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    El derecho de los Excluidos

    Rincón de la Palabra | Ángela Cabrera, Misionera Dominica.  
    El derecho de los excluidos: Argumentos bíblicos contra la inhumanidad. 
    Quien es excluido es excluido de algo. La exclusión de personas en la Biblia queda denunciada, especialmente en la literatura profética. Dicen del profeta Amós que la tierra no pudo soportar sus palabras (7,10). Fueron palabras desnudas y efectivas al identificar la causa de la opresión de quienes eran abatidos contra el polvo de la tierra (Am 2,7). Su profecía interpeló al pueblo de Israel por hacer lo que ninguna otra nación había hecho: lastimar a sus propios hermanos nacionales.

    La Sagrada Escritura registra una sociedad disputando la justicia en escenarios de muerte prematura. En dichos escenarios contemplamos la historia a partir de los socialmente pobres y excluidos. Recorriendo sus líneas, en este aspecto, encontramos una palabra fundamental, “derecho”. ¿De qué derecho hablamos? Según Milton Schwantes, se trata de aquello que corresponde a alguien en su dignidad humana: trabajo, sustento, tierra... Cuando le es negado, entonces la persona se torna carente de lo que la sociedad debe garantizarle, especialmente en tiempos de crisis y necesidades. Cuando el derecho es negado, es deber reivindicar lo que corresponde. En esta lógica, para la tradición bíblica, un pobre no pide, sino que exige la porción social que le está siendo negada.
    ¿Y qué decir cuando jurídicamente el “derecho” es negado? ¿Qué decir cuando a quienes se confía la justicia esclavizan? ¿Quién es el ser humano frente a Dios? ¿En qué se ha convertido? La identidad humana está siendo cuestionada desde el Antiguo Testamento hasta nuestros días (Sl 8,5). Negar la nacionalidad es decretar la invisibilidad de personas, con derecho a manos lavadas de los ejecutores. Interesa argumentar que ante la degradación de la justicia administrada por seres humanos, interviene la justicia divina, pues las lágrimas derramadas a causa de leyes sin olor de Dios no quedarán perdidas para siempre. Negar el derecho a quienes no tejieron su propio destino es negar al mismo Dios, Que no hace distinción de personas, sino que en cualquier nación, el que le teme y practica la justicia, le es grato (Hechos 10,34; Dt 10,18).

    Releyendo las palabras del profeta Isaías pudiéramos actualizarlas en el contexto nacional: aunque las leyes te olviden, yo no te olvido, porque te llevo tatuado en las palmas de mi mano (Is 49,14-16). Rescatar la vida es una prioridad para el Dios bíblico. Pleitear contra el derecho de los frágiles es pleitearse por sus preferidos.
    La teología bíblica sobre la tierra ofrece argumentos de permanencia y, en su tradición profética, derrumba criterios nacionalistas: la tierra no es solo delimitación geográfica, es identidad y sentido de pertenencia. A ella tienen derecho, no quienes la explotan, sino quienes la aman, la habitan y la hacen producir. Bien está reflejado que Dios es dueño de la tierra y que Él la concede a quien desea, pues las fronteras son añadidos posteriores al proyecto de la creación. Este fundamento teológico debe, rigurosamente, humanizar las leyes.

    Cuando utilizamos la “inteligencia” para elaborar, divulgar y promover leyes de exclusión de los hermanos, no pasará mucho tiempo para unirnos al grito del salmista: Contra ti, contra ti solo pequé; lo que es malo a tus ojos yo hice (Sl 51,6), porque el rostro del indefenso es el propio rostro de Dios. Al atropellar al inocente, Dios acude en su rescate y pide cuenta: ¿qué hiciste con tu hermano y con tu hermana?

    Este artículo llama a la conciencia que impone una voluntad social y política a base del poder conferido por leyes deshumanizadas. No se acoge, a obediencia ciega, leyes razonadas a partir de poderes enfermos y corruptos. A quien razona y produce acciones sociales a partir de tal poder cabe recordarles las palabras de Monseñor Romero destinadas al ejército nacional del Salvador: Ante la voz del gobierno que dice “matar” debe prevalecer la voz de Dios que dice “no matar”, porque ustedes están matando a sus propios hermanos. Queda en nosotros reflexionar que cuando anunciamos al Dios de la vida dejamos en evidencia la existencia del dios de la muerte (ídolo). ¿De quién somos participes? ADH 774

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