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    martes, 29 de junio de 2021

    María la educadora, maestra de la redención


    Modelos y Símbolos | Adriana Valerio, Historiadora y Teóloga



    María educadora, maestra de la redención

     

    En mayo de 2011 se publicó Ave Mary, el libro de Michela Murgia, que logró un enorme éxito. La escritora señalaba con lucidez cómo la imagen de la Virgen se había difundido a lo largo de los siglos como un modelo de modestia y sumisión que aguantó los sacrificios y la violencia. Esta crítica no era nueva. Ya la filósofa Simone de Beauvoir, en El segundo sexo de 1949, había considerado que María retrataba la “derrota de la mujer” porque presentaba a una madre que “se arrodilla ante su hijo, reconociendo libremente su propia inferioridad”; y años después la antropóloga Ida Magli, en la misma línea, destacó la construcción cultural del mito mariano en su estudio La Madonna. Producto de la imaginación masculina. La figura simbólica de María, a veces celebrada por encima de la del mismo Cristo, había sido exaltada por el clero célibe como la encarnación de lo femenino encajando así en el contexto patriarcal de la sociedad cristiana que, al mismo tiempo, marginaba a las mujeres.

     

    Esas críticas provocadoras, han puesto de relieve las manipulaciones de la imagen de la Madre de Jesús y han pesado mucho en la formación de la mujer. Ese “sí” de María (Lc 1,38) había sido tradicionalmente interpretado y propuesto por los grandes predicadores y padres espirituales como modelo de modestia para los cristianos que en la Virgen debían ver la figura silenciosa y acogedora por excelencia, una imagen paradigmática del ser mujer. La Virgen se convirtió así en el prototipo de aceptación humilde, no solo para las consagradas llamadas a soportar todas las mortificaciones, sino también para las laicas, adoctrinadas desde niñas en la catequesis de las parroquias, y como adultas, tanto en el secreto del confesionario como en homilías u otro tipo de predicación. E incluso la imagen desgarradora de la Madre, aplastada por el dolor por la muerte de su Hijo, se había convertido en un icono del sufrimiento indefenso y la derrota humana.

     

    había sido tradicionalmente interpretado y propuesto por los grandes predicadores y padres espirituales como modelo de modestia para los cristianos que en la Virgen debían ver la figura silenciosa y acogedora por excelencia, una imagen paradigmática del ser mujer. La Virgen se convirtió así en el prototipo de aceptación humilde, no solo para las consagradas llamadas a soportar todas las mortificaciones, sino también para las laicas, adoctrinadas desde niñas en la catequesis de las parroquias, y como adultas, tanto en el secreto del confesionario como en homilías u otro tipo de predicación. E incluso la imagen desgarradora de la Madre, aplastada por el dolor por la muerte de su Hijo, se había convertido en un icono del sufrimiento indefenso y la derrota humana.

     

    Hoy las teólogas feministas, conscientes de algunos aspectos distorsionados y discriminatorios de esta educación y de la exaltación de Nuestra Señora que no han llevado a un cambio sustancial de los roles femeninos en la Iglesia, se preguntan si todavía puede ser considerada un ejemplo para las mujeres, representar una nueva humanidad que sufre y aspira a la libertad, ser como una “hermana” en la fe y la lucha, un sujeto de emancipación y redención, y, finalmente, si puede ser sujeto de formación para una nueva identidad femenina.

     

    En primer lugar, hay que reconsiderar que María no es un modelo que proponer solo a las mujeres ni un icono de aceptación silenciosa y pasiva. Es testigo activo de la fe y lo es para todos los creyentes. El mismo Lutero, que había combatido las desviaciones del culto mariano muchas veces degenerado en superstición, había escrito el Comentario sobre el Magnificat considerando a la madre de Jesús como modelo de vida cristiana, objeto de pura gracia de Dios, discípula que seguía a Cristo y un símbolo de la Iglesia, madre y educadora. El Corán exalta sus virtudes, señalándola como la verdadera creyente a la que debemos honor y respeto, un punto de referencia espiritual para todos los musulmanes, y no solo para las mujeres.

     

    En segundo lugar, hay que recuperar el papel formativo que desempeñó en la vida de Jesús. Acercarnos a la judeidad de la familia de Nazaret hoy nos ayuda a re- descubrir la figura de “María educadora”, decisiva en el desarrollo de la personalidad de Jesús. En la cultura judía se encomendaba a la madre la tarea de la educación religiosa. Era ella quien tenía un puesto dominante en el hogar, considerado un pequeño templo; era suya la tarea de santificar la familia a través de la práctica de los preceptos relacionados con la liturgia doméstica y los rituales del sábado con el encendido de las velas, signo del don de la vida y de la paz y la alegría. Si Jesús es ese hombre armonioso, íntegro y solidario, sabemos que se lo debemos a su madre.

     

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