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    Santo Tomás de Aquino y la injuria

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella sj / Instituto Superior Bonó


    Santo Tomás de Aquino y la injuria

    Hay muchas maneras de matar en vida a las personas. Se trata de acciones dirigidas a anular la capacidad de acción de la víctima. Entre estos «asesinatos en vida» se destaca la injuria, que el diccionario de la lengua define como «agravio, ultraje de obra o de palabra». Sin embargo, la palabra injuria se usa sobre todo para señalar el daño causado de palabra contra la reputación de otra persona. Por eso, por ejemplo, en derecho se ha definido la injuria como el «delito o falta consistente en la imputación a alguien de un hecho o cualidad en menoscabo de su fama o estimación». Es decir, consiste en destruir el honor o la fama de una persona a través de frases ofensivas y mentirosas, en contra de toda razón y justicia.

    En estos tiempos de hiperinformación virtual y de invasión da la vida cotidiana por las nuevas tecnologías de la comunicación, se ha creado un ambiente especialmente propicio para recurrir a la injuria con fines políticos. Parecería que destruir la honra y la integridad del adversario es moralmente aceptable para quienes desean alcanzar a como dé lugar el control del Estado. Existen comportamientos injuriosos en el mundo de la empresa, de la academia y de la carrera eclesiástica. Pero en ninguno de estos mundos las injurias parecen tan graves y crueles como las que presenciamos en la arena de la lucha por el poder estatal.

    La injuria parece legítima para espíritus desgraciadamente pervertidos, que se preguntan sin discernimiento: «¿por qué va a ser tan malo sacar algunos trapitos sucios al sol, si a fin de cuentas todo el mundo lo hace?». Con una actitud opuesta a la normalización del infundio en la esfera política, las reflexiones de santo Tomás de Aquino invitan a discernir la gravedad moral de esta conducta. Busquemos alguna luz al respecto en la Summa de Teología.

    1.     La gravedad de la injuria en el sistema de justicia
    Las reflexiones de la injuria se encuentran situadas en el tratado de la justicia de la principal obra de santo Tomás de Aquino, la Summa Theologiae. Este tratado se encuentra en la segunda parte de la segunda parte (secunda secundae) de la obra, entre las cuestiones 66 y 77. El tema que nos ocupa forma parte de las consideraciones acerca de la justicia conmutativa, es decir, la justicia en el intercambio y la interrelación entre las personas.

    Resulta especialmente luminoso el hecho de que en su exposición Santo Tomás distinga la injuria cometida dentro de un juicio y la injuria cometida fuera de un juicio. Conviene profundizar en esta primera distinción. ¿Por qué la hace santo Tomás? No encontramos una respuesta clara en el desarrollo del texto; pero se puede responder satisfactoriamente esta pregunta tomando en cuenta el espíritu aristotélico de la obra.

    No es lo mismo cometer injuria apoyado en un aparato estatal, el cual tiene como función hacer efectivos los derechos de todo el mundo, que cometer injuria sin contar con este apoyo. La reflexión de santo Tomás lleva a pensar que la injuria resulta especialmente grave cuando es cometida por quien está llamado a garantizar la justicia, es decir, la persona que hace de juez con el reconocimiento del Estado. La injuria de un juez puede anular para siempre la posibilidad de acción legal de la persona injuriada. Una injuria cometida por alguien que funge de juez en un proceso público es por ello más grave que una injuria cometida por alguien que no está actuando en nombre de toda la sociedad.

    Santo Tomás reconoce que en un proceso legal también pueden cometer injuria el acusador, el acusado en su defensa, el testigo, el abogado y la víctima. Todas las injurias son moralmente condenables, pero no todas tendrán las mismas consecuencias. Sin lugar a dudas, quien hace de juez lleva la carga moral más importante al cometer injuria. Para percibir mejor por qué, podemos valernos de una comparación con el mundo del transporte. Tiene mayor responsabilidad quien conduce un inmenso autobús de dos pisos que traslada 120 personas que una persona que monta una bicicleta. Quien monta una bicicleta de manera descuidada se hará más daño a sí mismo que a los demás; quien se descuida manejando un vehículo pesado puede matar a decenas de personas. Por eso, los permisos de conducir vehículos pesados implican muchas más exigencias que los vehículos ligeros. Más aún, para conducir bicicleta ni siquiera se necesita licencia.

    2.     La injuria cometida fuera del sistema de justicia
    Más iluminador para la vida personal resulta la fina clasificación que hace santo Tomás de los tipos de injurias cometidas fuera de un proceso judicial. El santo teólogo y filósofo distingue cinco: la contumelia, la detracción, la susurración, la burla y la maldición.

    La contumelia es la deshonra de una persona en presencia de esta. Se da de dos maneras: faltando el respeto a la excelencia alcanzada por la persona a través de algunas acciones o dando a conocer ciertos datos sobre la persona que son contrarios a su honra. La contumelia propiamente hablando es esta segunda y santo Tomás especifica que se produce a través de palabras, no de acciones. Citando las etimologías de Isidoro de Sevilla, pone este ejemplo: «se llama contumelioso el que es ligero y su boca rebosa en palabras de injuria». De acuerdo a santo Tomás, la contumelia es pecado mortal. Por eso afirmamos en la introducción de este artículo que la injuria es como matar a alguien en vida. Santo Tomás además aclara que «es mayor la contumelia si uno echa en cara a otro sus defectos en presencia de muchos.»

    La detracción es la ofensa de la dignidad de la otra persona no públicamente, sino por palabras proferidas en círculos restringidos y de espaldas al injuriado. Es lo mismo que difamación. Aquí no se busca dañar el honor de alguien, sino destruir su fama o prestigio. Esto se logra revelando secretos de la persona o exagerando sus defectos. Santo Tomás explica que quien comete detracción lo hace por miedo a quien difama, mostrando su mezquindad espiritual.

    La susurración se parece externamente a la detracción, pero se diferencia en el objetivo, a saber, se busca que la figura de la que se habla sea odiada por los demás. Por eso, el susurrador también puede alabar exageradamente a la persona a la que quiere hacer daño, para que los demás creen un sentimiento de envidia o animadversión hacia ella. Es lo que se hace en ciertos círculos juveniles cuando alguno dice que «Fulanito es un santito», lo que se traduce en: no lo invitemos que nos daña la fiesta. Según el santo de Aquino, el murmurador es llamado «hombre de dos lenguas», porque habla a un amigo mal del otro. Su objetivo es crear enemistad entre la persona con quien murmura y aquella a quien se está refiriendo. Quien susurra procura la discordia.

    Según santo Tomás, la burla o mofa se debe de distinguir de la irrisión (es decir, aquello que da risa de una persona, pero sin vulnerar su integridad). El objetivo de la burla es hacer ruborizarse a la persona que es objeto de la burla, faltando a la caridad. Se trata de avergonzarlo para que se sienta mal, señalando o exagerando un defecto que padece o una condición peculiar que ostenta. Es un mecanismo de exclusión. La burla se hace con palabras altisonantes acompañada de carcajadas desencajadas. Santo Tomás entiende que solo es pecado mortal cuando el defecto aireado por la burla implica el menosprecio total por el prójimo. Por ejemplo, han sido objetos de burla grave personas cuya condición es descalificada socialmente, como los homosexuales y los negros.

    Por último, está la maldición, que santo Tomás define sencillamente como «decir lo malo». El señalamiento de los males se convierte en pecado cuando se expresa en forma de deseo o en forma de una orden. Estas son las formas de maldición que se deben evitar: las que buscan el mal para una persona, un animal o una cosa.  Santo Tomás aclara que es más grave ordenar el mal para alguien que sencillamente desearlo. Y aclara también que desear un mal pasajero para alguien en busca de un mayor bien no es pecado, pues la intención no es destruir al otro, sino que encuentre su plena realización.

    3.     Evitar sobre todo la injuria pública
    Del camino recorrido, queda claro que la injuria cometida en el espacio público es más grave que la cometida en la esfera privada. Y más grave aún es esta injuria pública si se comete desde una institución estatal que tenga como tarea la aplicación de la justicia. Sin embargo, conviene considerar que quien se habitúa a injuriar en lo privado propenderá a hacer lo mismo (o peor) cuando actúe en la esfera pública.
    En la filosofía clásica que retoma santo Tomás, la injuria forma parte de la llamada justicia conmutativa, es decir, aquella disposición práctica que procura la igualdad y el equilibrio en el intercambio de los bienes y en lo referente a la justa igualdad en las relaciones interpersonales. La injuria atenta contra el trato equitativo y considerado de los demás, afectando el equilibro de los vínculos sociales.

    Si debemos evitar ser injuriosos en nuestros círculos privados, más empeño debemos poner cuando actuamos en instituciones públicas o colectivas, pues allí no solo se hiere a la persona o a un grupo injuriado, sino que queda afectada la integridad moral de toda la sociedad. En un mundo de injurias, las personas acaban desconfiando las unas de las otras, con lo cual queda bloqueada toda posibilidad de colaboración sana y constructiva. ADH 834

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