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    «Del más chiquito y del más olvidado tiene Dios la memoria»

    Solidaridad | Fr. Miguel Ángel Gullón Pérez O.P.


    «Porque del más chiquito y del más olvidado tiene Dios la memoria muy reciente y muy viva»

    La opción por los empobrecidos de la tierra constituye la esencia del amor de Dios a lo largo de la historia de la salvación, que mira y escucha con ternura, acogiendo a los débiles y maltratados de la historia humana. Es el amor gratuito de Dios por los orillados, hambrientos y sufrientes. El compromiso nace de la vivencia de la misma encarnación de Dios, que inspira la genuina compasión humana. Es una opción teocéntrica y profética que hunde sus raíces en la gratuidad del amor de Dios. Bartolomé de Las Casas, en contacto con la terrible pobreza y la destrucción de los indios de este continente, la explicaba diciendo: «porque del más chiquito y del más olvidado tiene Dios la memoria muy reciente y muy viva»[1].

    Frente a la cuestión que pregunta por qué tienen que ser los pobres los preferidos, G. Gutiérrez responde diciendo lo siguiente: «cierto es que el pobre es preferido no porque sea necesariamente moral o religiosamente mejor que otros, sino porque Dios es Dios, aquel para quien “los últimos son los primeros”. Esta aseveración choca con nuestra frecuente y estrecha manera de entender la justicia, pero precisamente esa preferencia nos recuerda que los caminos de Dios no son nuestros caminos (cf. Is 55,8)»[2].

    No se puede ocultar la existencia de una solidaridad egoísta que busca un beneficio a cambio de lo ofrecido, aunque sea con las mejores intenciones. Esta realidad ocurre tanto a nivel personal como de las instituciones que crean dependencia con los beneficiarios para seguir existiendo. También están las empresas que van de la mano con otras ONG`s que le abren el camino o justifican sus actuaciones poco éticas en ocasiones. El hecho más denigrante se da cuando se trata de una empresa extractivista que, para lavar su cara, tranquiliza a la sufrida población con efímeros y ridículos proyectos de educación o salud. Según nos dice G. Gutiérrez: «la solidaridad generosa con los sectores pobres no está exenta de la tentación de imponerles categorías ajenas a ellos y del riesgo de darles un trato impersonal. La sensibilidad a estos y otros aspectos forma parte de una práctica humana y cristiana verdaderamente liberadora que alcanza incluso a quienes buscan ejercerla en beneficio de los pobres y explotados. Sin amistad con ellos, sin un compartir la vida con los pobres, no existe una verdadera práctica liberadora, porque no hay amor sino entre iguales»[3].

    Orar y actuar

    He aprendido que en nuestra región latinoamericana y caribeña la vida cristiana conjuga el compromiso concreto y la oración. Sin dimensión contemplativa no hay vida de fe. El pueblo latinoamericano lucha por la justicia y es al mismo tiempo un pueblo que cree y espera. Pueblo oprimido y a la vez cristiano, atento –como María en el Magnificat– a la acción de gracias y a la entrega a Dios. Es consustancial a la vida de fe tener una vida intensa de oración. En este sentido es una pena que la mentalidad moderna la caracterice al nivel de arcaica o pura superstición. Oración y lucha van de la mano, son indisociables. Toman fuerza la una de la otra, sobre todo cuando la dignidad de la persona es mancillada. La primera mirada, hacia el cielo, y las palabras impregnadas de la fuerza divina constituyen el clamor de quienes sufren las mancillaciones de los Derechos Humanos fundamentales. Soy testigo de esta vivencia de la fe comprometida que va más allá de la genuflexión ante el crucifijo, situándose en la auténtica sintonía con Jesús de Nazareth. De esta forma «situarse en la perspectiva de la liberación supone, por consiguiente, una gran sensibilidad para captar y cultivar la dimensión celebrante y contemplativa de pueblos que encuentran en el Dios en quien creen al Padre y simultáneamente a la fuente de su reclamo por la vida y la dignidad. Nada más lejos de nosotros que defender acá un espiritualismo que sirva de refugio ante los sinsabores y los sufrimientos cotidianos»[4].




    [1] B. de LAS CASAS, Carta al Consejo de Indias (1531), en Obras escogidas, Madrid 1958, p. 44.
    [2] G. GUTIÉRREZ, Teología de la liberación, Sígueme, Salamanca 199014, p. 30.
    [3] Id., p. 34.
    [4] Ib.

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