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    La vivienda en República Dominicana

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella


    Y habitó entre nosotros: la vivienda en República Dominicana 


    En tiempo de Navidad meditamos con especial devoción la bella frase del prólogo del Evangelio de san Juan: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Muchos católicos la repiten cotidianamente en la oración del Angelus. Con ella expresan el deseo de Dios para la humanidad: habitar es vivir dignamente. Para esto es fundamental tener una vivienda que sea, valga la redundancia, dignamente habitable.
    Uno de los grandes desafíos que espera a dominicanos y dominicanas en los próximos años es contar con una auténtica política habitacional que logre este objetivo.


    1.     El déficit habitacional es más cualitativo que cuantitativo
    Lo primero que debe de quedar claro en una política habitacional racional en suelo dominicano es que se debe enfrentar ante todo el denominado déficit cualitativo de viviendas, sin descuidar el déficit cuantitativo. Ningún gobierno dominicano ha tomado en cuenta este presupuesto fundamental para trazar su política.
    Se entiende por déficit cuantitativo las viviendas que faltan por construir. Corresponde a las personas o familias que sencillamente no tienen donde vivir. Y se entiende por déficit cualitativo las viviendas existentes que tienen algún tipo de defecto para que sean consideradas como dignamente habitables. De acuerdo al Informe Nacional sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible del MEPyD (2016), el déficit cualitativo sería casi tres veces superior al déficit cuantitativo (ver figura). Pero en las políticas públicas no se hace prácticamente nada para enfrentar ese déficit cualitativo. Los cálculos de Ciudad Alternativa con el método CELADE-ONE estiman un déficit habitacional cualitativo de 1,333,458 unidades habitacionales (60.6%) frente a un déficit cuantitativo de 865,829 unidades habitacionales (39.4%). Según esta medición, el déficit habitacional total se sitúa alrededor de 2,199,377 unidades habitacionales. En ella, la relación entre el cualitativo y el cuantitativo sería apenas de 1.5 veces.
    El motivo de por qué no se atiende razonablemente la composición de este enorme déficit parece ser la visibilidad mediática que necesita la política contemporánea. Siguiendo la agenda balaguerista en la materia, los gobiernos dominicanos construyen proyectos habitacionales nuevos para que se puedan sacar fotos y montar una propaganda visible que publicite que las autoridades están respondiendo con sensibilidad social a la necesidad habitacional de la población. La estrategia mercadotécnica que se sigue en las inauguraciones permite además reforzar el presidencialismo: las poblaciones «agradecen al presidente» que «les dio» una casa. Los testimonios periodísticos no dejan mentir en este sentido. Sin necesidad de cuestionar que haya algo de sensibilidad social cuando se emprende este camino, un análisis sistemático mostrará la poca racionalidad de la solución que se ofrece.
    Las estadísticas de resultados son la mejor manera de mostrar la radical insuficiencia de esta política habitacional que se exhibe mediáticamente como la auténtica solución. En promedio, el gobierno dominicano ha construido en las últimas décadas unas 3,000 viviendas anuales de interés social, es decir, de viviendas destinadas a los sectores carenciados. Sin embargo, el déficit habitacional cuantitativo sigue creciendo, además de que los problemas gruesos están en otros lados. Imaginemos, sin embargo, que el déficit cuantitativo se estanca (es decir, no aparecen nuevos hogares con necesidad de vivienda nueva) y se sigue con la política hasta ahora conocida. De seguirse la política actual, se necesitarían más de 100 años para cubrir el déficit cuantitativo de viviendas actual. Conclusión: con esta política, ninguna de las personas que vivimos en 2018 veremos solucionado el problema de viviendas del país.
    A este cálculo de aritmética básica se suman tres problemas más.  En primer lugar, el abandono de muchas viviendas construidas por el gobierno porque no están concebidas integralmente. La vivienda no es solo un techo con espacios físicos decentes. Es también el tejido de relaciones sociales trenzado en torno a ella. La palabra vivienda dice bien el objetivo de tener un sitio donde resguardarse: es para vivir en el presente; la vivienda es para habitar humanamente. Como muchos de los proyectos de vivienda hasta ahora conocidos se construyen en lugares sin ofertas de trabajo, los beneficiarios tienden a salir de ellos en busca de oportunidades para ganarse la vida dignamente. Así, por ejemplo, varias familias del proyecto de viviendas de Boca de Cachón han abandonado sus casas. En un reportaje publicado en el Diario Libre en julio de 2018, las personas entrevistadas decían, desde su realidad campesina, que, aunque estaban agradecidas al Presidente, de nada les sirve tener una buena casa si no tienen tierra para trabajar. Algo parecido ya está comenzando a suceder en la esfera urbana con el proyecto de la Nueva Barquita, mercadeada originalmente como un modelo ideal.
    En segundo lugar, se encuentra el problema denominado «déficit de entorno». No basta con que la vivienda esté bien construida. Lo que la rodea debe de ser adecuado para lograr una vida de calidad. Las personas necesitan espacios públicos, como los espacios de recreación y de encuentro cultural. Necesitan también áreas arborizadas que oxigenen su cuerpo y su mirada. Estos elementos no existen en la mayoría de las soluciones habitacionales dominicanas. A esto se añade un problema de hacinamiento, porque se quiere construir la mayor cantidad de apartamentos en la menor cantidad de terreno. En algunos espacios habitacionales se piensa conglomerar a más personas que varias de las provincias del país, creando un caldo de cultivo para la violencia por el espacio y problemas de saneamiento y estacionamiento.
    En tercer lugar, está el problema del tipo de vivienda. Las viviendas de los proyectos habitacionales se diseñan como si todas las familias fueran iguales. Se sigue invariablemente el diseño arquitectónico de tiempos de Balaguer. Nunca se ha visto, por ejemplo, una solución habitacional que integre la vivienda a la esfera productiva. En este sentido, urbanistas como Marcos Barinas están convencidos de que la mayor creatividad en el diseño de las viviendas no viene de técnicos especialistas, sino de la manera realista en que los pobres enfrentan sus necesidades desde su propia experiencia cultural. En realidad, los diseñadores están al servicio de los proyectos que les rinden beneficios a ellos mismos o a sus contratistas, los desarrolladores. ADH 829.

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