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    miércoles, 14 de julio de 2021

    ¿Qué es la escucha?

    Espiritualidad bíblica | Asamblea Eclesial

     

    Algunos criterios bíblico/teológicos:

     


    ¿Qué es la escucha?

     

    Escuchemos tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres (Cf. LS 49) El verbo “escuchar” proviene del hebreo shama`, que también puede ser traducido por “oír”, “obedecer”, con el sentido de “poner atención”, “estar atento”, “oír críticamente”, “examinar con detenimiento”… En el Antiguo Testamento aparece unas 1,050 veces, cifra que nos indica su importancia. Numerosos pasajes testifican que la Palabra de Dios entra por el “oído”: shama` Israel = “escucha Israel…” (Dt 6,4).1 En este sentido, la revelación bíblica se concentra, de manera especial, en la Palabra que Dios dirige al hombre y a la mujer, de quienes espera apertura del corazón.

     

    Cuantas más voces de identidad diferente se levanten, más se exigirá, de la comunidad destinataria, un discernimiento (Gn 3,8-13)

     

    Al abrir la Sagrada Escritura nos encontramos la Palabra de Dios “aconteciendo”, obrando, I.-operando. Desde el primer capítulo del Génesis se destaca el sentido teológico de la escucha. Dios habla, y hasta el “caos” (Gn 1,1) obedece; dándose el salto de la “confusión” a la “armonía”: Dijo Dios: “haya luz, y hubo luz”… (1,3). La escucha llega a su culmen con un humilde acto de obediencia ante la voz autorizada. En esta dinámica de la creación, el punto fundante, o radicalmente orinario, se encuentra cuando el Padre se dirige a la corte angelical celeste, o en clave católica, a las otras dos personas de la Trinidad, diciendo: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra” (1,26). De esta manera, la misma Trinidad se convierte en paradigma o escuela de escucha/obediencia; virtudes donde florece la bendición (1,28).

     

    Con la creación del ser humano y su particularidad identidad, ser “imagen y semejanza trinitaria”, la escucha adquiere nuevas dimensiones: quien escucha, ahora, puede responder con su propia palabra, con su libertad y autonomía, con su pensamiento y creatividad…; gestándose, en este sentido, el arte de dialogar. Nace el diálogo del ser humano con él mismo (Gn 2,3), con los demás (Gn 3,1-7; 16,1-2), con la naturaleza (Sal 8), y con Dios (Gn 3,8-24).

     

    La revelación bíblica se concentra, de manera especial, en la Palabra que Dios dirige al hombre y a la mujer, de quienes espera apertura del corazón

     

    En el relato, también aparece la “palabra extraña”, aquella que invade la Palabra creadora, contradiciéndola, confundiéndola, creando sospecha y quebrantando el orden y la armonía soñadas: “…Es que sabe muy bien que el día en que coman de él se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gn 3,5). Lejos de ser ingenua, esta “palabra” encierra el firme propósito de seducir, también por el oído, hacia su propio horizonte de lógica y comprensión “ideológica”. No pocas veces, también se presenta, personalizada, en medio de la asamblea formada por los hijos y las hijas de Dios; llega sin ser invitada, y de manera sutil, incluso discreta, disponiéndose a sembrar lo suyo (Cf. Jb 2,1).

     

    Sin embargo, en contextos donde “voces extrañas” se esfuerzan por dominar el espacio, la Palabra de Dios permanece firme y estable, “poderosa”, “cortante”, “penetrante” (Cf. Hb 4,12); “enseña”, “corrige”, “instruye en justicia” (Cf. 2Tm 3,16- 17); es “intachable” (Cf. Sal 18,30), “justa” (Cf. Sal 33,4), “pura”, “purgada”, “sincera” (Cf. Sal 12, 7); “lámpara para el sendero” (Cf. Sal 119,105). El Señor, nunca desiste ni se cansa de ofrecerla, manteniendo la confianza de que será escuchado: “¡Ojalá me escucharas, Israel!” (Cf. Sal 81,8). Cuantas más voces de identidad diferente se levanten, más se exigirá, de la comunidad destinataria, un discernimiento (Gn 3,8-13).

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