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    El miedo o temor, una reacción

    Cápsulas para un vocabulario cordial | Manuel Soler Palá, msscc 


    El miedo o temor
    Una reacción de la naturaleza humana

    El miedo o temor se caracteriza por provocar una intensa emoción estimulada por la percepción de un peligro que a veces es real y a veces imaginario. Un peligro que se imagina presente o futuro. También escenas del pasado pueden actualizar la sensación de miedo o temor.
    El hecho de sentir miedo no es objeto de la voluntad.  Lo mismo lo padece el ser humano que el animal. Se trata de la reacción —una emoción primaria— derivada de un determinado riesgo o amenaza. Cuando el miedo alcanza su mayor expresión recibe el nombre de terror.
    Lo que se desconoce, fácilmente engendra temor. Cuando comprendes un fenómeno, el miedo suele diluirse. Cuando conoces al emigrante, dejas de ponerte a la defensiva. Aquello que desconocemos engendra miedo y temor. Pretendemos evitarlo, aun cuando pudiera enriquecernos.

    El temor atrae la derrota
    Cuando te ronda de cerca el pensamiento de la derrota es muy probable que, en efecto, resultes derrotado. Quizás existe un cierto paralelismo con el sentimiento de victoria: cuando estás convencido de que vencerás, es muy probable que acabes saboreando la victoria. La psicología juega una parte notable en la derrota o el triunfo. 
    El hombre que teme perder, ya ha perdido (George R.R. Martin). Quizás el único miedo justificado es el miedo al miedo. Porque la semilla del temor no engendra sino temores. El temor a un determinado mal con frecuencia empuja a cometer un error aún peor.
    S. Pablo sabía bien que el miedo hunde, paraliza, impide llevar a cabo los mejores proyectos. De ahí que predicara que “Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio”.

    El temor inmoviliza y hasta paraliza
    Existe una clara aversión, si es que no temor, a cambiar las rutinas. Variar el paso, apostar por la novedad es motivo de temor.
    La hoja que resumirá tu recorrido en la vida quizás tenga muchas referencias al verbo en tiempo potencial. Pudo haber hecho… tal vez hubiera hecho… debería haber hecho… Pudo, debería, pero esta posibilidad nunca se concretó. Y fue a causa del miedo. Ésta es la peor equivocación: dejar de hacer por miedo a fracasar o a equivocarse. El espacio físico de una cárcel impide que uno se mueva. El miedo es una prisión virtual por cuanto paraliza al individuo ante la acción.

    Superar el temor acrecienta la confianza
    La confianza se refuerza en cada experiencia en la que el temor es superado. Cuando la persona ha mirado el miedo a los ojos y se ha enfrentado a situaciones angustiosas, entonces refuerza su confianza para afrontar nuevos retos.
    El jefe, el superior, el cabecilla, el dueño, el capataz, con frecuencia generan miedo en el subordinado. En cambio, un líder genera confianza porque no culpa, sino que corrige, no mira su conveniencia, sino la del grupo, no hace como que lo sabe todo, sino que pregunta cómo hay que hacerlo. La fortuna favorece al valiente (Virgilio, escritor latino).
    Tiene su buena parte de razón la idea de que la valentía es contagiosa. De hecho, cuando alguien adopta una posición firme, íntegra y contundente, quien se halla a su lado tendrá mayor dificultad en mostrar sus debilidades y darle la espalda a la lucha.

    Cómo derrotar al temor
    Escribió S. Juan que el amor descarta el temor. Cierto. El amor es un vínculo que une a dos o más personas gracias a la confianza que genera. Confianza, cariño, aprecio y amistad son impermeables al temor. Nadie ama a una persona a la que le tiene miedo, sentenció el filósofo Aristóteles.
    Aunque parezca mentira, hay quien le teme a la relación afectuosa con el otro. Porque una tal relación implica confianza, exige abrir el corazón y no crear espacios opacos al prójimo. Donde no hay transparencia no crece la amistad. Ahora bien, quien sospecha y desconfía del amor, le teme a la vida que básicamente se concentra en la relación cordial con el otro. Luego, si temes al amor, temes a la vida. Y si las cosas son así, de hecho estás muerto antes de morir. 
    Se ha dicho muchas veces que el valor no equivale a la ausencia de miedo. Sencillamente, otros valores se sobreponen al temor porque se consideran más importantes, y entonces desaparece la turbación. Podría también formularse así: el valor no es la ausencia del miedo, sino un miedo derrotado.
    El sabio Aristóteles estaba convencido de que es más valiente quien vence su temor que quien vence a sus enemigos. La victoria más excelsa es la que tiene que ver con uno mismo.

    Con frecuencia el miedo es imaginario
    El miedo se fabrica en el cuarto obscuro donde no hay rendijas para que se cuele algún rayo de luz. Allá, en el silencio del aislamiento, la mente construye sus castillos al aire. En ocasiones bastaría abrir la ventana para que se disolvieran los temores artificialmente fabricados.
    Puede darse que, en ocasiones, alguno se gane la fama de valiente sólo porque le temió más a las consecuencias negativas que le esperaban si no afrontaba el peligro. 
    Seguramente es una equivocación dedicarle más tiempo y energía a evitar aquello que se teme que a obtener lo que se desea.

    El miedo incita a la violencia

    Cuando un gato se siente en peligro eriza los pelos y saca las uñas. En esta situación es mucho más peligroso que en un estado normalizado. Algo así le sucede al ser humano. Es más peligroso cuando más atrapado se halla en el peligro inminente. Lo que jamás se atrevería a hacer en una situación plácida es muy capaz de llevarlo a cabo al sentirse intimidado.
    Por lo general los animales atenazados por un peligro mortal son capaces de generar una violencia inusual. Un hombre atenazado por el miedo también es capaz de un gesto brutal y desmesurado. El miedo pone en fuga la razón.

    La confianza en Dios supera todo temor
    Dios mío, tú eres mi luz y mi salvación; ¿de quién voy a tener miedo? Tú eres quien protege mi vida; ¡nadie me infunde temor! Me puede atacar un ejército, pero yo no siento miedo; me pueden hacer la guerra, pero yo mantengo la calma (Salmo 27).
    Puedo cruzar lugares peligrosos y no tener miedo de nada, porque tú eres mi pastor y siempre estás a mi lado; me guías por el buen camino y me llenas de confianza (Salmo 23). Adh 823

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