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    viernes, 16 de julio de 2021

    La eterna aliada

     

    Espiritualidad del corazón | Mirian Miró/Madre & Maestra 



     

    La eterna aliada

     

    Aliada de Dios y de su plan divino: una contemplación de la imagen de Nuestra Señora del Santuario de Pío XII en Madrid. Creo que sería uno de los apelativos posibles para la madre de Jesús y nuestra madre, entre otros muchos. Ella es la eterna aliada, la fidelísima ejecutante de la Voluntad Divina, la santa y sencilla, la vencedora del mal y la intercesora incansable de sus hijos ante el padre.

     

    Tan aliada es, que no tiene corazón propio, respira, anhela, siente se desvela y ama con el mismo corazón de su Hijo: Nuestra señora del Sagrado Corazón. La imagen de Nuestra Señora nos lo muestra: Ella siente, vive por el corazón y en el mismo corazón Sagrado de su hijo. La voluntad de su hijo es también la suya: la identificación es perfecta. Dicha armonía reinante entre los dos se hace también visible en la imagen de Nuestra Señora. Ella vivió siempre y vive sólo y exclusivamente para dar vida en su persona a la Voluntad Divina (que es lo que simboliza el Corazón de Jesús). Tal era la unión entre el Hijo y la Madre, que uno sabía perfectamente lo que al otro preocupaba, lo que al otro dolía, lo que alegraba al otro, l que el otro añoraba. La imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón nos da esta gran catequesis de forma visual. Madre e Hijo disponen literalmente de un solo corazón, de una misma voluntad divina que los une por encima de todo los demás, de todo lo humano, de todo lo de este mundo.




    En la imagen, ella señala el corazón de su Hijo, ahí está la única y verdadera fuente de vida. “Miren todos, miren hijitos, ahí tienen todo lo que necesitan. No busquen por otros caminos, no es el mundo que tiene la última palabra, es su amor, no lo desprecien. Miren aquí, aquí está, abierto y disponible: El Corazón de mi Hijo, todo amor, todo gloria. Crean en el Amor por encima de todo. Él no los defrauda ni defraudará jamás. Apresúrense -pareciera decir- el camino es sencillo, miradlo a Él, yo se lo presento, se lo entrego; este paraíso verdadero y único, el de la voluntad divina, no me lo puedo quedar sólo para mí. Acérquense a Él, escúchenlo, hagan lo que Él les diga y llenará sus corazones vacíos, desalmados, agotados, tristes”.

     

    El gesto del Niño puede variar en las diversas imágenes de Nuestra Señora. En algunas bendice al que la contempla, en otras abre sus brazos, como acogiendo al mundo entero en su amor infinito y, en la mayoría de ellas, señala hacia la madre. Este último gesto es bien significativo. Aquí se cierra el círculo. La Madre señala el corazón del Hijo, que es también su corazón y el Hijo señala a la madre, que es su madre amada y su “infalible aliada”. Los dos son uno. Su mensaje es también uno. Así parece que el Hijo dijera: “Venid a mí por ella, Ella es vuestro puente, vuestra madre protectora, que busca vuestro bien y que os conduce por el mejor camino, para llegar a la meta”. Por ella, Jesús nos indica dónde tenemos el mejor “enganche” para llegar a vivir la vida plena, la vida dentro de su Reino, de su Corazón Sagrado. Los dos quieren una sola cosa para nosotros: la salvación de nuestras almas, regalarnos toda una vida de felicidad sin fin a su lado. En la imagen de Nuestra Señora, en el Santuario de la Avenida de Pío XII en Madrid, el Hijo toma con su manita la barbilla de la madre, mientras mira hacia nosotros. Es un gesto lleno de cariño y familiaridad para con su madre, al tiempo que nos indica a quién debemos acudir. Este gesto cariñoso es practicado a menudo por los pequeñuelos cuando se hallan en brazos de su madre. Van empezando a experimentar con sus manitas y a provocar reacciones. Puede ser que giren la cabeza de su mamá a un lado u otro y que acaben, como consecuencia del juego, provocando una hermosa reacción por parte de ella. Tal vez un fuerte beso, una palabra de entusiasmo, una dulce sonrisa o una mirada cómplice. Es un detalle muy humano que caracteriza a esta expresiva y cercana imagen. Lo que es evidente es que Madre e Hijo son “un equipo perfecto”, les une una misma voluntad, la divina. Y los dos se nos dan por completo, sin peros, ni restricciones. Cada uno de los dos nos “hace publicidad” del otro, para sacarnos de nuestra pobre e infeliz mediocridad humana.

     

    Si indagamos más de cerca los rostros de ambos, constataremos que expresan una “paz sencilla”, una perfecta complacencia. Es como si se complacieran en mostrarse a nosotros, en darnos a conocer sus “gracias”, ahí dispuesta para todo el que se detenga a contemplarlos, a interesarse por ellos.

     

    Finalmente se acaba ampliando el circulo: está el tercero, el que los contempla y se siente por ellos contemplado, el apelado a gozar de tanto amor y armonía.


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