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    Posverdad y Ética cristiana

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella, sj / Instituto Superior Bonó 

    Posverdad y Ética cristiana


    Un nuevo término ha ganado popularidad en los últimos meses a nivel mundial: posverdad. En 2016, “post-truth” fue nombrada palabra del año según el Diccionario de Oxford. Esta instancia académica la define como el momento en que «los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales». Posverdad se tiene como sinónimo de «verdad emotiva».
    Gracias a su creciente aceptación, la palabra fue introducida en el año 2017 en el diccionario de la lengua española. Quedó definida así: «De pos- y verdad, trad. Del ingl. post-truth. 1. f. Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».
    Dado el impacto social que ha tenido este concepto, vale la pena que nos ocupemos de él para ver cómo opera en el contexto dominicano.

    Lo que preocupa sobre la posverdad
    Quienes se han dado a reflexionar sobre el tema, se preocupan por que en los tiempos de posverdad que serían los nuestros, los hechos objetivos tienen menos peso que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. La verdad de la realidad se diluye en lo que cada uno siente.
    Para el periodista español Ruben Amón, «la posverdad puede ser una mentira asumida como verdad o una mentira asumida como mentira, pero reforzada como hecho compartido en una sociedad». Se trata de un momento histórico en que, sencillamente, ni la realidad ni las evidencias cuentan. Lo que importa es lo que se asume emocionalmente y que se comparta con un número suficiente de personas.
    El resultado, desde el punto de vista antropológico, es una creciente disociación entre cognición y emoción. No faltan quienes piensan que la posverdad anuncia el fin de la razón. Quizá esta conclusión resulta algo extrema; pero puede asumirse como una tendencia cultural preocupante.
    El fenómeno tiene implicaciones políticas. Apunta a una preocupación legítima: que se siga extendiendo la práctica de inventar realidades que responden a los deseos del que las modela y que se imponga la posibilidad de convencer a las personas de que su vida diaria no es la que viven, sino la que determinados líderes de opinión describen. El triunfo de la posverdad puede traer como que se renuncie definitivamente a comprender de manera responsable y compleja los fenómenos que afectan la vida contemporánea.

    La historia del término
    Se considera que el término post-truth fue usado originalmente por el escritor Steve Tesich para referirse a la manera en que se cubrió mediáticamente el caso Watergate y la Guerra del Golfo en 1992. En la cobertura de noticias el público norteamericano, como consumidor de noticias, prefería hacerse eco de sentimientos, no de lo que realmente estaba aconteciendo.
    En 2004, el ensayista norteamericano Ralph Keyes usó el concepto «era de la posverdad» en su libro The post-truth era: dishonesty and deception in contemporary life. De esta forma, daba a la falta de honestidad y al engaño deliberado una relevancia histórica. La tesis es que en el siglo XXI se inaugura un período histórico en el que la verdad, los hechos, los datos duros, han dejado de importar. Este juicio puede ser algo desmesurado, pero al menos nos señala la envergadura del fenómeno estudiado.
    En 2015, Jayson Harsin, un académico norteamericano que estudia la relación entre medios de comunicación y política, creó la expresión «régimen de posverdad». Con la expresión se procura comprender la posverdad como producto de un conjunto de cambios institucionales y de la convergencia de distintos recursos científicos y tecnológicos. En primer lugar, está el fenómeno de las redes sociales y de la comunicación instantánea de noticias impactantes a un gran público. En segundo lugar, estaría la acumulación de los medios de comunicación en pocas manos, lo que limita cada vez más una prensa auténticamente libre. En tercer lugar, se encuentra el desarrollo del neuromarketing, el cual, valiéndose de la neurociencia, busca predecir y condicionar el comportamiento de consumo de las personas a través de los distintos sentidos. En último lugar, estaría el uso de esos recursos mercadotécnicos para ganar elecciones con verdades aparentes.
    En los últimos meses, el uso del término posverdad ha ganado terreno específicamente con la manera en que hace política el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y con los recursos manipuladores que se utilizaron en el proceso de salida de Inglaterra del espacio europeo (el llamado Brexit).
    Por lo tanto, la pertinencia del término posverdad se entiende mejor cuando asocia al modo en que se esparcen las noticias en los actuales medios tecnológicos de difusión de la información y el impacto que tienen en los procesos de votación ciudadana de diversa índole.

    Cómo se forma la posverdad
    La formación de una posverdad depende esencialmente de cómo funcionan las nuevas redes sociales. Gracias a este valioso instrumento, cualquier persona con un teléfono inteligente puede compartir una foto, un video, una composición fotográfica con un mensaje o un tuit. El problema está en que tiene la posibilidad de dar apariencia de verdad a lo que en realidad es una composición subjetiva de un material visual o auditivo.
    El primer paso de la posverdad es la difusión masiva de una noticia impactante, que puede ser falsa o verdadera, pero manipulada.
    El segundo paso es que esta noticia impactante se hace viral por las redes sociales. Como sabemos, las noticias impactantes que se hacen virales por las redes conectan más con la sensibilidad a flor de piel de las personas que con la construcción paciente de una comprensión compleja de los fenómenos.
    El tercer paso es que los medios tradicionales, para estar a la altura del fenómeno comunicativo que son las redes, retoman la noticia y la refuerzan, otorgándoles implícitamente un rango de veracidad que no tienen.
    El cuarto paso es que cuando la noticia ya viralizada es desmentida o contextualizada no tiene el mismo impacto. El ejercicio de prudencia queda anulado por el efecto emotivo del primer momento.
    El quinto y último paso es que, como la aclaración no se expande o no impacta la sensibilidad de la gente en la misma proporción, la noticia manipulada se convierte en una verdad.
    La posverdad está unida, pues, a la voracidad emotiva con que consumimos los mensajes que nos llegan a través de las nuevas tecnologías de la comunicación que ya están al alcance de casi todo el mundo.

    Los actores cristianos en el contexto dominicano
    En el caso dominicano, la posverdad se hace más patente en un tema que resulta excesivamente emotivo para los dominicanos: el de las relaciones con Haití.
    Por décadas, los dominicanos han sido socializados y educados en una ideología antihaitiana irracional. Esta ideología se ha profundizado en los últimos tiempos con el uso de las redes sociales. En nuestro país se ha dicho de todo y prefiere creerse en noticias falsas. Se ha dicho que hay tanques de guerra en la frontera listos para invadir; que un grupo de cristianos pentecostales conformaban un ejército de invasión; que la inmigración desestabiliza la economía dominicana; que los hospitales materno-infantiles no funcionan bien porque están llenos de parturientas haitianas. Se repiten una y otra vez videos sobre confrontaciones pasadas entre algunos dominicanos con residentes haitianos como si estuvieran sucediendo en el presente. Se acusa al presidente de la República de responder a un plan internacional de fusión de ambas naciones. Y mientras más que se explica que las cosas no han pasado así, las respuestas airadas y descalificadoras aumentan de tono.
    Es triste ver que en las redes de exalumnos de colegios católicos prime la posverdad sobre este delicado asunto que solo podrá solucionarse con una auténtica política migratoria y con planes de desarrollo que organicen el significativo intercambio comercial que existe entre República Dominicana y Haití. En estos momentos, este intercambio comercial beneficia casi exclusivamente al lado dominicano. La educación católica tiene que revisar la manera en que está enseñado la historia, la economía y los temas éticos. También la manera en que sus estudiantes se relacionan con su mundo afectivo interior.
    En estos tiempos de posverdad, hay que retomar las palabras del papa Francisco con motivo de 50 Jornada Mundial de las Comunicaciones, 2016, en el contexto del Año Jubilar de la Misericordia:
    También los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales, los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas. No es la tecnología la que determina si la comunicación es auténtica o no, sino el corazón del hombre y su capacidad para usar bien los medios a su disposición. Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad, pero también pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos. El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral. Pido que el Año Jubilar vivido en la misericordia «nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación» "http://w2.vatican.va/content/francesco/es/bulls/documents/papa-francesco_bolla_20150411_misericordiae-vultus.html", 23). También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada. La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común.
    Los cristianos no debemos aumentar la división y el odio produciendo o reproduciendo noticias emotivas que no ayudan a comprender la complejidad de los problemas sociales de hoy en día. Decir cualquier cosa por las redes no es un derecho, como algunos piensan. La mentira no es un derecho; las impresiones no constituyen una base sólida para enfrentar problemas sociales que son multidimensionales. La democracia no se construye sobre reacciones impulsivas, ancladas en miedos atávicos o en noticias manipuladas que responden a intereses particulares de políticos, militares, empresarios y hasta religiosos que medran con el terror. Mucho menos podemos seguir considerándonos cristianos cuando nuestros sentimientos de odio nos llevan a marginar a determinadas personas; para un cristiano todo ser humano es hijo e hija de Dios.
    Renunciar a la posverdad es condición necesaria para seguir a Cristo en estos tiempos de comunicación instantánea. Adh 821

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