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    sábado, 12 de diciembre de 2020

    Educación sexual para nuestros hijos

    Matrimonio y Familia | Noelito de León Mercedes, MSC



    La educación sexual para nuestros hijos según la visión de la Iglesia

    Según el Vaticano II, se presenta la necesidad de una educación positiva y prudente de la sexualidad, que llegue a los niños y adolescentes. Es difícil entender la educación sexual en medio de la banalización y el empobrecimiento de la misma. La educación sexual debe estar dirigida en el marco de una educación para el amor, y la entrega mutua, con el fin del autoconocimiento y el autodominio. La información sexual debe llegar en el momento adecuado tomando en cuenta la edad de los niños.

    La educación sexual tiene que cultivar un sano pudor, esto ayudará a las personas a resguardar su interioridad para evitar que sea convertida en un puro objeto.

    Con mucha frecuencia la educación sexual se inclina solamente a la invitación a cuidarse, gestionando un sexo seguro. Esta expresión de cuidarse genera una actitud negativa, pone la finalidad de la procreación como si hay que cuidarse de no tener hijos. Con estas inclinaciones se promueve la agresividad narcisista. Es negativa toda invitación que se haga a los adolescentes a que jueguen con su cuerpo como si tuvieran la madurez y el compromiso mutuo del matrimonio.

     

    Si los actos de la sexualidad son vividos de modo verdaderamente humano, responden a la sexualidad querida por Dios


    El lenguaje del cuerpo requiere una interpretación que permita educar nuestros deseos. Existen diferencias entre comprender la edad del adolecente a prolongar la inmadurez de su forma de amar. La educación sexual debe de incluir la valoración de las diferencias, para que el otro tenga la capacidad de entregarse. Hay que ayudar a aceptar el cuerpo tal como es, ha sido creado así. La valoración de la feminidad y de la masculinidad es muy importante para el encuentro con el diferente.

    Dios mismo creó la sexualidad como un regalo para sus creaturas. La educación sexual es el fruto del discernimiento de los impulsos del corazón. La dimensión erótica del amor no se puede entender como un mal, sino como un don de Dios que enriquece el encuentro de los esposos.

    Al plantear esta visión positiva de la sexualidad, no está de más recordar que, dentro del ambiente matrimonial, la sexualidad puede llegar a convertirse en sufrimiento y manipulación. Si los actos de la sexualidad son vividos de modo verdaderamente humano, responden a la sexualidad querida por Dios. No se puede vivir la sexualidad en la lógica del dominio, en esta situación el dominador termina negando su propia dignidad.

    El amor excluye todo género de sumisión y dominio. Hay que rechazar toda forma de sometimiento sexual. No se puede olvidar que el equilibrio humano es frágil, siempre queda algo que se resiste hacer humanizado. Por tal razón, se tiene que vivir el matrimonio como una pertenencia mutua, libremente elegida (cfr. AL 150-286).

     

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