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    En el lecho de Procusto

    Para vivir mejor | Dra. Miguelina Justo 


    En el lecho de Procusto  

    La mitología griega, rica, pintoresca, inagotable, nos acerca a dioses y héroes, a monstruos y villanos, a la naturaleza incompresible y voluble, nos acerca a nosotros mismos. Uno de los personajes descritos en esta inmensa colección de leyendas es Damaste, quien es más conocido por su sobrenombre, Procusto[i], que se traduce literalmente como el “el estirador”. Este hombre fue un ladrón y posadero, que ofrecía albergue a los viajeros solitarios que atravesaban Ática. Luego de hacerles disfrutar de la cena, les invitada a descansar en una cama que prometía era especial, ¡y vaya que lo era! Si el viajero era tan alto, que su cuerpo sobresalía de la cama en cuestión, el infame anfitrión cercenaba sus extremidades inferiores. Por el contrario, si se trataba de una persona de baja estatura, estiraba su cuerpo para que se ajustase perfectamente a las dimensiones del mueble.  Otras versiones[ii] señalan que Procusto tenía dos camas, si el viajero era alto, ofrecía la pequeña; si era bajo, lo invitaba a descansar en la más larga. En un giro inesperado, Teseo, el heroico guerrero, acaba siendo uno de los huéspedes del villano. Luego de la acostumbrada cena, es Procusto quien es recostado en la cama. Su cabeza, que sobresale de la misma, es cortada por Teseo. 

    Esta leyenda bien podría tomarse como una alegoría. En el lecho del despiadado estirador, muchos a diario se recuestan. Llegan cansados al albergue, donde creen les espera la cena y el lecho. Buscan reposo, sosiego, y terminan siendo víctimas de estándares inalcanzables. Encuentran la muerte, ahí mismo donde creían recobrarían las fuerzas para continuar el viaje de la vida. Puede que sus piernas sean cercenadas o estiradas dolorosamente. En el primer caso, la autonomía será aniquilada, en el segundo, el esfuerzo se vestirá de tirano. 

    ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar para encajar en los ambientes en los cuales nos desenvolvemos? ¿Acaso nuestra libertad? ¿Acaso la renuncia a aquello que somos?  ¿Es razonable pensar que todos nos aceptarán?  Más de un joven talentoso deja atrás sus deseos de ser artista, por ejemplo, porque esta vocación no encaja con aquello que su familia espera. Sus piernas son cortadas, su espíritu reducido a un ser que debe producir dinero y obtener reconocimiento para sí y para sus progenitores. No pocos hombres y mujeres luchan por alcanzar el primer puesto, los aplausos, pensando que solo así lograrán el tan deseado “te quiero”, ese que consideran indispensable para vivir.  Sus piernas son estiradas, su esfuerzo les acorta la vida, la promesa no se cumple. Nunca es suficiente lo que hagan, nunca. Poco tiempo después, el torturador los habita.  Son incapaces de reconocer sus propios esfuerzos.

    Una noche cualquiera llegará Teseo, descubrirá que para descansar realmente antes tendrá que matar a Procusto. Llegará a esta conclusión luego de reflexionar sobre las últimas horas de quienes le antecedieron. Creerá escuchar sus gritos de dolor, sentirá su angustia mientras el torturador intentaba ajustarles a la medida de su infamia. No se dejará seducir por el placer pasajero, por la buena cena. No buscará descanso en el falso lecho. Tomará su arma y cortará la cabeza del estirador, renunciará a la idea de complacer.  Continuará caminando, libre, asumiendo el riesgo de ser él mismo.  ADH 825.




    [i] Smith, W. (1884).  A New Classical Dictionary of Greek and Roman Biography, Mythology and Geography.   Nueva York:  Harper & Brothers, Publisher.  Recuperado de http://www.columbia.edu/cu/lweb/digital/collections/cul/texts/ldpd_10482899_000/ldpd_10482899_000.pdf
    [ii] Taleb,N.  (2010). The Bed Of Procrustes: Philosophical And Practical Aphorisms. Estados Unidos:  Random House. Recuperado de http://dixiederivatives.com/Taleb/TheBedofProcrustes.pdf

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