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    jueves, 22 de julio de 2021

    Cuidar la creación de Dios (II)


    Reflexión | P. Jaime Tatay, SJ/Madre y Maestra

     

    La mala interpretación del papel que
     Dios nos ha otorgado (Genesis 1,26)



     

    Cuidar la creación de Dios (II)

     

    Los pensadores que se han preguntado por los aspectos distintivos que otorgan al ser humano un lugar único en la historia del planeta y, por tanto, justifican su privilegio y autoridad para decidir sobre otras formas de vida, concluyen que son la conciencia, el lenguaje y la inteligencia las que han permitido la singularidad y el increíble desarrollo tecnológico del homo sapiens. Esta visión del ser humano es compartida por la mayor parte de tradiciones humanistas y por muchos otros pensadores, creyentes o no. Sin embargo, muchos hoy tachan esta visión de “antropocéntrica” o “especista”.

     

    Es más, esta pretensión excesiva, afirman los detractores de la visión dominante, es la que no ha conducido a la situación actual de bancarrota ecológica, al desprecio del resto de formas de vida y al acelerado proceso de extensión biológica en el que estamos inmersos.

     

    Expresado de otro modo, la pregunta que plantea la conciencia ecológica es si debemos diluir la clara distinción que establece nuestra cultura entre quien es un fin en sí mismo y posee valor intrínseco (el ser humano) y quien es un medio y posee valor instrumental (el resto de la naturaleza). Para buena parte del pensamiento ecologista, en esta falsa dicotomía radica la justificación de nuestras acciones despóticas hacia el resto de las formas de vida y la razón de la injusticia que cometeremos a diario contra ellas.

     

    El humanismo cristiano, la Biblia y la tecnología de la creación

     

    El debate está servido y la cuestión sigue siendo un campo de batalla académico por el que discurren ríos de tinta. En el caso del humanismo cristiano, que siempre ha defendido el carácter universal e inalienable de la dignidad humana, el debate se ha planteado echando mano de la tradición, de la Biblia y de la teología de la creación.

     

    Francisco evita caer en un antropocentrismo extremo al hablar de una “comunión sublime” en la que el ser humano, sin perder su irrenunciable dignidad, forma parte de una red de vida que también posee un valor intrínseco: “No los tenemos (los ecosistemas) en cuenta sólo para determinar cual es su uso racional, sino porque posee un valor intrínseco independiente de ese uso. Así como cada organismo es bueno y admirable en sí mismo por ser una criatura de Dios, lo mismo ocurre con el conjunto armonioso de organismos en un espacio determinado, funcionando como un sistema. Aunque no tengamos conciencia de ello, dependemos de ese conjunto para nuestra para nuestra propia existencia” (Laudato si, 140).

     

    Tomando como referencia la Biblia y el Catecismo, Francisco insiste: “Advertimos que la Biblia no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas” (Laudato si, 69). Ahora bien, y aquí es donde resulta vital ir despacio para no pasar de un extremo al otro y caer en la tentación de la misantropía “un antropocentrismo desviado no necesariamente debe dar paso a un “biocentrismo”, porque eso implicaría incorporar un nuevo desajuste que no sólo no resolverá los problemas, sino que añadirá otros” (Laudato si, 118).  

     

    En síntesis, como suele ser habitual en el pensamiento católico, el dilema que la crisis ambiental ha puesto de manifiesto se aborda manteniendo los extremos en tensión, tal y como hace la teología sacramental al reconocer el mundo creado como un signo de Dios, sin confundirlo ni fusionarlo con el Creador.

     

    De nuevo, citando a Benedicto XVI, Francisco recuerda a este respecto: “Los cristianos, además, estamos llamados a “aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta el último grano de polvo de nuestro planeta” (Laudato si,9).

     

    Nuestra casa común, y todos los seres que en ella habitamos, poseemos un valor que va más allá de su utilidad. Un valor que debemos reconocer y cuidar.

     

    Publicado por Madre y Maestra 

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