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    Palabra y Liturgia

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc 


    Palabra y Liturgia

    «… Ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura » (SC 51).

    Con el mes de la Biblia, retomamos el recorrido de nuestras reflexiones litúrgicas. Me parece oportuno volver sobre el tema de la Palabra en este mes, aunque ya lo habíamos tratado unos meses atrás.
         
    Acercarnos a la Palabra desde una perspectiva litúrgica, nos lleva a una mirada retrospectiva. ¿Cómo empezó la liturgia cristiana, desde sus inicios, a utilizar la Palabra?

    Los testimonios, tanto del Nuevo Testamento, como de san Justino, dejan claro que la comunidad cristiana organizó su celebración en torno a la Palabra y la Eucaristía. Palabra y Eucaristía se auto-implican y complementan mutuamente.

    La lectura abundante de la Palabra fue un elemento distintivo clave. Pero, a medidas que fue avanzando el tiempo, también se fueron agregando elementos nuevos a la liturgia, lo que fue provocando que las celebraciones se alargaran sobremanera. Entonces se vio la necesidad de bajar el tiempo de duración de las celebraciones. Había que recortar.

    Una de las primeras “víctimas” fue el Salmo responsorial, el cual fue suprimido. Paso a paso se fue reduciendo significativamente la lectura de la Palabra, hasta el punto de llegar a sólo dos lecturas para toda la semana: la Epístola y el Evangelio. Eran las mismas lecturas desde el domingo hasta el sábado. Con la particularidad de que sólo dos veces al año se leía una lectura del Antiguo Testamento.

    Esta práctica provocó un gran empobrecimiento de la liturgia y el conocimiento de la Palabra por parte del pueblo cristiano. Esta realidad llevó a los Padres conciliares a plantear en el Concilio Vaticano II, la necesidad de recuperar la preponderancia de la Palabra en la liturgia. Por eso vamos a encontrar en los documentos conciliares afirmaciones como estas: “A fin de que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles, ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia…” (SC 51). Y también: “La Iglesia siempre ha valorado las Sagradas Escrituras como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo” (DV 21).

    El Concilio ordenó reformar la liturgia y, una vez concluido, se empezaron los trabajos para llevar a cabo dicha reforma. Fue una tarea ardua y entusiasta, llevada a cabo por cada comisión y en la que el Papa Pablo VI se encargó personalmente de revisar cada documento para dar el visto bueno final. Todos tenían como bandera y como meta: “abrir los tesoros de la Palabra y preparar así con abundancia la mesa de la Palabra a los fieles”.

    Fruto de esa preocupación y empeño, tenemos hoy una liturgia enriquecida con la Palabra. Cada día con sus lecturas propias y en las que se puede constatar espontáneamente la unidad de los dos Testamentos. La historia de salvación se nos revela como un proceso progresivo hacia la manifestación de Cristo nuestro Salvador.

    Si partimos del Domingo, día litúrgico típico, nos encontramos con una lectura del Primer Testamento, que prepara el escenario para comprender plenamente el Evangelio y el Salmo que sirve de puente, de bisagra entre ambos. La segunda lectura nos suele orientar en un tema específico, el cual se va siguiendo progresivamente, y también en algunos domingos coincide con las otras dos lecturas.

    La meta es que en un período de tiempo (tres años) podamos leer los textos más relevantes y significativos de la Biblia. Para eso se organizó en tres ciclos (A, B  y C) para los domingos y fiestas y en dos ciclos (Año Par y Año Impar) para dos días de ferias o las semanas.

    Y, finalmente, dispuso la reforma que en cada sacramento se proclame la Palabra de Dios, de tal manera, que la vida de la Iglesia esté enriquecida cada día de su caminar con la Palabra de Dios. ADH 837

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