos permitan amar y ser amados. La vida se pierde cuando pretendemos alejarnos de los otros y pertenecer solo a nosotros mismos. Cuando esto ocurre nuestra pretensión nos lleva a la muerte, pues nos cierra el camino de la vida.

     

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