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    El valor de la Vida

    Valor del Mes | P. Juan Tomás García, msc  


    “VIDA”
    Lema: Hemos visto al Señor (Juan 20,18)
    Vida es el valor que promovemos durante este mes de abril, ya que la Resurrección del Señor nos sitúa en esa perspectiva dinámica y eterna. Nuestro buen amigo Fray Jesús Espeja, OP, nos recuerda, en su libro “El Evangelio en un Cambio de Época”, que vida, en la mentalidad bíblica, es el conjunto de todos los bienes: salud física, psicológica y social; abundancia de bienes, amor, libertad, paz y justicia. (Verbo Divino, p.141). Pero en nuestra realidad acelerada y descompuesta, la vida es respirar, es libertad de movimiento y de interrelación. Tenemos que recordar, también, que la vida no es solo humana, hablamos de Biodiversidad interconectada e interdependiente.
    La vida es personal, tu vida, mi vida, ejercida con conciencia y cuidada con esmero. Las personas nacemos en una familia y esa vida comunicada por mamá y papá, es asumida desde que se tiene uso de razón. La responsabilidad con que vives es un valor, también, aprendido de la familia en la que crece. Todos los elementos esenciales de la vida nos vienen dados por nuestra familia y luego los vamos desarrollando poco a poco en un ejercicio dinámico y creciente de vida compartida. Estudios, preparación, cuidados personales, círculos sociales, todo va conformándose hasta sentirnos listos para ser nosotros mismos y servir, aportando vida al resto de la sociedad de la que formamos parte.
    La vida comunitaria
    La vida es comunitaria, nuestra vida en interdependencia continua y creciente. Nadie sobrevive solo. La vida se realiza en comunidad. Comunidad familiar ampliada, comunidad vecinal, vamos alimentando nuestra vida del conjunto de personas que vemos interactuar cada día en nuestro entorno cotidiano, servimos a muchas personas y ellas nos sirven a nosotros. Existe la comunidad municipal o ciudadana y la nacional o país, nación, de las que somos parte. Y también la vida eclesial, la comunidad cristiana organizada religiosamente para compartir la fe.
    La Biblia nos presenta la vida humana creada y bendecida por Dios sobre toda la Creación, para que crezca y se multiplique y llene la superficie de la tierra (Génesis 1,22) El Antiguo Testamento valora la vida como el gran bien de la humanidad, por ella hay que sacrificar todas las cosas para conservarla (Job 2,4; Isaías 38, 17 ss). Para la gente, lo mejor que puede haber es una vida larga y llena de bienes y de personas que acompañan en todo tiempo.
    La vida, don de Dios
    La vida es un don de Dios que fluye de su riqueza. Dios es la fuente de la vida (Jeremías 2, 13) y su amor es más precioso que la vida misma. Por eso los justos tienen como ideal el vivir cerca de la presencia del Señor. Y los profetas ponen de relieve que la vida está precisamente en buscar al Señor (Amós 5, 4-6). Puesto que la esperanza en una vida más más allá de la muerte era todavía incierta, los israelitas ponían su esperanza en el encuentro vivificador con Dios en medio de las luchas y tensiones de esta vida (Salmo 6, 5ss).
    Mientras respiramos hay vida, decimos popularmente, pero también experimentamos amenazas cotidianas a la vida. Pensemos, nada más, en los inconvenientes que estamos experimentando con la pandemia del coronavirus. No solo afrontamos deficiencias de salud, sino también de comportamientos personales y comunitarios. La vulnerabilidad de la vida salta a la vista en todas las épocas y civilizaciones. Han existido, existen y existirán muchísimas formas de problemas y amenazas a la vida, sin embargo, la vida es eterna, aunque exista la muerte biológica, la vida sigue como proyecto transcendente del Padre que nos conduce hacia su Reino. La vida terrena pasa por la muerte para alcanzar su plenitud en la resurrección. El perder la vida, incluso, es condición para ganarla (Juan 12, 24-25). Así, la vida deja de ser el valor supremo y el Reino de Dios trasciende. El Reino es lo primero que hay que buscar por encima de todas las cosas de la vida (Mt 6, 33).
    Amenaza de la muerte
    Algo que se presenta como una frustración total es la muerte. No hay manera de entender la muerte a menos que nos situemos en la esfera de la fe que nos ofrece la inmortalidad. Con la resurrección de Jesucristo aprendemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor su pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponía la salud de los enfermos a cualquier norma o tradición religiosa. Siguiendo sus pasos, necesitamos vivir curando la vida y aliviando el sufrimiento. Poniendo siempre la fe y la práctica religiosa al servicio de las personas.
    Quien ha entendido un poco lo que significa la resurrección del Señor, se siente urgido a vivir ya esta vida como «un proceso de resurrección», muriendo al egoísmo y a todo aquello que nos deshumaniza, y resucitando a una vida nueva, más humana y plena. La alegría pascual impulsa a las comunidades y creyentes a perdonar y acoger a todos los hombres, incluso a los más enemigos, porque nosotros mismos hemos sido acogidos y perdonados por Dios. La Vida es mucho más que esta vida. No hemos hecho más que «empezar» a vivir. Desde la resurrección de Cristo sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Vivir haciendo el bien es la forma más acertada de adentramos en el misterio del más allá.
    El sentido de la vida según la Biblia es que Dios es el principio y el fin de todo ser humano: viene de Dios y va hacia Él. Todo el sentido de nuestra vida gira en torno a nuestro amor a Dios y a la admiración de su Creación. Aprovechemos este mes de abril para promover la Biblia o La Palabra de Dios, para buscar en ella el hilo conductor de la vida y de la eternidad. Este Tiempo Pascual es una gracia de Dios para que renovemos nuestras vidas. Identifiquemos los grupos que están intentando salir hacia “mejores puertos”, colaboremos con las comunidades y grupos más solidarios diseminado en toda la geografía, acompañando procesos dadores de vida en esos rincones, a veces, apartados totalmente de donde vives tu misión.

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