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    El Viaje

    Apuntes Misioneros | Pedro Riquoy, cicm


    El Viaje  

    En todos estos días de semana santa y de Pascua, estuve pensando varias veces en la primera vez que salí de mi tierra natal como misionero novato. Era en agosto del 1975; yo acababa de cumplir 23 años y era la primera vez que yo entraba en un avión. El destino de ese primer viaje era Cuernavaca, ciudad mejicana de “la primavera eterna”. Numerosos miembros de mi familia y varios compañeros de Congregación se juntaron en el aeropuerto de Bruselas para darme la despedida. El momento de la salida fue intenso y duro. Además de dejar mi tierra, yo iba a un lugar totalmente desconocido para aprender el castellano y como no teníamos todavía ninguna comunidad cicm en México yo sabía que nadie me iba a esperar en el aeropuerto, o sea me iba a costar muchos esfuerzos para llegar a la escuela de idiomas.

    Mi primera sorpresa fue una escala en un lugar cuyo nombre ni siquiera yo conocía: ¡Nassau! Todos los pasajeros tuvimos que salir del avión y fue para mí la oportunidad de ver de cerca palmeras y matas de coco. Hacía un calor sofocante y el mar turquesa escintilaba como un diamante gigantesco. Me di cuenta que la gente de ese lugar hablaba inglés pero no me atreví a preguntar en qué país nos encontrábamos. Fueron unos días más tarde, en México, que consulté un diccionario para descubrir que Nassau era la capital de la Mancomunidad de Las Bahamas, uno de los 13 países de la América insular. 

    Nos quedamos en Nassau un poco más de una hora antes de reembarcar y despejar para alcanzar la ciudad más grande del mundo unas tres horas después. Sobrevolamos los barrios de esa megalópolis; parecían no tener fin y ya empecé a pensar que ese tipo de aventura no era para mí. Al salir del aeropuerto, el contraste con Bélgica a todos los niveles me dio tanto miedo que me devolví y me presenté ante el mostrador de Sabena (la línea aérea belga) para ver si no había un vuelo de regreso la misma tarde… No les voy a contar todas las peripecias de ese primer viaje pero todo se terminó felizmente y unos tres meses más tarde, yo tomaba el avión por segunda vez: destino “Santo Domingo”.

    Desde ese primer viaje en avión, pasaron 43 años y seguro que desde 1975 hasta el día de hoy, tuve que viajar al menos 100 veces en los cuatro continentes. Como lo escribió el filósofo francés, Montaigne, en su libro “Les Essais” (“los ensayos”) “los viajes forman a los jóvenes” pero puedo afirmar que también favorecen el desarrollo de una cierta cultura misionera… Pero ¿por qué le estoy mencionando este primer viaje? Quizás porque, en estos momentos, me estoy preparando a realizar mi último viaje. Pues, dentro de unos pocos días, volveré a Bélgica para hacerme extirpar un tumor canceroso. Y esto podría significar el final de mis andanzas.

    Además, desde el jueves santo (el 29 de marzo) hasta el domingo de Pentecostés (el 20 de mayo) vivimos el tiempo pascual. La fiesta de la Pascua es tan importante que la celebramos durante 50 días. ¿Qué quiere decir la palabra “Pascua”? Este término español proviene del latín pascae, que a su vez proviene del griego πάσχα (pasxa), una adaptación del hebreo פֶּסַח (pésaj), que quiere decir ‘pasar’. Obviamente “pasar” implica viajar, moverse, caminar….

    Nuestra Pascua cristiana hunde sus raíces más de 1,000 años antes de Cristo, cuando, según la Biblia, los hebreos salieron de la casa de la esclavitud en Egipto, para caminar hacia la Tierra Prometida. La celebración de este hecho fundante sigue hasta hoy y recibe, en el judaísmo, el nombre de Pésaj o Pascua: paso de la esclavitud a la libertad. Jesús y sus amigos celebraron esa fiesta unas horas antes de la Cruz.  Con la Resurrección, el Padre hizo “pasar” Jesús de la muerte a la Vida dando así un nuevo sentido a la Pascua judía: La muerte se transforma en un paso y la Vida sale victoriosa para siempre.

    Aquí, en Mulungushi Agro, en la sabana de Zambia, más de 500 personas salieron de sus chozas el jueves santo en la mañana para caminar a veces más de 30 kilómetros y pasar tres días y tres noches debajo de los árboles con el fin de celebrar juntos la Pascua de Jesús. Una novedad importante saltó a la vista: tres nuevos sacerdotes cicm provenientes de Indonesia y Las Filipinas presidían las celebraciones conmigo, esa presencia era como una ventana que abría ese rincón perdido del sur de África hacia el mundo.

    El sábado santo, la vigilia duró más de 5 horas y 75 adultos y jóvenes fueron bautizados. El domingo de resurrección, unas 200 enfermos y ancianos recibieron el sacramento de los enfermos como señal de confianza en la Vida. Yo fui uno de ellos y me recordé del sueño de Pierre Puvis de Chavannes (1824-1898):

    “Una noche tuve un sueño... soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las otras del Señor. Cuando la última escena pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena y noté que muchas veces en el camino de mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena. Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor:

    "Señor, Tú me dijiste, cuando resolví seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero durante los peores momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo porque Tú me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba".

    Entonces, Él, clavando en mí su mirada infinita me contestó: "Mi querido hijo. Yo te he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis brazos". ADH 822

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