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    viernes, 2 de enero de 2026

    La Encarnación del Hijo de Dios


    Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc

     


    La Encarnación del Hijo de Dios

    Domingo 4 de enero 2026 | Lecturas: Eclesiástico 241-4.12-16. Salmo 147,12-20. Efesios 1,3-6.15-18 y Juan 1,1-18

     

    Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

    En este Segundo Domingo después de Navidad, la Iglesia nos invita a profundizar en el misterio que celebramos: la Encarnación del Hijo de Dios. Las lecturas de hoy nos elevan a una contemplación teológica profunda del Verbo eterno, que se hace carne para habitar entre nosotros. No son relatos históricos como los de los belenes navideños, sino una meditación sobre quién es Jesús: la Sabiduría divina, la Palabra eterna, el don del Padre que ilumina y salva al mundo.

     

    Elementos fundamentales de las lecturas

    Comencemos por la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico (Sirácida 24,1-4.12-16). Aquí, la Sabiduría divina se presenta personificada: sale de la boca del Altísimo, cubre la tierra como una niebla, tiene su trono en una columna de nube y, por mandato del Creador, echa raíces en el pueblo elegido, en Sion, en Jerusalén. Es una Sabiduría eterna, gloriosa, fragante como el incienso, que habita en medio de su pueblo. Los Padres de la Iglesia y la tradición litúrgica ven en esta Sabiduría una prefiguración de Cristo, el Verbo de Dios, que viene a habitar entre nosotros.

     

    El Salmo 147 nos invita a alabar al Señor por sus bendiciones a Jerusalén: fortalece sus puertas, bendice a sus hijos, concede paz en sus fronteras, la sacia con flor de harina y, sobre todo, le revela su palabra, sus leyes y decretos, algo que no ha hecho con ningún otro pueblo. Es un canto de gratitud por la elección divina: Dios no solo crea y sostiene el mundo con su palabra, sino que se revela particularmente a su pueblo.

     

    En la segunda lectura, de la Carta a los Efesios (1,3-6.15-18), san Pablo bendice al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los cielos, en Cristo. Nos eligió antes de la creación del mundo para ser santos e irreprochables, nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, para alabanza de la gloria de su gracia. Y Pablo ora para que Dios ilumine los ojos de nuestro corazón, dándonos espíritu de sabiduría y revelación, para comprender la esperanza a la que hemos sido llamados y la riqueza de la herencia gloriosa.

     

    Finalmente, el Evangelio según san Juan (1,1-18), el magnífico Prólogo, une todos los hilos: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios». Por Él se hizo todo, en Él estaba la vida y la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas. El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia. Nadie ha visto jamás a Dios; el Unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha revelado.

     

    Los elementos fundamentales de este domingo

    Los elementos fundamentales que destacan en estas lecturas para este Segundo Domingo de Navidad son:

     

    - La eternidad y divinidad del Verbo/Sabiduría: Cristo no comienza en Belén; existe desde siempre con el Padre. Es Dios mismo, creador de todo.

     

    - La Encarnación: El Verbo eterno se hace carne, habita entre nosotros, echa raíces en la historia humana, como la Sabiduría en Sion. Dios no se queda distante; acampa en nuestra tienda, comparte nuestra condición.

     

    - El plan eterno de salvación del Padre: Nos eligió antes de la fundación del mundo, nos predestinó a ser hijos adoptivos en Cristo, por pura gracia, para su gloria.

     

    - La revelación plena: Cristo es la luz que ilumina a todo hombre, la gracia y la verdad que superan la Ley de Moisés. Él nos hace conocer al Padre invisible.

     

    - La llamada a la alabanza y a la iluminación interior: Respondemos con gratitud, alabanza y oración para que el Espíritu nos dé sabiduría y revele la esperanza de nuestra herencia.

     

    Queridos hermanos, en estos días en que el mundo ya desmonta los adornos navideños, la liturgia nos dice: no terminemos la Navidad. Sigamos contemplando el misterio. El Niño del pesebre es el Verbo eterno, la Sabiduría divina que ha venido a habitar en nosotros. Él nos ha elegido, nos ha hecho hijos, nos ha dado su plenitud.

     

    Pidamos hoy al Padre que ilumine los ojos de nuestro corazón, como oraba san Pablo, para que comprendamos la inmensa grandeza de este don. Y vivámoslo: acogiendo al Verbo en nuestra vida diaria, en la Eucaristía, en los hermanos, especialmente en los más necesitados.

     

    Que María, la Madre que contempló al Verbo hecho carne en su seno, nos ayude a recibirlo siempre con fe y amor.

     

    ¡Alabemos al Señor, porque su Palabra se ha hecho carne y habita entre nosotros! Amén.






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