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    lunes, 8 de marzo de 2021

    ¿Somos lo que pensamos?


    Para vivir mejor | Dra. Miguelina Justo

     



    ¿Somos lo que pensamos?

     

    Es indiscutible la influencia de los pensamientos en el bienestar general del ser humano. Los pensamientos originan y alimentan a la vez emociones, determinan acciones y relaciones. El vaso estará medio lleno o medio vacío, según lo considere el pensamiento del observador. Más allá de la realidad objetiva, los pensamientos construyen una realidad subjetiva que, en ocasiones, desplaza el acuerdo común. Conscientes de este poder, hombres y mujeres han intentado encauzar este río, a veces tranquilo y otras veces turbulento. 

     

    La frase “eres lo que piensas” habla de esta capacidad creadora del pensamiento, que forma y transforma. La lógica de esta popular expresión es sencilla y poderosa y, como la hoja afilada de un escalpelo, en unas manos será vida, en otras, muerte. Puede abrir puertas nuevas a un cambio de vida, donde el énfasis esté en el interior y no en lo externo. La persona que reconoce que sus pensamientos son responsables de su dolor y de su felicidad, pudiera estar en condiciones de desistir de la lucha por controlar lo otro y a los otros. Se detendría en sí mismo, revisando actitudes y expectativas. Comprendería que aquello que le frena, por ejemplo, no es un obstáculo real, mas un producto de su mente, una valla imaginaria que se esfuma ante un “yo puedo”.  Así también, sería capaz de reconocer, como el agricultor identifica la maleza que debe ser removida, las ideas que deben ser desterradas.  Hasta acá todo luce estupendo, lógico, aplicable.  Sin embargo, no siempre lo es.  Este creer que se es lo que se piensa puede traer consigo serias dificultades.

     

    En ocasiones estos pensamientos problemáticos son como un virus implantando en un programa de computadora, ideas tóxicas que alguien dejó.  “Todo lo haces mal”, “Eres un dolor de cabeza”,  “Nadie te querrá” son solo algunas de las frases que otros pronunciaron y que, inadvertidamente, quien las piensa, comete el error de reconocerlas como suyas. “Si pienso esto de mí, esto debo ser”. 

     

    No siempre quien piensa es capaz de reconocer que los pensamientos son solo ideas, agua que corre, humo, nubes cambiantes y efímeras.  Hay quien se escandaliza ante un pensamiento que considera inadecuado y, queriendo eliminarlo, esparce sus semillas.  El rechazo lo paraliza. “No debo pensar así”, se dice inútilmente. Surge así, otro problema: lo que se piensa sobre lo que se piensa. ¡Una trampa sin fin!

     

    Los pensamientos son producto de la compleja interacción de variables, como la cultura, la personalidad, la crianza, las experiencias vividas o la biología, gracias a cuya interacción se forma un collage único y cambiante.  Tomando esto en cuanto, se puede reconocer fácilmente su maleabilidad. No solo construyen, son también construidos.  No son producto exclusivo de nuestra voluntad. Se sabe cómo la lluvia se produce, pero, cuando no llega, toca esperar, y cuando moja la tierra también.  Toca esperar.

     

    Conviene reconocer que se es aquel que piensa, no lo que se piensa. Como el espectador observa a los actores en una película, escucha sus voces, así, quien piensa observa sus pensamientos. Disfruta, se conmueve desde la distancia. Es capaz de reconocer que esto que piensa pasa. No lo rechaza, no lo alienta, lo observa y sigue. La vida espera. ADH 854.

     

     

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