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    jueves, 3 de diciembre de 2020

    El Dios cómplice de María e Isabel

    Con nombre de mujer | Isabel Gómez Acebo*



    "El Dios cómplice de María e Isabel"

    Todo el relato de la visitación nos va a llevar de sorpresa en sorpresa máxime si nos ponemos en la mentalidad de una sociedad rural mediterránea del siglo I. Ya resulta extraño que lo primero que hace María, tras el anuncio del ángel, sea ponerse en camino para visitar a su prima Isabel. La distancia entre Nazaret y el terreno montañoso de Judea es grande, pues se calcula que no hay menos de 3 o 4 días de marcha y eso atravesando Samaria, una comarca que por las malas relaciones con los judíos, se solía evitar. Pero, además, nos dice Lucas que la joven sale sola. Los caminos no estaban desprovistos de bandoleros lo que la somete a la posibilidad de unos evidentes peligros físicos. Pero incluso vencidos éstos, quedaba la mala reputación que ese viaje supondría para una joven casadera a los ojos de sus contemporáneos.

    La complicidad de Dios

    Dios ha movido sus hilos y las dos mujeres han entendido las claves por las que la acción de Dios discurría. Y no es de extrañar pues las 3 partes comparten un útero misericordioso. Tenemos que reconocer que a pesar de que en teoría Dios no tiene sexo en la práctica le hemos convertido en un varón. Eso sí, no siempre la Biblia ni la teología han podido reprimir brotes femeninos en su persona. “A su imagen los creó, varón y mujer, los creó” apoya la idea de que en las intenciones del Creador estaba participar por igual de la imagen de los dos sexos. Y nos encontramos textos en la Escritura que apoyan estas palabras.

    Si Isabel bendecía a María como vientre preñado de su Señor era porque la imagen que mejor describía a las mujeres del AT era esa. Una imagen hija de la necesidad del pueblo elegido de multiplicar su número lo que no era fácil ante la mortalidad infantil. Es precisamente esta cualidad materna la que para los judíos hace a las madres misericordiosas por antonomasia Pues hay una intuición que comparten todos los pueblos y que consiste en la creencia de que las madres tienden a perdonar y a ayudar a sus hijos por encima de lo que se haría desde otras relaciones sociales.

    Tan es así, que en hebreo la palabra rahamimque tiene un sentido originario de útero materno acabó expansionándose para significar compasión, piedad, misericordia y amor. La forma verbal supuso tener misericordia y el adjetivo equivalia a misericordioso. El resultado final es que se forma una metáfora que va de un órgano físico de una mujer, su vientre, a un modo psicológico de ser que supone la aplicación del concepto a todo aquel que demuestra interés por mejorar la situación de su entorno.

    Creo que no nos puede extrañar que sea este adjetivo uno de los que con más profusión se le aplican a Dios en el AT tanto en los salmos como en la literatura profética. A un Dios que llevó en su seno al pueblo elegido, “los que habéis sido transportados desde el seno” Is 46,3  y que desde presupuestos más universales gesta a toda la creación le encajaba a la perfección ese vocablo.

    Comparten nuestros 3 protagonistas la misma condición y muchos sentimientos que a esta condición se suman. Aunque de la vida de Isabel nada sabemos tanto María como el propio Dios se van a caracterizar por la fidelidad inquebrantable a sus hijos. La madre de Jesús le sigue, con frecuencia sin entender su mensaje, pues para la campesina conservadora no era fácil asimilar que muchas de sus creencias fundamentales no entraran en el programa de su Hijo.  Un Hijo que se consideraba por encima de Moisés, del sacerdocio y del templo. Y sin embargo, y a pesar de todos los pesares, le siguió hasta el final que le supuso estar al pie de la cruz cuando el resto de sus discípulos le había abandonado,

    Esa fidelidad inquebrantable a sus hijos es también una característica del Dios de Israel. “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?” le oímos decir a Isaías 49,14. Una característica que la encíclica Mulieris Dignitatem coloca en Jesús como revelación suprema de Dios. Un Jesús que se convierte en la encarnación terrena de ese principio femenino que es la fidelidad materna.

    Como un ovillo que se desenreda esa fidelidad se caracteriza a su vez por una compasión que tiende a mejorar la situación de los hijos más desfavorecidos. Eso es lo que María de Nazaret nos canta en el Magnificat. Desde su condición de futura madre es capaz de entrar en el corazón del Dios materno y desde esa atalaya privilegiada describir un futuro de bienestar para todos. Los pequeños, los débiles, los pobres, los enfermos pasarán a primera fila pues la madre compensa volcándose con los hijos que más lo necesitan.

    María, Isabel y Dios mismo nos invitan a entrar en esta dinámica. Según Eckhart todos hemos sido llamados a ser madres pues según sus palabras: “El Creador extiende este poder hacia ti desde su maternidad divina situada en su capacidad de dar eternamente a luz… La persona que fructifica da a luz desde la misma fuente de la que el Creador extrae el mundo eterno. Por este centro nos hacemos portadores de una maternidad fructífera”. Un Jesús que se convierte en la encarnación femenina de ese principio femenino que es la fidelidad materna

    En la medida de que entremos en esta dinámica compartiremos las inquietudes que aparecen en la escena de la visitación y que se van a desarrollar a lo largo del evangelio. María fue llamada desde su condición de madre a ser discípula de su Hijo y nosotros desde nuestra condición de discípulos somos llamados a hacer de madres de Jesucristo pues la evangelización no es otra cosa que hacer brotar la semilla de Jesús en los corazones de quienes no le conocen.

    Artículo completo en www.religiondigital.org

     

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