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    lunes, 3 de febrero de 2020

    Tiempo ordinario

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc


    Tiempo ordinario

    «El Tiempo Ordinario es tiempo del Señor, tiempo de salvación, tiempo de la construcción del Reino de Dios» (J. M. Canals).

    Acogemos el mes de febrero en la disponibilidad de continuar profundizando en el misterio de la Encarnación de Dios y su presencia salvadora entre nosotros, que tan significativamente celebramos en la Navidad.

    Nos adentramos en el Tiempo Ordinario, que es tiempo del Señor, tiempo de salvación. En él tenemos la oportunidad de ir viviendo el misterio de Cristo en su totalidad. El Señor, como buen pedagogo, nos ofrece la escuela de su Palabra, en ella nos invita a descubrir la gracia de lo ordinario, en lo cotidiano de nuestra vida.

    Este tiempo desarrolla el misterio pascual de un modo profundo y progresivo. Todo el que participa cada domingo en la celebración eucarística, tiene la oportunidad de tomar parte en un programa continuado, por medio del cual poder adentrarse en el misterio de la salvación, siguiendo la existencia humana de Jesús a través de los evangelios.

    La dinámica interna que genera este tiempo, nos ayuda a orientar nuestro caminar por un sendero de un continuo celebrativo. Durante treinta y cuatro semanas, a partir del bautismo del Señor, nos va llevando, paso a paso, a recorrer la vida de la salvación revelada en la existencia de Jesús. Cada domingo tiene valor propio.

    El hecho de que empiece el tiempo ordinario inmediatamente después de la fiesta del bautismo del Señor, nos ofrece la oportunidad de apreciar el valor que tiene para la liturgia el desarrollo progresivo, episodio tras episodio, la vida histórica entera de Jesús, siguiendo la narración de los evangelios. Cada escena del evangelio es un paso para penetrar en el misterio de Cristo. Cada momento de su vida histórica tiene un contenido concreto en el hoy litúrgico de la Iglesia y que se cumple en la celebración de acuerdo de la ley de la presencia actualizadora de la salvación en el aquí y ahora para nosotros.

    La lectura del evangelio en este tiempo adquiere un relieve mayor que en otros tiempos litúrgicos, porque en ella se presenta a Cristo en su palabra dentro de la historia concreta, con la finalidad de mostrarse a sí mismo en su vida terrena, invitándonos a la fe en la salvación que él fue realizando día a día. Los evangelios recogen los hechos y las palabras de la vida de Jesús y son proclamados en la celebración en la perspectiva de las promesas del Antiguo Testamento.

    En la celebración litúrgica, este es el valor de la primera lectura. Luego, a la luz de la experiencia eclesial apostólica –segunda lectura–, hacen que la comunidad de los fieles tenga verdaderamente en el centro de su recuerdo sagrado, a lo largo del año, a Cristo el Señor con su vida histórica. Y este es el contenido único y obligatorio de la liturgia, no otro.

    Las lecturas subrayan la presencia de la salvación en una historia larga y concreta, misteriosa y humana. Al ser proclamada en la celebración, Cristo se hace presente en esta historia y, a la vez, nos santifica hasta que él vuelva.

    Se han escogido las lecturas del AT con la finalidad de armonizar con la temática presentada por el evangelio de cada domingo. Son las más sobresalientes y representativas de la historia de la salvación, para que en el ciclo de tres años, tengamos una visión de las etapas más importantes de la historia salvífica.

    En el caso de las segundas lecturas, con algunas excepciones, no se armonizan ni con el evangelio ni con la primera. Nos ofrecen, a lo largo de tres años, una lectura semicontinua de los personajes más importantes de las cartas de Pablo y Santiago. Pero en los ciclos B y C también se proclama la carta a los Hebreos.

    Si todavía no nos hemos adentrado en la gran riqueza del tiempo ordinario, tenemos la oportunidad de ir descubriendo su valor y descubrir lo que significa construir el Reino de Dios en este mundo. Esa es la invitación que recibimos del Señor Jesús. ADH 842

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