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    “Las estrellas brillarán…” (Bachata)

    Apuntes Misioneros | Pedro Ruquoy, cicm 


    “Las estrellas brillarán…” (Bachata)

    Hace muchos años, cuando yo vivía en Cabeza de Toro, un campo del municipio de Tamayo, yo solía escuchar bachatas que sonaban por una vieja vellonera instalada en una enramada cercana. Las letras de algunas de esas canciones muy populares se quedaron en mi mente hasta el día de hoy. Pienso por ejemplo en esta bachata titulada “las estrellas brillarán” e interpretada por Ramón Torres:

    Alza la vista hacia el cielo: las estrellas brillarán
    mientras más negra la noche más intenso es su brillar…”

    Estas palabras muy profundas evocan la fuerza de la esperanza. Más la situación es difícil, agotadora y deprimente, más brillan las señales de esperanza. Por supuesto, para detectar esas señales tenemos que alzar la vista hacia el cielo. O sea, tenemos que creer que nuestra vida está en las manos de Dios. En estas últimas semanas varios ejemplos me han ayudado a entender mejor esta verdad:

    Contra la desesperanza

    Primero, aquí en Zambia, la situación es muy preocupante: Una temporada de sequía interminable provoca una escasez de agua sin precedente, la comida se hace cada vez más escasa, las ciudades tienen que acostumbrarse a la falta de electricidad puesto que esa energía es producida por centrales hidroeléctricas que dependen de ríos, ahora secos. Los jóvenes abandonan las escuelas por falta de dinero y pasan los siete días de cada semana fajándose en las minas de los chinos para recibir un salario de miseria. Frente a esta noche oscura, me siento sin fuerza y me contento con resignarme, sabiendo que la enfermedad que me aqueja no tiene ninguna salida buena. Y sin embargo, “alzando la vista hacia el cielo”, puedo ver algunas luces que brillan intensamente: a pesar de la situación desesperante, hemos renovado y pintado nuestro centro; en medio del desierto, hemos tenido el coraje de preparar un huerto. A pesar de la falta de agua, los repollos, las cebollas, las lechugas y otras verduras logran crecer gracias a la terquedad de nuestros jóvenes que no se cansan de cargar el precioso liquido y de regar diariamente y cuidadosamente cada matita. La naturaleza misma nos ofrece ejemplos de resistencia frente a la muerte. Algunos arbustos pintan el cielo con múltiples flores rosadas; las matas de mangos y de guayabas brillan de verde y han comenzado a echar frutos, burlándose de la sequía. Y por cierto, los huérfanos más pequeños siguen floreciendo en nuestro patio: su sonrisa mata la desesperación y riega la sequía de la vida.

    El viaje de Francisco

    Después, hubo el viaje del Papa Francisco a nuestro continente africano: del 4 al 10 de septiembre, el Santo Padre visitó a dos de los 10 países más empobrecidos del mundo:  Mozambique y Madagascar. Al regresar a Roma, hizo una escala a la pequeña isla de Mauricio perdida en el océano indico. Al llegar a Madagascar, país desfigurado por la deforestación y la miseria, el papa proclamó que “no podía haber un planteamiento ecológico real y un trabajo concreto de salvaguardar el medio ambiente sin la integración de una justicia social que otorgue el derecho al destino común de los bienes de la tierra para las generaciones actuales, así como las futuras”. El invitó a las autoridades malgaches a “luchar con fuerza y determinación contra todas las formas endémicas de corrupción y especulación que aumentan la disparidad social”, y a “enfrentar las situaciones de gran precariedad y exclusión que producen siempre condiciones de pobreza inhumana”. Como pista de solución, Francisco retomó uno de los valores tradicionales de la cultura malgache: la “fihavanana”: se trata del espíritu de compartir, de la ayuda mutua y de la solidaridad, muy presente en ese y muchos otros países africanos. Esta palabra incluye la importancia del parentesco, la amistad, y la buena voluntad entre la gente y con la naturaleza.  Pero El papa no se contentó con hablar sino que él realizó dos gestos altamente significativos que brillan en la oscuridad de la noche africana: visitó un barrio popular muy especial y plantó un baobab.
    El barrio popular llamado Akamasosa, fue construido gracias al compromiso de un misionero argentino, el padre Pedro Opeka. Hace 30 años, este barrio era un verdadero basurero donde miles de niños y adolescentes buscaban vida. Francisco pudo darse cuenta de los frutos de un trabajo misionero incansable: la transformación del basurero en un barrio lleno de vida; él pudo ver las casas de colores distribuidas por la colina, las clínicas especialmente equipadas para acoger a las mujeres que antes morían al dar a luz en condiciones infrahumanas, las calles asfaltadas, los servicios de electricidad y de agua potable y las numerosas escuelas donde 15,000 niños reciben el pan de la enseñanza. ¡El papa visitó ese barrio, acompañado por los cantos de 5,000 niños!

    El papa Francisco también plantó un árbol típicamente africano: un baobab. Para entender la fuerza esperanzadora de ese gesto, hay que saber que el baobab es un árbol que crece muy despacio. Él puede alcanzar la edad de 2,000 años; su tronco es una verdadera fuente de agua y gracias a su corteza muy gruesa, este árbol puede sobrevivir a los incendios producidos en los montes.

    Al plantar un baobab, el papa hace pensar en el profeta Jeremías. Cuando la situación de su país parecida definitivamente perdida; pue el ejército del rey de Babilonia asediaba a Jerusalén, el compró un conuco, el campo de Anatot. De esa forma mostraba a su pueblo que, a pesar de todo, queda la esperanza. Su gesto se parece a una estrella luminosa que brilla en una noche oscura. (Jeremías, capítulo 32). ADH 838

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