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    Cristo en la Liturgia

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc.
    Cristo en la liturgia (2) 
    “Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica” (SC 7).
    En este mes que celebramos la Pascua, les invito a que continuemos dirigiendo nuestra mirada a la persona de Cristo en la liturgia. Como Cristo es el principal agente de toda acción litúrgica, él es quien da contenido y valor a las mismas.
    San Agustín dice: “Cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza” y también: “Cuando nos dirigimos a Dios con súplicas,… el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros”. De esto se desprende que toda acción litúrgica es obra de Cristo, de la que nosotros tomamos parte. Nuestras celebraciones litúrgicas no son acciones nuevas, sino que es la misma acción salvadora que Cristo realizó para nuestra redención y que es actualizada en la liturgia.
    Presencia de Cristo en la celebración eucarística
    «Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, "ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz", sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt 18,20)…» (SC 7).
    Haciéndose eco del Concilio, la aplicación de la reforma litúrgica, en la Ordenación General del Misal Romano, afirma: «En la Misa o Cena del Señor el pueblo de Dios es congregado, bajo la presidencia del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico. De ahí que sea eminentemente válida, cuando se habla de la asamblea local de la santa Iglesia, aquella promesa de Cristo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y ciertamente de una manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas» (OGMR 27).
    En esa perspectiva presencial de Cristo, nos invita la Iglesia a vivir, celebrar y tomar parte en toda acción litúrgica. Desde ahí se ensancha nuestro horizonte para acercarnos y comprender la sagrada liturgia. Desde Cristo presente y actuante en toda celebración litúrgica.
    «…Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por El tributa culto al Padre Eterno…» (SC 7).
    Esta manera de entender y vivir la liturgia, nos desafía y nos invita a darnos una buena dosis de humildad. En verdad, la necesitamos. Nuestra práctica hoy suele estar muy marcada por el protagonismo del yo. Cuando estamos invitados a dejarnos asociar al protagonismo de Cristo. Si lo hacemos así, paso a paso dejaremos que el buen perfume de Cristo ambiente nuestras celebraciones y su luz resplandezca en medio de nuestras asambleas.
    Paso a paso lograremos ir configurando nuestro pensar, actuar y celebrar con Cristo. Así entenderemos y celebraremos «…la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hom¬bre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (SC 7).

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