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    La Reforma de la Liturgia

    Eclesiales | Roberto Núñez, msc.  El 50 aniversario del Concilio Vaticano II y la reforma de la liturgia.
    El miércoles 4 de diciembre de 1963, estando presente el papa Pablo VI, el Concilio Ecuménico Vaticano II aprobó y promulgó la Constitución sobre la sagrada liturgia, Sacrosanctum Concilium (SC). Al ser presentado el documento final a los padres conciliares y realizarse la votación, el resultado final fue el siguiente: 2,147 votos a favor y 4 en contra.
    Un testigo de ese gran acontecimiento para la vida de la Iglesia, el P. Anibale Bugnini, describe ese momento con estas palabras: «Cuando el secretario general del Concilio, Mons. Pericle Felici, anunció el resultado de la votación, un prolongado e interminable aplauso, cuyo eco se repetía una y otra vez, de tribuna en tribuna, en las amplias naves, en los espacios inmensos de la basílica, acogió la fórmula ritual del prelado: Santísimo Padre, la Constitución litúrgica ha sido aprobada por los Padres por 2,147 votos a favor y 4 en contra. Fue aquél un momento emocionante. Un momento histórico».
    El miércoles 4 de diciembre del presente año 2013, se cumplen 50 años de ese momento histórico. Y en este recordar, a mí, personalmente, me surgen algunas preguntas: ¿Qué significa para nosotros como Iglesia hoy este 50 aniversario? ¿Lo celebramos como amerita, o sencillamente es un aniversario más que pasa “sin pena ni gloria”? ¿Conocemos este documento? ¿Se han alcanzado las metas que trazó, o mejor dicho, las líneas que propuso Sacrosanctum Concilium?
    Usted también puede tener sus interrogantes, las cuales serán un gran aporte a la reflexión en torno a este acontecimiento decisivo de la vida eclesial del siglo XX y lo que significa para este siglo XXI. Anímese a plantearlas y compartirlas.
    Una mirada, cincuenta años después, a ese acontecimiento histórico, al “paso del Espíritu por la Iglesia”, que abrió las ventanas para que entrara el aire fresco y la renovara, nos invita a la acción de gracias. Recordar, con espíritu agradecido, es una invitación a celebrar la acción de Dios en su Iglesia. Y a seguir buscando y descubriendo lo que nos hace falta por renovar en este momento actual, en lo que nos falta por progresar en la liturgia y desde nuestra fe.
    La Constitución, desde el primer número, trazó la meta hacia la que se dirigía: «El sacrosanto Concilio se propone acrecentar día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia. Por eso cree que le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia».
    Al hablar de lo que significaba para la Iglesia este paso, Pablo VI, afirmó: «…Si algunas formas del culto las reducimos ahora a una mayor sencillez, para que sean comprendidas por el pueblo fiel, y estén más a tono con el lenguaje de nuestro tiempo, no es nuestra intención que se estime menos la importancia de la oración, ni que se le posponga a otros cuidados del sagrado ministerio y de la actividad pastoral, ni que se le quite nada de su fuerza expresiva o de su antigua elegancia llena de arte; sino que la sagrada Liturgia se haga más pura, más genuina, más cercana a sus fuentes de verdad y de gracia, en fin, que se convierta más fácilmente en patrimonio espiritual del pueblo».
    Para llegar hasta aquí se necesitó recorrer un largo camino. Un camino sembrado de amor, sudor y sufrimiento. Un camino donde se arrimaron muchos hombros y donde colaboraron muchas manos. Camino que se había iniciado muchos años antes, con el Movimiento Litúrgico y que al llegar al Concilio, ya era un tiempo para recoger los frutos maduros de todo un proceso. En definitiva, es un camino que dio como fruto una guía para la renovación de la vida litúrgica del pueblo de Dios.
    Si nos fijamos en el contenido de SC, podemos apreciar, con facilidad, que establece unos principios para que el pueblo de Dios experimente una renovada vivencia litúrgica. Estos principios se pueden clasificar en dos series: orientativos y operativos.

    I. Principios orientativos:
    La liturgia, “ejercicio del sacerdocio de Cristo” (SC 7)

    La liturgia es teología hecha oración. En ella se significa y realiza la santificación humana. Tiene a Cristo como centro, el cual por su muerte y resurrección, se ha hecho el Señor que da la vida. La Iglesia continúa celebrando en el tiempo la Pascua de Cristo, y sólo en él, mundo encontrará la salvación y se renovará la vida cristiana.
    La liturgia “cumbre y fuente” de la vida cristiana (SC 9-10)
    La liturgia, como signo, da la imagen más verdadera y plena de la Iglesia, comunidad de culto reunida en torno al mismo altar y bajo la presidencia de sus legítimos pastores. Ella se nutre, crece y se renueva en la Eucaristía y los sacramentos. Por eso ninguna otra acción de la Iglesia tiene la eficacia de la celebración litúrgica. Ella es la cumbre, el punto de llegada de toda acción evangelizadora y pastoral y, al mismo tiempo la fuente de la que mana.
    Participación plena, consciente y activa (SC 14)
    La naturaleza misma de la liturgia y el carácter bautismal de los fieles, exige que sean guiados a una “participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas” (SC 14). La liturgia es la primera e indispensable fuente, donde los fieles pueden beber el auténtico espíritu cristiano.
    Manifestación de la Iglesia (SC 26)
    En la sagrada liturgia, reunido el pueblo de Dios en torno a un mismo altar, participando activamente en la misma acción, unido en la oración, se da la mayor manifestación de la Iglesia. La liturgia es la acción de todo el pueblo de Dios.
    “Unidad sustancial, no rígida uniformidad” (SC 38)
    El mundo de hoy necesita una gran apertura, por lo tanto, no se pretende imponer una rígida uniformidad en todo aquello que no afecte la fe o el bien de la comunidad. Por eso es necesario admitir variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos pueblos.
    “Sana tradición” y “legítimo progreso” (SC 23)
    La liturgia se compone de una doble realidad: por una parte es invisible, inmutable y eterna, y por otra, humana, visible y cambiante. En este sentido habían opinado dos grandes personajes: Pío XII afirmó: «La liturgia es algo permanente y vivo al mismo tiempo». Y Juan XXIII: «La liturgia no debe ser un precioso objeto de museo, sino la oración viva de la Iglesia».

    II. Principios operativos:
    La lengua
    El principal problema en el ambiente litúrgico era el de la lengua. El pueblo común no entendía el latín. Aunque significaba renunciar al patrimonio de la Iglesia, el Concilio no duda en introducir las lenguas vulgares en la liturgia, conscientes de que las lenguas vivas habladas hoy no empobrecerán, sino, más bien, la enriquecerán y deberán facilitar el diálogo con Dios.
    La Palabra de Dios
    «Para que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con mayor abundancia para los fieles, ábranse con mayor amplitud los tesoros bíblicos…» (SC 51). Después de varios siglos de ausencia, vuelve viva y vivificante la palabra de Dios a todos los ritos litúrgicos.
    La catequesis
    Para la vivencia de la liturgia, se necesita una educación litúrgica. Por eso ofrece un método: introducir en la comprensión de la liturgia a través de los «ritos y las oraciones» (SC 48), la formación bíblica, la comprensión de los salmos (SC 90), la instrucción de aquellos que intervienen más directamente en las celebraciones: cantores, acólitos, lectores, comentaristas (SC 29). Sólo una catequesis continua e incansable podrá ayudar a los fieles a penetrar en el mundo de la liturgia. Y una clave fundamental es que los sacerdotes se formen en liturgia.
    El canto
    El canto es parte necesaria e integrante de la liturgia, tanto por su carácter comunitario como para su belleza (SC 112).
    Reforma de la liturgia
    Que los ritos litúrgicos resplandezcan con “noble sencillez”, para que sean claros, adaptados a la comprensión de los fieles y que no necesiten de muchas explicaciones. Ese trabajo de reforma ocupará las fuerzas más valiosas de la Iglesia durante años.
    A quienes no conocimos la liturgia celebrada antes de la reforma del Vaticano II, posiblemente se nos hace difícil comprender, apreciar y valorar lo que significó para la vida de la Iglesia este paso del Espíritu. Podemos creernos que “siempre se ha hecho así”. Y la verdad es que no.
    Nosotros, como los labradores de la última hora, hemos tenido la dicha de heredar el hermoso regalo de una liturgia reformada, viva, dinámica y en la que podemos tomar parte activamente. Debemos seguir agradeciendo y comprometiéndonos para que esa gran obra, iniciada hace 50 años, siga adelante, sin detenerse, aunque algunas voces promuevan lo contrario.

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