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    martes, 18 de febrero de 2020

    La vida, el mejor regalo de Dios

    Vocacionales / Osiris Núñez, msc


    La vida, el mejor regalo de Dios
    Pareciera ser que la vida ha perdido valor. Tantas situaciones de mal y pecado en la sociedad que menoscaban la vida. Nuestros jóvenes crecen sin tener conciencia del don tan preciado que Dios les ha concedido. Porque la vida es una realidad sagrada y debe ser custodiada como lo que es: un don de Dios, desde la concepción hasta la muerte natural. Ese don refleja la imagen y semejanza de Dios porque Él comparte su vida con su criatura. No solamente lo hace superior en el orden biológico a todos los otros seres vivientes, sino que le otorga su espíritu con todas las facultades, como la razón, el discernimiento del bien y del mal, la libre voluntad y su gracia.
    “En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática entre la ‘cultura de la vida’ y la ‘cultura de la muerte’, debe madurar un fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y las auténticas exigencias” (Evangelium Vitae, 95). La obligación de todos por expandir la “cultura de la vida” implica un sinnúmero de iniciativas, muchas de las cuales practicamos,  pero que aún necesitan de un mayor empeño para que tengan mayor vigencia.
    En este sentido, los padres de familia ocupan el primer lugar. Ellos tienen el deber de educar a sus hijos inculcándoles el verdadero sentido de la vida. En la medida en que los padres vivan, en el seno del hogar, los principios fundamentales de un amor auténtico y del respeto a los demás, en esa medida podrán los hijos comprender que la vida es un don de Dios.
    Están los educadores, que complementan la tarea de los padres en la educación de los hijos. Hay que afirmar también que los educadores no suplen ese primer deber de los padres. La tarea del docente implica la recuperación de la verdadera racionalidad del hombre, a fin de ofrecer un claro significado del valor de la vida humana. Es de vital importancia que los educadores establezcan un diálogo crítico entre los valores de la cultura de la vida y las manifestaciones de la cultura de la muerte que tan de moda están en la actualidad.
    “Es de vital importancia que los educadores establezcan un diálogo crítico entre los valores de la cultura de la vida y la cultura de la muerte
    Corresponde, además, a los muchos agentes pastorales comprometidos en los diversos ámbitos eclesiales, educar en esta misma dirección. Esta tarea educativa implica, hoy día, una dosis de heroísmo, dado el cúmulo de intereses económicos, ideológicos, de estrategias de poder, a los que hay que enfrentar con el espíritu de un auténtico testigo, que encuentra su fuerza en la gracia del Señor y en la vivencia de una profunda espiritualidad.
    A todos los cristianos y personas de buena voluntad, que comprenden el valor de la vida humana, tenemos este desafío de la defensa y promoción de la misma. Sabemos que la educación, como primer paso, no es suficiente. Es necesario comprometernos mancomunadamente para superar los condicionamientos estructurales de la pobreza y la miseria, la marginación y la exclusión; todos estos factores son el caldo de cultivo de los oportunistas que imponen la ideología de la muerte.
    La defensa de la vida no debe entenderse simplemente como la realización de programas de promoción económica y laboral de los más pobres. Es una tarea más universal que compromete a cada persona, familia y grupo humano; a cada institución para educar con el contenido del evangelio de Jesús, a fin de implantar una verdadera cultura de la vida. “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). Ese es el don de Dios para el ser humano, y por eso quiere que cada persona pueda vivir ese don de la vida a plenitud. Digámosle sí a la vida. ADH 841

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