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    Regla de oro para políticos y banqueros

    En el contexto de la crisis que padece nuestro mundo, el orador exhortaba a tomar severas medidas económicas. Y en un momento dado, usando una muletilla, y sin más pretensiones, dijo que había que emprender determinados proyectos como Dios manda. Le faltó tiempo al candidato X, que no parecía tener simpatía alguna para con Dios, para contestar con retintín a la afirmación. En efecto, el tal candidato tomó pie de la frase y la arrimó a su sardina. Contestó con las siguientes palabras: como tengamos que esperar a que Dios nos mande algunas indicaciones económicas, vamos listos... ¡Vamos listos! Puede suponer el lector que lo decía en tono socarrón y envuelto en papel cinismo. Y para mí que le asistía la razón, aunque en un sentido bien distinto del que pretendía. Un mensaje, que no una receta En efecto, Dios no se aparecerá a ningún político para indicarle el programa económico a seguir. Como tampoco le susurrará al oído pista alguna de de tipo moral o social. Sin embargo, para los creyentes, Dios habló en la Biblia, sobre todo en el Nuevo Testamento, ofreciendo los grandes principios que cualquier candidato honesto a la presidencia haría bien en adoptar. Luego cada cual concrete como mejor sepa. Por mi parte estoy convencido de que si se siguieran las pautas que hacen al caso, otro gallo muy distinto cantaría en el congreso, en las empresas, en los sindicatos y, por supuesto, en los grandes centros financieros. • No robarás... No codiciarás los bienes de tu prójimo. • No maltratarás ni oprimirás al emigrante... No explotarás a viudas ni a huérfanos... Si prestas dinero a alguien... a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses. • No explotarás al jornalero, pobre y necesitado, sea hermano tuyo o emigrante que vive en tu tierra, en tu ciudad... No defraudarás el derecho del emigrante y del huérfano ni tomarás en prenda las ropas de la viuda. • Más vale poco con justicia que muchas ganancias injustas. • Sé voz de quien no tiene voz, defensor del hombre desvalido, pronuncia sentencias justas, defiende al pobre desprotegido. • Quien ama el dinero nunca se sacia. • Todo lo que quieras que la gente haga contigo, hazlo también con los demás. La última formulación constituye una norma democrática donde las haya y que no permite escapatorias por más elucubraciones que se hagan. Los sueldos de los políticos, los blindajes de los banqueros, las corruptelas de los organismos oficiales, los tráficos de influencia, se derrumbarían como castillos de arena, caso de cumplir mínimamente con este criterio. Un programa alucinante El evangelio no ofrece recetas. Desconoce a los clásicos de la economía, no sabe de oferta y demanda, ignora el keynesianismo. Tampoco atiende las propuestas del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional. Ahora bien, las recetas ofrecidas por los economistas con frecuencia fracasan. Los gurús del negocio no se ponen de acuerdo. Los genios de las finanzas no logran adivinar el futuro de la bolsa. En cambio, los grandes principios del evangelio no dicen el cómo de las soluciones, pero sí aportan el clima y el espíritu con que llevarlas a cabo. Y son infalibles. Claro que, llegados a un cierto punto, es preciso confesar que las matemáticas de Dios no son las nuestras. No sirven para nuestra sociedad tal como está construida. Ya me dirán ustedes el destino de los bancos si en lugar de intereses exigieran afecto y sonrisas. O si los banqueros se tomaran en serio aquello de que quien te pida un manto dale dos... Las recapitalizaciones deberían sucederse a diario. Si en el mundo de la política se hiciera realidad aquello de que el primero será el último y los que se ensalzan serán humillados, las listas para el parlamento y los municipios sufrirían un vuelco espectacular. Y los candidatos se pelearían por ocupar el último lugar de la lista. Asistiríamos al más alucinante surrealismo. Un programa político que adoptara las bienaventuranzas nos desquiciaría. Los mejores serían los mansos, los de corazón desprendido, los pobres... No tendrían posibilidad alguna de éxito los violentos, los de lengua viperina, los taimados, los ambiciosos. El evangelio pondría nuestra sociedad patas arriba. No cabe pretender que en nuestra sociedad suceda el ideal que refleja los Hechos de los Apóstoles cuando afirma que la primitiva comunidad tenía un solo corazón y una sola alma o cuando asegura que a nadie le faltaba nada, pues los que tenían lo ponían a disposición de todos. No es de esperar que tales utopías se encarnen en la realidad. Por otra parte, la fe no debe invadir terrenos ajenos, dado que muchos ciudadanos no son creyentes. Entonces tengan los creyentes el ideal del evangelio ante los ojos y hagan cuanto esté en su mano para aproximarse al mismo –ya que resulta inalcanzable- en el entorno en que viven, pero no pretendan imponerlo en medios ajenos. Exijan sólo un programa de mínimos al conjunto de la sociedad. Un programa que bien podría formularse así: no hagas a los demás lo que no quieres que ellos hagan contigo. Una regla democrática donde las haya, sin posible escapatoria. Porque a nadie le gusta que le roben, ni que le hagan trampas, ni que le mientan, ni que a su lado se den favoritismos fuera de ley. Sería más que suficiente. Las razones del corazón / Manuel Soler Palá, msscc

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