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    domingo, 14 de febrero de 2021

    Construir una gramática del cuidado

    Vaticano | Marcelo Barros y Diego Pereira Ríos

     



    Necesitamos construir una gramática del cuidado

     

    Dicen que una gran antropóloga mostró a sus alumnos dibujos y fotografías de un yacimiento arqueológico donde había indicios de la evolución de los humanoides que vivieron hace cientos de milenios. Un alumno le preguntó:

     

    "En estas fotografías, ¿a través de qué signos o instrumentos arqueológicos podemos saber que el humanoide se convirtió en humano? ¿Cuáles de estos signos apuntan a que nuestros simios ancestrales se convirtieron en seres humanos?" El antropólogo respondió: "Sabemos que estamos en presencia de humanos cuando encontramos un esqueleto que tiene un hueso de la pierna fracturado y reparado de alguna manera. Eso demuestra que esos individuos ya eran humanos. ¿Por qué? En la naturaleza, cuando un animal se rompe una pata no tiene forma de sobrevivir porque no tiene forma de buscar agua o conseguir comida. Si ha sobrevivido, es señal de que hubo otro compañero o pareja que se ocupó de él. Y esa es la señal de que la humanidad comenzó allí: el cuidado. Donde comienza el cuidado de uno en relación con otro, ha habido un paso adelante en la evolución: de humanoide a humano”.

     

    Desgraciadamente, si se utiliza este criterio para nuestra actual sociedad dominante, es posible que la conclusión sea que la sociedad capitalista hace retroceder a la humanidad a los niveles de animalidad irracional de los tiempos ancestrales. Por todo ello, es urgente que despertemos a una cultura del cuidado. De diferentes maneras y con diferentes lenguajes, todas las grandes religiones afirman que el cuidado es una categoría espiritual y puede ser un excelente camino de intimidad con el Espíritu Divino. En América Latina y el Caribe, las tradiciones indígenas y afrobrasileñas insisten en el sentido comunitario de la vida y el cuidado de los demás como instrumento para recibir la energía divina.

     

    La tradición judeocristiana es muy rica en el cultivo del cuidado. Toda la fe judía se basa en la confianza de que Dios escucha el clamor de su pueblo sufriente, se conmueve con su dolor y baja para que el pueblo pueda salir de la esclavitud a la tierra de la libertad (Ex 3). Siguiendo esta óptica judaico-cristiana la palabra es vehículo, instrumento, puente del cual surge y se comparte la vida. Más aún: la palabra es fuente de vida. Dios le habla al ser humano con palabras que él logra identificar y por ello reconocer la grandeza de Dios y su propia grandeza. En el Génesis (todo el Cap. 1) “Dios dijo” y el universo surge desde el deseo del corazón de Dios. Deseo que se hace presente desde el poder creador de su Palabra. Y es así que el ser humano es creado: como deseo de Dios que se regocija en su creación.

     

    De la misma manera, en el Nuevo Testamiento, El Hijo de Dios fue anunciado por medio de la palabra de los profetas que prepararon su camino, hasta Juan el Bautista que fue “la voz en el desierto” (Mc 1, 3), y Juan comienza su evangelio diciendo: “En el principio existía la palabra…” (Lc, 1, 1). Vemos que el amor de Dios manifestado a lo largo de la historia de salvación tiene como medio su Palabra. 

     

    Cuando entre seres humanos hablamos, no solamente nos decimos, sino que también somos y con ello nos damos a los demás, con-cediendo una parte de nuestro ser a los demás, desde una realidad que es profundamente personal. Cuando decimos, por ejemplo, “te amo”, estamos diciendo muchas cosas a la vez (te necesito en mi vida, me hace feliz que existas, mi mundo es hermoso desde que estas presente en él, etc.), que revelan una interioridad que no logra ser plenamente captada por quien tenemos en frente. Sin duda que palabra y obra, van unidas; teoría y praxis deben correr por el mismo camino. Cuando decimos algo, de alguna manera debemos demostrarlo con hechos concretos. Pero consideramos que la palabra es el inicio de este camino.

     

    Por eso creemos que es necesaria una nueva “gramática del cuidado” que dé valor a la palabra “cuidado” en todas sus dimensiones. Al igual que para hablar bien una lengua es necesario comprender su gramática, es decir, la lógica de organización de su lenguaje, del mismo modo, la cultura del cuidado para ser profundizada, necesita una determinada gramática, es decir, una lógica y una metodología para que el camino del diálogo pueda ser recorrido.

     

    Normalmente entendemos la palabra cuidar, como cuando alguien manifiesta una cierta necesidad. Pero creemos que debemos ir mucho más allá, primero reconociendo que somos todos seres necesitados, permanentemente carentes de cuidado e, al mismo tiempo, sólo nos realizamos como personas en la cuando podemos cuidar de los demás. Estamos llamados esencial y estructuralmente a cuidar.

     

    Generar una cultura del cuidado nos requiere estar atentos siempre a cuidar bien de los demás, desde la primera palabra que damos, haciendo que el otro/otra se sienta como en su casa. Por eso cuidar puede entenderse también como: proteger, animar, valorar, impulsar, atender, acoger, entre otras; donde también cabe decir bendecir, o sea, decir el bien, desear el bien. Y esto implica hacerlo siempre, en todo momento y en todo lugar.

     

    Esta llamada a basar nuestro estilo de vida en el cuidado de los demás y de la naturaleza es algo que va más allá de la cuestión religiosa. Se trata de la supervivencia de la especie humana en el planeta Tierra y de la posibilidad de tener una coexistencia pacífica que es esencial para todos.

     

    En la tradición judía, una vieja historia cuenta que una noche, en la sinagoga, unos hombres están sentados esperando el nuevo día. Un anciano sabio está rodeado de algunos discípulos. Entonces el sabio pregunta:

     

    - ¿Cuándo podemos reconocer el momento en que la noche se completa y aparece el nuevo día?

     

    Un discípulo toma la palabra y dice:

     

    - Cuando las estrellas desaparecen en el cielo y la tierra es acariciada por los rayos del sol.

     

     - No, responde el maestro.

     

    - Entonces, ¿cuándo podemos distinguir a distancia, sin ninguna dificultad, un perro de una oveja?.

     

    - No, dice el maestro de nuevo.

     

    - ¿Pero cuándo?  Los discípulos preguntan juntos.

     

    Tras un momento de silencio, el sabio anciano responde:

     

    - Reconocerás el momento cuando llegue el día en que, contemplando el rostro de algún hombre, reconozcas en él a tu propio hermano. Si no, en tu corazón seguirá siendo de noche (DUCROT, B., Sobre la reconciliación en Angola, Revista Omnis Terra, n. 116, año XIII, enero 2007, p. 26).

     

    Imagen tomada de: https://www.revistaecclesia.com/el-papa-francisco-apuesta-por-la-cultura-del-cuidado-en-su-mensaje-de-la-paz/


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