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    martes, 13 de octubre de 2020

    Manos Unidas denuncia indiferencia ante la pobreza

    Actualidad | Revista Ecclesia



    Manos Unidas denuncia la indiferencia internacional

    ante los 1.300 millones de personas afectadas por la pobreza

    Los días 16 y 17 de este mes se celebra el Día Mundial de la Alimentación y el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza y Manos Unidas denuncia la indiferencia internacional ante la dramática realidad que viven 1.300 millones de personas afectadas por la pobreza multidimensional. Asimismo, la ONG de desarrollo de la Iglesia católica en España recuerda que, a los 690 millones de personas que padecen hambre en el mundo, se sumarían entre 83 y 132 millones más a raíz de la crisis generada por el coronavirus, según estimaciones del último informe publicado por FAO.

    Los avances siguen siendo lentos e insuficientes para alcanzar las metas establecidas en los Objetivos de Desarrollo Sostenible para la erradicación del hambre y la pobreza. A tenor de los datos ofrecidos por Naciones Unidas, el escenario es alarmante: el hambre en el mundo no ha dejado de aumentar desde 2014 y se estima que, el pasado año, cerca de 2.000 millones de personas no pudieron acceder regularmente a alimentos inocuos, nutritivos y suficientes, el 21,3% (144 millones) de los niños menores de cinco años sufrió retraso del crecimiento y el 6,9% (47 millones) emaciación o adelgazamiento patológico.

    Causas del hambre: diversas e interrelacionadas

    «Desde hace décadas sabemos que el sufrimiento de tantas personas no se debe a la escasez de recursos ni a causas naturales —afirma Fidele Podga—, sino a estructuras injustas y relaciones que están basadas en la desigualdad». Para el coordinador del departamento de Estudios de Manos Unidas, los factores de fondo son muy diversos e interconectados: «la inequidad en el acceso a los bienes, el consumismo de los más ricos, los intercambios comerciales injustos, las consecuencias del cambio climático, el acaparamiento de tierras con fines extractivos y agroindustriales, la especulación con el precio de los alimentos, un sistema alimentario que no está diseñado para satisfacer las necesidades de la gente, las guerras y conflictos interesados y, en definitiva, la explotación de unas personas por otras y de unos países por otros».

    A estas causas se añade, según Podga, la «indiferencia cómoda, fría y globalizada» a la que se refiere el Papa Francisco en Fratelli Tutti, la encíclica publicada el 3 de octubre. «Esta indiferencia —explica Podga— caracteriza al mundo contemporáneo y nos empuja a ensimismarnos y desentendernos de los demás. Creemos que es urgente despertar de este ensimismamiento y actuar, sacando fuerzas de donde podamos, porque no queremos dar ningún paso atrás en la lucha contra el hambre».

    Poblaciones más vulnerables

    Desde el Área de Proyectos de Manos Unidas y basándose en estimaciones de Naciones Unidas, Encarni Escobar, asegura que «la crisis sanitaria, económica y social desatada por el coronavirus amenaza con echar abajo una década de avances frente a la pobreza. La pérdida de ingresos, los frágiles sistemas de protección social y el aumento de los precios están afectando mayormente a las personas más vulnerables y están empujando al hambre a poblaciones que antes estaban a salvo, como los 29 millones de latinoamericanos que, según alerta CEPAL, caerán bajo el umbral de la pobreza a causa de la pandemia».

    Ejemplos de estos impactos se encuentran en cualquier país de África, Asia y América en los que trabaja Manos Unidas. «En Perú, el confinamiento y el cierre de los mercados mayores ha hecho mucho daño a las familias campesinas –afirma María del Carmen Parrado, coordinadora de ESCAES, socio local de Manos Unidas en el país–, porque los precios de los productos agrícolas bajaron y, con ellos, los ingresos con los que cuentan para subsistir».

    En Mzimba, Malaui, comunidades campesinas golpeadas por el hambre, las sequías y los desastres naturales se esfuerzan por garantizar su alimentación en un contexto agravado por el coronavirus. «Lo “normal” en esta zona es hacer una comida al día a base de una papilla de harina de maíz», dice Beatriz Hernáez, responsable de proyectos de Manos Unidas en Malaui. «La agricultura es muy estacional y depende de un clima cada vez más difícil y de un pequeño comercio de trueque en el que el valor de cambio es un saco de maíz. Por esta razón, un juez levantó el confinamiento decretado por el gobierno que impedía a las familias los intercambios locales. La situación del país ante la pandemia es preocupante: una de las más altas densidades de población en África, un sistema sanitario muy débil y una población migrante en pleno retorno desde Sudáfrica».

    Algo similar sucede en Badibahal, India, donde el cierre de los circuitos comerciales provocó la pérdida de la práctica totalidad de la cosecha de primavera, a excepción de lo poco que los campesinos pudieron vender «puerta a puerta». Como relata la hermana Shanti Priyal, del Centro de Desarrollo Social Bethany, socio local de Manos Unidas, «los pequeños campesinos apenas están accediendo a las ayudas del gobierno, han perdido el dinero invertido en sus cultivos y no están pudiendo devolver los préstamos contraídos con los propietarios de tierras».

    Tres retos para luchar contra el hambre en tiempos de coronavirus

    «La magnitud de esta crisis nos pone a prueba –afirma Encarni Escobar– y nos empuja a asumir retos que no son nuevos pero sí ineludibles, ya que es más necesario que nunca acompañar a la población excluida y consolidar su resiliencia y sus medios de vida con el apoyo de nuestros proyectos».

    El primer reto es garantizar el acceso a alimentos inocuos, nutritivos y suficientes. Para ello, Manos Unidas apoya iniciativas agroecológicas de pequeños agricultores, trata de asegurar fuentes de agua adecuadas y refuerza los sistemas de procesamiento y comercialización. «En estos meses de pandemia, la agricultura familiar sostenible ha salvado a muchas comunidades del hambre», asegura Encarni Escobar­. «A través de formación, infraestructuras de agua y el apoyo técnico y financiero, apostamos por los mercados locales, la asociación entre productores y el acceso a la tierra y los medios de producción, para que las familias obtengan ingresos más estables y no se vean obligadas a migrar a las ciudades», añade.

    «El segundo reto es conseguir que las organizaciones locales sean cada vez más fuertes y estables para que reivindiquen y defiendan sus derechos», dice Encarni Escobar. «Si no lográramos esto, sería pan para hoy y hambre para mañana. Por ello promovemos procesos de capacitación y acompañamiento en la defensa de sus derechos, algo que hoy es cada vez más importante, ya que los derechos están aún menos garantizados con la excusa de la pandemia: hay más abuso de poder, violencia e impunidad».

    Fidele Podga habla de un tercer reto, «quizás el más importante y el más complejo: transformar nuestros estilos de vida y consumo para que sean una auténtica vacuna contra el hambre y la pobreza». Podga anima a que cada persona se haga varias preguntas: «¿qué como?, ¿cuánto como?, ¿cuánto tiro a la basura?, ¿dónde compro?, ¿quién lo produce?, ¿dónde lo produce?, ¿cómo lo produce?, ¿para qué lo produce?, ¿dónde invierto mis ahorros?».

    Para el coordinador del departamento de Estudios de Manos Unidas, «no se trata de responder a estas preguntas con ánimo acusador ni culpabilizador, sino con profunda responsabilidad, para que nos ayude a situarnos entre los dos tipos de personas que identifica el Papa en su última encíclica: “las que se hacen cargo del dolor y las que pasan de largo”, porque, como dice solo unas líneas después, en estos momentos de crisis la opción se vuelve acuciante: “todo el que no es salteador o todo el que no pasa de largo, o bien está herido o está poniendo sobre sus hombros a algún herido”».

    Publicado en www.revistaecclesia.com

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