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    martes, 12 de enero de 2021

    2021: Un año para metaaprender

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella, SJ




    2021: Un año para metaaprender

    En psicología de la educación se conoce como metaaprendizaje el proceso por el cual nos hacemos conscientes de nuestros propios procesos de aprendizaje para conducirlos de manera más eficiente y sacar mejor provecho de ellos. El mundo de la educación valora cada vez más la importancia que tiene que metaaprendamos para pensar en profundidad. Si hace unos años se decía «Hay que aprender a aprender», hoy podemos complementar nuestro compromiso educativo diciendo: «Hay que metaaprender para aprender».

    Se dice que con la pandemia de la covid-19 hemos aprendido mucho en el 2020 que recién acabó. Pero si no metaaprendemos lo que sucedió en nuestro interior durante este año, lo aprendido se irá al zafacón del olvido y nada habrá valido la pena. Declaremos, pues, el 2021 como el año del metaaprendizaje.

    Presupuestos del metaaprendizaje

    Quienes promueven la idea de metaaprendizaje parten de varios presupuestos fundamentales. Estos presupuestos constituyen auténticas premisas antropológicas de gran calado.

    En primer lugar, se acepta la premisa de que mejor se educa quien tiene conciencia de lo que le sucede en su persona mientras aprende. Esto empata con el secular «Conócete a ti mismo» atribuido al Oráculo de Delfos; pero lo encontramos igualmente en todas las sabidurías ancestrales de la humanidad. Si, por ejemplo, siento aversión por quien me enseña, menos aprenderé.

    En segundo lugar, quien está sobre aviso acerca de lo que le se desata en sí mientras aprende crecerá mejor como persona. Por el contrario, quien se deje llevar por la primera reacción que le produce una experiencia tendrá más probabilidades de errar en su camino que quien consigue detenerse un poco y ponderar los distintos aspectos implicados en lo que ha vivido. 

    En tercer lugar, quien puede identificar sus estados emocionales podrá organizar mejor sus actividades futuras. Para uno poder observarse en lo que hace, necesita ya tener consigo una especie de esquema previo de sus estados de ánimo y de cómo reacciona ante determinados eventos. Permítasenos un ejemplo bien tonto, porque se verá la importancia decisiva de este punto que parece obvio: si una persona tiene una fobia irresistible a las arañas, no debe elegir como especialidad u oficio la aracnología.



    Destrezas necesarias para metaaprender

    Para metaaprender se hace necesario cultivar algunas destrezas o actitudes. A continuación se señalan cuatro fundamentales.

    a) Precisar: cuando se da por concluido un proceso, conviene visualizar de manera conjunta lo que se ha aprendido. Normalmente, esto se logra a través de dos acciones: resumir y nombrar. Resumir es decir en poquísimas palabras lo esencial de lo que se ha experimentado. Nombrar consiste en adjudicar sustantivos englobadores a las vivencias que atravesamos. Nuestras vivencias suelen estar compuestas por muchos elementos, normalmente contrapuestos: alegría y tristeza, rabia y paz, ansia y desgano. Precisar lo vivido nos ayuda a cedacear el complejo haz de sentimientos que nos embarga a cada paso y sacar una conclusión provisional que nos permita seguir caminando entusiasmados. Por ejemplo, podríamos decir: «Lo vivido en el 2020 ha sido una gestación». 

    b) Afinar: La precisión nos permitirá entonces afinar, es decir, distinguir las cosas menos importantes de las más importantes, para integrarlas en un nuevo plan de vida más llevadero. Quien no afina sus experiencias acaba convirtiéndose en una persona grosera. No dejar de ser interesante que nos valgamos del adjetivo grueso para señalar la forma de ser caracterizada por la rudeza. En latín, grueso significa violento y grande; por eso es sinónimo de rudo. Como se suele decir: se parece a un elefante en una tienda de cristales.

    b) Recontextualizar: consiste en trasladar imaginativamente lo aprendido en un momento a otro momento por venir. Muchas veces no sabemos para qué nos servirá un aprendizaje determinado o sencillamente no estamos en condiciones de valorar lo aprendido en el momento. El utilitarismo inmediatista es el peor enemigo de quien quiera aprender. Cabe señalar que la recontextualización tiene dos aspectos complementarios. Uno es espaciotemporal: consiste en poder adaptar razonablemente lo aprendido en una experiencia concreta a otra experiencia distinta. Por ejemplo, recontextualiza quien concluye que la paciencia necesaria para comprender un texto es necesaria también para comprender lo que dicen las personas con quienes nos relacionamos. El otro aspecto es espiritual: consiste en asumir que todas las cosas de alguna manera se comunican; que lo visible y lo invisible tienen vínculos misteriosos. Esta actitud resulta vital para combatir la cultura cientificista que solo cree en lo que ve.

    c) Ensayar: consiste en llevar discretamente a la práctica lo aprendido en los nuevos contextos que se enfrentan. Este punto es muy delicado, por las implicaciones éticas que tiene actuar sin poder prever con exactitud los resultados. Si nos ponemos a pensar un poco, la ansiada vacuna contra la covid-19 vendría a ser el mejor ejemplo. Solo se aprende realmente ensayando; no debe desesperar quien no obtiene el resultado inmediato en un ensayo. Sin embargo, conviene advertir algo: dado que al ensayar entramos en terrenos ignotos, debemos tener mucho cuidado y avanzar prudentemente en nuestros experimentos, sobre todo cuando implican la vida de las otras personas.

    Lo que debemos metaaprender en el 2021 partiendo desde el campo educativo

    Quiero concluir compartiendo lo que metaaprendimos en el Instituto Superior Bonó en el 2020 en el campo educativo de la educación superior dominicana. Lo que se dice a continuación es producto de evaluaciones hechas con estudiantes y profesores. Creo que se puede recontextualizar fácilmente en otros campos de la vida que se vieron afectados por el estado de excepción padecido a lo largo del año.

    Primer aprendizaje: La pandemia ha desvelado que la educación no consiste básicamente en disponibilidad y trasvase de información. Las plataformas con que contamos nos han posibilitado colgar más informaciones, facilitar videos educativos, mejorar las rúbricas y usar correo electrónico para precisar aspectos de la docencia que no quedan claros de manera presencial. Pero constatamos que ha faltado el tiempo de acompañar personalmente a los estudiantes. Confirmamos, pues, que la educación consiste fundamentalmente en un proceso de relación humana de calidad, no en el mero uso instrumental de nuevas tecnologías ni en la posibilidad aumentar la disponibilidad de un inmenso cúmulo de datos.

    Segundo aprendizaje: Como corolario de lo anterior, nuestros docentes reconocen la importancia decisiva del encuentro personal como parte del aprendizaje. En otras palabras, hace falta volver a las aulas si se quiere enseñar con calidad en el contexto dominicano actual; y hace falta revisar la manera personalizante en que nos relacionamos profesores y estudiantes.

    Tercer aprendizaje: No es correcto minusvalorar la enseñanza sincrónica en nombre de las virtualidades de la enseñanza asincrónica. Conocemos el principio general de que las aulas virtuales deben usarse de modo más asincrónico que sincrónico. Nuestra experiencia evaluada nos lleva a la conclusión opuesta. Nos ha funcionado mejor lo sincrónico que lo asincrónico. Y esto por ambas partes: para profesores y para estudiantes. Los profesores que por sus conocimientos de los entornos digitales de enseñanza asumieron la modalidad asincrónica no quedaron satisfechos con sus interacciones pedagógicas. Esto nos lleva a la otra parte, la de los estudiantes. El problema reside en que el estudiantado dominicano debe transformar la cultura educativa que carga en sus entrañas. Concluimos que es un tanto mítico presuponer que el sujeto de licenciatura que puebla nuestras aulas universitarias está listo para la educación asincrónica.

    Cuarto aprendizaje: las plataformas digitales más simples son preferibles a las más complejas. Las plataformas complejas podrán ofrecer muchos recursos, pero hacen que el profesor pase más tiempo aprendiendo a usarlas que atendiendo a los estudiantes. Entendemos que no se puede consagrar más tiempo a la tecnología que al proceso educativo que se lleva a cabo en el encuentro interpersonal y en la preparación de la actividad docente.

    Nuestra gran conclusión es la siguiente: la educación superior dominicana no está preparada aún para el salto a la enseñanza virtual no tanto por la falta de cobertura tecnológica, sino por la misma cultura de estudios que prima en las personas que interactúan en nuestras comunidades educativas. Dicho para el futuro: el problema que debemos enfrentar no es primordialmente tecnológico; vuelve a ser esencialmente curricular. Tiene que ver con cómo concebimos la labor docente e integramos al estudiante dominicano que llega a nuestras aulas, con sus experiencias personales, con sus aprendizajes culturales transnacionales y sus expectativas de vida. Igualmente, tiene que ver con la democratización de nuestra sociedad y nuestra cultura, marcada aún por el trujillismo y asediada ahora por la globalización neoliberal.

    Resumiendo: la educación superior que visualizamos desde el Instituto Superior Bonó no se plantea como respuesta a los desafíos tecnológicos que han acarreado los entornos digitales a los que se ha acudido de manera reactiva por la pandemia de la covid-19. Nuestras preguntas sobre la educación superior dominicana tornan su mirada hacia la sociedad que deseamos y se sienten confrontadas a ponderar los compromisos éticos que habremos de asumir, distinguiendo sabiamente, una vez más, entre los medios que tenemos a nuestro alcance y los fines que deseamos para la humanidad y el planeta.


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