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    lunes, 12 de julio de 2021

    El testimonio de los seglares


    Fe y Vida | Juan Manuel Pérez




    El testimonio de los seglares

     

    La renovación de la iglesia pasa a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes con su misma existencia en el mundo. (Porta Fidei, 5).

     

    Primero vengan y vean y después vayan y anuncien. Son los dos momentos característicos de la fe cristiana. La fe comienza con el encuentro con Cristo y con la adhesión gozosa a lo que se ha visto y oído. La fe cristiana no es obra de una elucubración personal, sino la aceptación del mensaje recibido. Tanto a nivel personal como comunitario, la formación de la conciencia de los fieles es una exigencia permanente en la vida de la iglesia a través de la escucha atenta de la palabra de Dios en contacto con Jesucristo, el autor de nuestra fe, a través de los sacramentos. Eso significa vengan y vean.

     

    Pero la vivencia cristiana no termina en la sacristía ni en las celebraciones dentro del templo, porque la iglesia no es un grupo endógeno de personas, que actúa para captar nuevos miembros y seguir viviendo, sino una congregación de hombres y mujeres que han aceptado el estilo de vida de Jesús y con su presencia en el mundo y su testimonio de vida abre nuevos horizontes en la convivencia humana sin exclusión ni injusticia. La razón de ser de la iglesia es el apostolado como expresa el segundo momento vayan y anuncien.

     

    Ambos momentos, la formación de la conciencia cristiana y el testimonio de vida, están en mutua dependencia. No se da el uno sin el otro.

     

    El testimonio de los seglares. La Buena Nueva debe ser proclamada mediante el testimonio (EN, 21). El anuncio de la fe se verifica (se hace verdad), ante todo, con el testimonio, con una vida coherente con las verdades de la fe. Con razón el papa afirma que lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que han sido iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor (Porta fidei, 15). Como siempre no es el que dice, sino el que hace (cf Mt 7, 23).

     

    El campo propio del apostolado de los seglares es el vasto y complejo mundo de la política, de lo social, de la economía, de la cultura. Los seglares, cuya vocación los coloca en el corazón del mundo y al frente de las más variadas tareas temporales, ejercen una forma singular de evangelización a través de su testimonio de vida (cf EN 70).

     

    En consecuencia, la vida espiritual (la vivencia de la fe) de los seglares no se encierra en la sacristía, sino que debe tener en cuenta las responsabilidades inherentes a su estado de vida y a su actividad valorando la pericia profesional, el sentimiento familiar y cívico y las virtudes que exigen las costumbres sociales, como la honradez, el espíritu de justicia, la sinceridad, la delicadeza, la fortaleza de ánimo, la solidaridad (cf AA, 4).

     

    Es imprescindible que los seglares tomen como obligación suya la restauración del orden temporal (cf AA, 7). Es decir, la vivencia de la fe no se limita a asistir a misa y a participar en procesiones, sino que debe manifestarse en la manera de entender y llevar la vida diaria.

     

    Vamos a soñar por un momento. Damos por supuesto que la marcha de la historia, de la sociedad y del orden internacional no es efecto del azar o del destino ni tampoco de la acción directa de Dios, sino que es la consecuencia del comportamiento de los seres humanos, de hombres y mujeres. Es obra de todos, aunque quizás influya más la acción de los que tienen poder. Imaginemos que las parejas, esposo-esposa, padre-madre, que se confiesan cristianos, viven con fidelidad el compromiso del  matrimonio; imaginemos que un profesor creyente toma en serio la educación de sus alumnos; imaginemos que un empresario, que dice católico, da más importancia al trato y a la retribución de sus empleados que a la obtención del lucro; imaginemos que un gobernante, que dice ser creyente, desempeña sus funciones, no pensado en el enriquecimiento personal, sino con el deseo de servir al bien de todos los ciudadanos; imaginemos, en fin, que todos los que se confiesan cristianos, actúan en sus quehaceres y actividades coherentemente con la fe. Tendríamos en mundo muy distinto del que conocemos.

     

    Es urgente que los fieles laicos tomen conciencia de que el testimonio de vida es tarea que les compete a ellos de una manera especial. Hablando en general, pues siempre hay excepciones, en la mente de los fieles el apostolado es asunto exclusivo de los clérigos y se limita a atraer gente a los actos de culto. Últimamente se han creado nuevos ministerios para los laicos (catequistas, ministros de la eucaristía, presidentes de asamblea, diáconos permanentes, ...) que es un paso hacia delante, sin duda, pero se trata de ministerios en tareas intraeclesiales. De alguna manera se les mete en el ámbito clerical.

     

    Anuncio explícito de Cristo. El apostolado del seglar no termina con el simple testimonio, sino que debe conducir al anuncio de Cristo como salvador. San Pedro pide a los fieles que estén preparados para dar respuesta a quien les pida razón de su esperanza (1 Pe 3,15). En un mundo como el nuestro, donde abunda la injusticia, la exclusión, el desprecio de la dignidad humana, el comportamiento del cristiano dentro de la familia, en la actividad económica, en el desempeño de la profesión o en un cargo político llamará la atención y, de una u otra forma, serán cuestionados de por qué no viven como todo el mundo. Y es entonces cuando podrán dar la razón de su comportamiento y explicar que su actitud ante los problemas de la vida es consecuencia de la fe en Cristo salvador. Podemos imaginar la cantidad de preguntas que recibirán los seglares, los comentarios cínicos contra la iglesia que oirán a diario y los argumentos, aparentemente científicos, contra la fe, contra la religión y la moral católica que los jóvenes universitarios tendrán que oirán y que en muchos casos no sabrán responder. Actualmente, debido al cambio de mentalidad, la fe está sometida a una serie de cuestionamientos a los cuales la mayoría de los fieles no puede responder. Aquí se echa de menos una instancia a la que puedan acudir para exponer las dificultades que encuentran para dar razón de su fe y de su comportamiento cristiano.

     

    Les dejo unas preguntas de Paulo VI cuya respuesta, si es sincera, servirá de test para conocer la sinceridad de nuestra fe cristiana. Pienso que la respuesta a esas preguntas es hoy más necesaria que cuando las formuló el papa. ¿Qué eficacia tiene en nosotros la energía escondida de la Buena Nueva para sacudir profundamente la conciencia del hombre? ¿ustedes creen en lo que anuncian? ¿viven lo que creen? ¿predican lo que viven? (EN 4 y 76). ADH 766



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