Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc
La Encarnación del Hijo de Dios
Domingo 4 de enero 2026 | Lecturas: Eclesiástico 241-4.12-16. Salmo 147,12-20. Efesios
1,3-6.15-18 y Juan 1,1-18
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo:
En
este Segundo Domingo después de Navidad, la Iglesia nos invita a profundizar
en el misterio que celebramos: la Encarnación del Hijo de Dios. Las
lecturas de hoy nos elevan a una contemplación teológica profunda del Verbo
eterno, que se hace carne para habitar entre nosotros. No son relatos
históricos como los de los belenes navideños, sino una meditación sobre quién
es Jesús: la Sabiduría divina, la Palabra eterna, el don del Padre que ilumina
y salva al mundo.
Elementos
fundamentales de las lecturas
Comencemos
por la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico (Sirácida
24,1-4.12-16). Aquí, la Sabiduría divina se presenta personificada: sale de
la boca del Altísimo, cubre la tierra como una niebla, tiene su trono en una
columna de nube y, por mandato del Creador, echa raíces en el pueblo elegido,
en Sion, en Jerusalén. Es una Sabiduría eterna, gloriosa, fragante como el
incienso, que habita en medio de su pueblo. Los Padres de la Iglesia y la
tradición litúrgica ven en esta Sabiduría una prefiguración de Cristo, el Verbo
de Dios, que viene a habitar entre nosotros.
El
Salmo 147 nos invita a alabar al Señor por sus bendiciones a
Jerusalén: fortalece sus puertas, bendice a sus hijos, concede paz en sus
fronteras, la sacia con flor de harina y, sobre todo, le revela su palabra,
sus leyes y decretos, algo que no ha hecho con ningún otro pueblo. Es un canto
de gratitud por la elección divina: Dios no solo crea y sostiene el mundo con
su palabra, sino que se revela particularmente a su pueblo.
En la segunda lectura, de la Carta a los Efesios (1,3-6.15-18), san Pablo bendice al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los cielos, en Cristo. Nos eligió antes de la creación del mundo para ser santos e irreprochables, nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, para alabanza de la gloria de su gracia. Y Pablo ora para que Dios ilumine los ojos de nuestro corazón, dándonos espíritu de sabiduría y revelación, para comprender la esperanza a la que hemos sido llamados y la riqueza de la herencia gloriosa.
Finalmente,
el Evangelio según san Juan (1,1-18), el magnífico Prólogo, une
todos los hilos: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a
Dios, y el Verbo era Dios». Por Él se hizo todo, en Él estaba la vida y la luz
de los hombres. La luz brilla en las tinieblas. El Verbo se hizo carne y
acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria como del Unigénito
del Padre, lleno de gracia y de verdad. De su plenitud hemos recibido todos
gracia sobre gracia. Nadie ha visto jamás a Dios; el Unigénito, que está en el
seno del Padre, Él lo ha revelado.
Los
elementos fundamentales de este domingo
Los
elementos fundamentales que destacan en estas lecturas para este Segundo
Domingo de Navidad son:
- La eternidad y divinidad
del Verbo/Sabiduría: Cristo no comienza en Belén; existe desde siempre
con el Padre. Es Dios mismo, creador de todo.
- La Encarnación: El Verbo
eterno se hace carne, habita entre nosotros, echa raíces en la historia humana,
como la Sabiduría en Sion. Dios no se queda distante; acampa en nuestra tienda,
comparte nuestra condición.
- El plan eterno de
salvación del Padre: Nos eligió antes de la fundación del mundo, nos
predestinó a ser hijos adoptivos en Cristo, por pura gracia, para su gloria.
- La revelación plena: Cristo es la
luz que ilumina a todo hombre, la gracia y la verdad que superan la Ley de
Moisés. Él nos hace conocer al Padre invisible.
- La llamada a la alabanza
y a la iluminación interior: Respondemos con gratitud, alabanza y oración para
que el Espíritu nos dé sabiduría y revele la esperanza de nuestra herencia.
Queridos
hermanos, en estos días en que el mundo ya desmonta los adornos navideños, la
liturgia nos dice: no terminemos la Navidad. Sigamos contemplando el
misterio. El Niño del pesebre es el Verbo eterno, la Sabiduría divina que
ha venido a habitar en nosotros. Él nos ha elegido, nos ha hecho hijos, nos ha
dado su plenitud.
Pidamos
hoy al Padre que ilumine los ojos de nuestro corazón, como oraba san Pablo,
para que comprendamos la inmensa grandeza de este don. Y vivámoslo: acogiendo
al Verbo en nuestra vida diaria, en la Eucaristía, en los hermanos,
especialmente en los más necesitados.
Que
María, la Madre que contempló al Verbo hecho carne en su seno, nos ayude a
recibirlo siempre con fe y amor.
¡Alabemos
al Señor, porque su Palabra se ha hecho carne y habita entre nosotros! Amén.


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