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    jueves, 29 de abril de 2021

    Dios envió al mundo su Palabra


    Espiritualidad del Corazón | Equipo Cor Novum/HCJ





    Dios envió al mundo su Palabra

     

    El libro del Padre Chevalier “El Sagrado Corazón de Jesús” (en 1900 apareció la cuarta edición) empieza con las palabras: “Dios es amor absoluto. Dios es amor en sí mismo, esencialmente amor (1 Juan 4:16). Desde toda la eternidad el plan de Dios es revelarnos este amor… Dios envió al mundo su Palabra, es decir, su Hijo unigénito” (p. 3). Esta es una preciosa confesión de fe, el fundamento de la espiritualidad del P. Chevalier durante sus últimos años, y también de la actual Espiritualidad del Corazón.

     

    El Espíritu sopla donde quiere

     

    Debido al ambiente de reflexión de la fe en su tiempo, todavía el P. Chevalier no reconocía claramente la otra forma en que el amor de Dios actúa poderosamente entre nosotros, sobre todo a través de la presencia del Espíritu Santo en el universo, en la sociedad y en el corazón de la gente. Seguro que el P. Chevalier reconocía la obra de Dios en nuestros corazones a través del “Espíritu de fuerza y amor” (2 Tim 1.7; ver El Sagrado Corazón de Jesús p. 201), pero ateniéndose a la doctrina de la Iglesia de esa época, veía al Espíritu Santo actuando solamente en los bautizados en la Iglesia Católica. Eso le dificultó descubrir lo que había de bueno, por ejemplo, en los corazones de los reformadores protestantes como Lutero, o de los contemporáneos comprometidos con las campañas por los derechos humanos.

     

    El Espíritu renueva y edifica la Iglesia

     

    Hoy, el Papa Francisco amplía nuestra concepción de una Espiritualidad del Corazón señalando la importancia del “Espíritu que brota del Corazón de Cristo resucitado” (La Alegría del Evangelio n. 2). No diferente al P. Chevalier, el Papa dirige nuestra atención a Dios, que envía “el Espíritu a nuestros corazones”, a la vez que nos hace “hijos e hijas de Dios, transformándonos y permitiéndonos corresponder al amor de Dios con nuestras vidas” (La Alegría del Evangelio n. 112). Francisco señala asimismo cómo “el Espíritu Santo enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con diferentes carismas. Estos carismas o “dones del Espíritu”, están destinados a renovar y edificar la Iglesia (La Alegría del Evangelio n. 130).

     

    Es un Espíritu de vida, de sabiduría…

     

    Es más, el Papa nos insta “a creer que el Espíritu Santo actúa en cada uno de nosotros”. Y señala “que el Espíritu Santo busca comprender cada situación humana y todo vínculo social, sabiendo cómo desatar los nudos de las más complejas e impenetrables situaciones humanas” (La Alegría del Evangelio n. 178). Declara asimismo que “el mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayuda a sobrellevar las penalidades de la existencia y a vivir con más paz y armonía” (La Alegría del Evangelio n. 254).  Y así “como cristianos, podemos también aprovechar esa riqueza atesorada durante muchos siglos,” pues ella “nos puede ayudar a vivir mejor nuestras propias convicciones” (La Alegría del Evangelio n. 254).

     

    Dejarnos guiar del Espíritu

     

    Por tanto, como “discípulos misioneros” (La Alegría del Evangelio n. 119), que estamos acostumbrados a rezar “amado sea en todas partes el Sagrado Corazón de Jesús”, deberíamos dejarnos llevar por “el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado” (La Alegría del Evangelio n. 2). Recordemos también que es el mismo Espíritu el que actúa amorosamente en todos los corazones y en toda la sociedad secular (Ver La Alegría del Evangelio n. 265). Somos enviados para “cooperar con la acción liberadora del Espíritu” (La Alegría del Evangelio n. 178), a fin de que Jesús y los anhelos de su corazón sean conocidos y amados en todas partes.

     

    Momento de reflexión

    “El conservar vivo nuestro fervor misionero nos conduce a confiar plenamente en el Espíritu Santo,

    porque es quien nos “ayuda en nuestra debilidad” (Romanos 8.26). Pero esta plena confianza ha de ser alimentada. Por lo que necesitamos invocar al Espíritu constantemente. Él puede sanar todo aquello que nos debilita en nuestro empeño misionero. Es cierto que esta confianza en lo invisible puede hacernos sentir desorientados: Es como estar sumergidos en lo profundo no sabiendo qué vamos a encontrar.

     

    Para compartir:

    1. ¿Reconocemos señales dentro y fuera de la Iglesia donde el Espíritu sopla y transforma?

    2. Dios revela su secreto más íntimo al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor ¿Lo hemos recordado y celebrado así en Navidad?

    3. ¿Cómo nos ayuda el rezo del Culto de Amor, cada lunes, donde pedimos que nos enseñe a “ser mansos y humildes de corazón”, para construir un mundo más fraterno, más humano, más solidario?

     

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