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    lunes, 3 de mayo de 2021

    Ntra Sra del Sagrado Corazón


    Espiritualidad | María Armenteros Malla, CSCV*






    Nuestra Señora del Sagrado Corazón

     

    En este mes mariano, próximos a celebrar la Fiesta de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que se celebra el último sábado de mayo, esta reflexión profundiza la persona de María, nuestra Madre Santísima que nos acompaña cada día en nuestro caminar hacia Jesús.

     

    Amor por amor

    Ella es la que nos enseña a contemplar al Traspasado, con su ejemplo ante la cruz, junto al apóstol Juan y las mujeres que le acompañaban (Jn 19, 25). Es con Ella presente en el Calvario que se cumple la profecía dada 600 años antes de la muerte de Cristo: “Mirarán al que traspasaron” (Za 12,10) y que marcará el inicio de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

     

    Siempre que me invitan a compartir sobre esta devoción, me gusta señalar, que la misma no tiene su fundamento en revelaciones privadas, como muchos creen. Las revelaciones privadas la han enriquecido, como en el caso maravilloso de Santa Margarita María de Alacoque, del P. Chevalier, de San Juan Eudes, pero esta devoción al Sagrado Corazón de Jesús tiene el privilegio, sustentada con el fundamento bíblico, de que COMIENZA CON SU MADRE, de pie en el Calvario, contemplando el Corazón del Hijo traspasado por la lanza.

     

    El padre Chevalier veía que la devoción al Sagrado Corazón consistía en una experiencia personal de ser amado por Dios, en el convertirse en una persona capaz de amar y ser amada. Reflexionando, podemos concluir que la Virgen Santísima es el mejor ejemplo y modelo de ello.

     

    Ella es “la amada” y “la amante”

    En ella se realiza la plenitud del amor de Dios que, inundándola con su misma entraña de Amor, Su Espíritu Santo, hace que se conciba en ella la Persona del Hijo: María Santísima es la plenamente amada por Dios.

     

    Pero a la vez es la mujer amante. Aquella que es capaz de devolver amor por amor, de acoger en su seno, con su “Fiat”, ese amor que da como fruto en su vientre virginal al Salvador del mundo.

     

    Ella nos enseña a vivir en la fidelidad del amor a Dios. Dios es el siempre fiel. Hablamos del “Jesed de Dios” o sea la fidelidad en el amor que El tiene hacia nosotros. El es el que es capaz de ser fiel con gente infiel, el que es capaz de amar a quien no se lo merece.

     

    María nos enseña a vivir en íntima unión con El, a que también nosotros podamos experimentar el sentirnos plenamente amados por El y a la vez amarle, a pesar de todo.

     

    Ella es fiel hasta la cruz. Allí de pie, con los ojos fijos en El, es un ejemplo para nosotros seguirlo, en los momentos de nuestra vida cuando nos llega el sufrimiento y nos puede llegar la tentación de apartarnos de Dios.

     

    Cuando la lanza atravesó el Costado de Jesús, se cumplió en Ella la profecía de Simeón, pues esa lanza también atravesó el corazón de la Madre:

     

    “y a ti misma una espada te atravesará el alma”

    – Lc 2, 34-35

     

    Mirando con María, a Aquel que fue traspasado, descubrimos el corazón nuevo que Dios nos ha dado como fuente inagotable de vida.

     

    Nos dice Su Santidad Benedicto XVI que contemplando el Costado Abierto de Cristo es que verdaderamente podemos “conocer el infinito amor de Dios”. Es en esta contemplación, según el Santo Padre que podemos entender el “poder irrefrenable de la misericordia del Padre” que nos ha dado al Unigénito para nuestra salvación. ¡Nada ni nadie puede frenar el amor misericordioso de Dios! ¡Qué extraordinaria noticia para nosotros! Y allí, junto a la cruz, estaba María entendiendo esta realidad del infinito amor de Dios.

     

    María, escuela de fe

    De su vida, el aspecto que más nos llama la atención a través de la lectura de las Sagradas Escrituras, es su fe. De ella podemos decir que es la primera de los creyentes, como vemos ya manifestarse en las Bodas de Caná. Su fe en Jesús ayuda a la fe de los otros. Ante el milagro, nos dice la Palabra, “los discípulos creyeron”.

     

    Nos dice el padre Jan Bovenmars MSC en su libro “Nuestra Señora del Sagrado Corazón”:

     

    “La constitución sobre la Iglesia, n. 58 del Concilio Vaticano II, nos dice que la Bendita Virgen María avanzaba en su peregrinación de fe y perseveró fielmente unida a su Hijo hasta la cruz. Llamamos a Abraham el ‘padre de nuestra fe’ por su fe en Dios. Bien podemos llamar a María ‘la madre de nuestra fe’ por su profunda fe en Cristo”.

     

    Isabel la llama “bendita” por haber creído. Ella, en su relación con Jesús va guardando y meditando todas las cosas en su corazón, llegando a un profundo conocimiento de que su Hijo Jesús también es el Hijo de Dios.

     

    Sobre este conocimiento dice el padre Bovenmars: “Este proceso había comenzado ya, antes incluso, de la Anunciación. En la Redemptoris Mater, n.13, San Juan Pablo II se refiere al hermoso texto de San Agustín y de San León Magno:

     

    “Lo concibió en su mente antes de concebirlo en su seno. Ya antes de la Anunciación, María compartía la fe que tenía Israel en la venida del Mesías. El Mesías ya vivía en su corazón, por su esperanza anhelante, antes de la Encarnación. Y el proceso continuó aún después de la Crucifixión, pues María seguía mirando al que traspasaron (Ap 1, 7). Jesús era su vida; y por eso fue invitada, como Madre de la Iglesia, a compartir su fe con los otros hijos e hijas. María adquirió un conocimiento profundo de su Hijo y llegó a conocer al Corazón de Jesús, su manera de pensar, sus ideales, su amor. Por ésta, su fe en crecimiento, vemos que se convierte en Nuestra Señora del Sagrado Corazón”.

     

    Redemptoris Mater, n.13

    *Texto parcial de su reflexión con motivo de un Congresillo de la Hermandad del Corazón de Jesús, organizado por los MSC.

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