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    La espiritualidad del Corazón

    La espiritualidad del Corazón | P. Marcos Plante, msc 

    Carlo Carreto nos habla del deseo de Dios

    La espiritualidad del Corazón

    Una pasión despertó la espiritualidad del Padre Julio Chevalier, un ardiente deseo de impulsar el Reino de Dios en un mundo que se desmoronaba.

    Ya en artículo del mes anterior se presentó el carisma del Padre Julio Chevalier, fundador MSC. Tres etapas en su búsqueda misionera se destacaron: Una pasión, una visión y una misión. En esta página, insisto un poco más en la primera etapa de la espiritualidad del Corazón que corresponde a la pasión del Fundador por el Reino de Dios.

    En efecto, el primer paso en toda espiritualidad conlleva un deseo ardiente para que el Reino de Dios surja con fuerza en este mundo trastornado por tantas ideologías que nos apartan de Dios. Este deseo fue también la vivencia de la carmelita Santa Teresa del Niño Jesús de Lisieux: en toda su vida un solo deseo la inspiró, una relación amorosa con Dios y con la humanidad pecadora, pues ella se declaró misionera a nivel del universo. En su “Historia de un Alma”, ella expresa este gran deseo: Amar a Jesús que identifica al mismo Amor divino, y hacer que el Amor sea amado por todos. Esta moción amorosa compartida entre ella y los creyentes pone ya en marcha el Reino de Dios. Entre la sublimidad de Dios y la condición humilde de lo humano existe el enlace más vivo, más real y más misterioso: el Amor que se derrama sobre el mundo para que éste se vuelva un Reino donde la voluntad de Dios postule para todo ser humano una vida digna. Sabemos que la voluntad de Dios busca precisamente que los creyentes en Jesús tengan vida eterna. (Jn 6,40).

    Nos conmueve por cierto desear compartir el Amor que se nos revela en Jesús. Si el amor hacia Jesús nos inunda, su mismo Amor, junto con el nuestro, activa el Reino de Dios en un mundo en busca de felicidad. Entonces el amor por la humanidad entera, sobre todo por los excluidos del banquete de la vida acapara la mente y el corazón del creyente.

    En la “Historia de un Alma”, santa Teresa de Lisieux revela una gran convicción personal: “Más me daba de beber de su amor, más crecía la sed de mi pobre alma, y era una sed ardiente que él me daba como la bebida la más preciosa de su amor”. Ella vivió la aventura de la Samaritana con Jesús en el pozo de Jacob (Jn 4): “Señor, dame esta agua para que no tenga que volver siempre a este pozo, donde se busca un agua que quita la sed sólo por un momento.”

    La sed que siente santa Teresita es la misma sed de Jesús clavado en la cruz. “Tengo sed”. El Padre Fundador experimentó la misma sed por el Reino de Dios. De allí su pasión.

    Esta sed del Padre Julio Chevalier era toda dirigida hacia los pecadores. Por lo pronto, él se sacrificó, ofreciendo su vida por erradicar los males del mundo. Como Jesús, él tomaba sobre sí los pecados del mundo.

    Vale aquí, investigar, en mi corazón profundo, cuál es el deseo, la convicción que motiva mi vocación cristiana.

    La espiritualidad del Corazón nace con ese deseo ardiente, esa sed de compartir el mismo Amor que anida en el Corazón tanto humano como divino de Jesús.

    Este deseo vislumbra un Reino donde se viva realmente la voluntad de Dios. Si la voluntad de Dios, dice Jesús, “es que yo no pierda a ninguno de los que me ha dado, sino que lo resucite en el día último”, (6,39) mi vida se traduce en una entrega por el Reino de Dios. Entonces el creyente en Jesús se afana en amar con el mismo Amor divino, o sea, dejando que Jesús ame en él con su amor infinito. Santa Teresa de Lisieux decía: Me considero a mi misma “un pequeño pincel” sin gran valor, una pobre sierva de los prójimos, un pequeño tazón puesto en el piso para que otros coman. Según ella, Dios podía muy bien hacerlo todo sin ella. “Siempre que Jesús sea conocido, no importa el instrumento por limitado que sea”. Esta humildad hace del cristiano un instrumento perfecto.

    Carlo Carretto en su obra “Padre mío, me abandono a ti” nos comunica acerca del deseo de Dios: “Cuando te digo “tú”, salgo de mi soledad; eres para mí el hermano, el amigo, el Padre. Y entonces, cuando pronuncio “tú”, eres para mí “Dios”; no queda límites para la comunicación. Ser capaz de decir “tú” en espíritu y verdad a Dios mismo puede cambiar la faz de la tierra: esto cambia ciertamente mi vida.

    La espiritualidad del Corazón favorece este cambio de vida pues, suscita el deseo ardiente de verse con el proyecto de Dios.

    Señor, danos siempre la sed de cumplir tu voluntad sobre el mundo tan deseoso de amor, paz, justicia y felicidad. ADH 839.

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