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    viernes, 9 de abril de 2021

    Teólogo John Courtney Murray, sj


    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella, SJ





    John Courtney Murray, sj: la Iglesia Católica, el pluralismo y la libertad religiosa

     

    John Coutney Murray fue un teólogo norteamericano miembro de la Compañía de Jesús. Uno de los objetivos centrales del trabajo intelectual de Murray consistió en ayudar a la Iglesia católica a navegar en un mundo caracterizado por el pluralismo religioso y político.

     

    Murray nació en la ciudad de Nueva York en el año de 1904. Hizo sus estudios secundarios en Manhattan. Ingresó en el noviciado de los jesuitas en el año de 1920. Trece años más tarde sería ordenado sacerdote, después de haber realizado sus estudios en el Boston College.  En el año 1937 completó su doctorado en teología en la Universidad de Georgetown. En ese mismo año fue nombrado profesor en la facultad de teología de Woodstock, localizada en el estado de Maryland. En 1941 sería nombrado editor de la revista Theological Studies, publicación periódica de ese centro de estudios. Ocuparía esos puestos de servicio teológico hasta su muerte por infarto cardíaco en el año de 1967.

     

    Su gran aporte fue ayudar a que la Iglesia católica aprendiera y pudiera crecer en aquel ambiente marcado por el pluralismo

     

    Como teólogo, Murray se interesó en las temáticas teológicas de la Trinidad y de la acción de la gracia divina en la persona humana. Sin embargo, no fue en esos campos dogmáticos que hizo sus principales contribuciones a la teología en suelo norteamericano. Su gran aporte fue ayudar a que la Iglesia católica aprendiera y pudiera crecer en aquel ambiente marcado por el pluralismo. Contrario a concepciones norteamericanas prevalecientes hasta entonces cercanas a la cristiandad, Murray entendía que la práctica constitucional norteamericana y el catolicismo romano podían ser compatibles y colaborar en la construcción de una sociedad más justa.

     

    Fue hacia el final de los años 40 del siglo XX que Murray comenzó a abordar la problemática de cómo las creencias diversas de una sociedad plural podrían ser integradas en el magisterio de la Iglesia católica. En varias ocasiones se había opuesto a todo esfuerzo por parte de la Iglesia de influir en las políticas estatales que no fuera a través de la persuasión moral. Muchos de estos planteamientos fueron publicados en Theological Studies, la publicación cuatrimestral del Woodstcok College antes mencionada y de la cual era director. Hacia la mitad de los años 50 sobrevino la prohibición por parte de sus superiores jesuitas de escribir sobre lo concerniente a la libertad religiosa y a la relación Iglesia-Estado si antes su escrito no había sido revisado y aprobado por los censores de la Curia general jesuita de Roma.

     

    Murray presentó sus tesis centrales sobre la relación de la Iglesia con la sociedad en el libro titulado We Hold These Truths: Catholic Reflections on the American Proposition (Sostenemos estas verdades: Reflexiones católicas sobre la propuesta estadounidense), publicado en 1960, el mismo año en que era elegido el primer presidente católico en la historia de los Estados Unidos.

     

    El Vaticano no recibió inicialmente de buen agrado los escritos de Murray, por lo que tuvo que suspender sus publicaciones por varios años. A pesar del ostracismo, sería llamado como perito al Concilio Vaticano II y sus contribuciones fueron significativas para la puesta al día (aggiornamento) de la Iglesia. Su gran aporte se concretizó en el texto de la “Declaración sobre la libertad religiosa” (Dignitatis humanae). Unos años más tarde, Murray escribiría al respecto lo siguiente: “Las afirmaciones de la Gaudium et Spes (constitución pastoral del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual) y en Dignitatis Humanae (Declaración del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa) representa el aggiornamento. Ambas son programáticas para el futuro. De ahora en adelante, la Iglesia define su misión en el orden temporal en términos de la realización de la dignidad humana, la promoción de los derechos humanos, el crecimiento de la familia humana hacia la unidad y la santificación de las actividades seculares de este mundo”.

     

    Un episodio de la vida de Murray puede ilustrar la importancia de un trabajo teológico como el suyo. En 1958 un católico se reelegía como senador de la Estados Unidos gracias a una victoria aplastante. Gracias a esa popularidad, decidiría entrar a la carrera presidencia de los Estados Unidos. Su nombre: John F. Kennedy. En aquella fecha, se esperaba que cualquier católico comprometido trabajase ardientemente para cambiar la constitución de cualquier país que tuviera al catolicismo romano como religión oficial. En esa coyuntura, Murray se convirtió en arduo defensor de la constitución norteamericana sobre los argumentos de que la democracia y el pluralismo no eran solamente beneficiosos para el ordenamiento político y la vida ciudadana, sino que convenían a la misma vida de la Iglesia. La argumentación, como puede verse, integraba sin confusión, pero sin división, lo teológico y lo político. Para Murray el sistema político norteamericano liberaba a la Iglesia de tener que enfrentar a los jefes de Estado y otorgaba a los creyentes una base sólida para defender su dignidad personal. El libro antes citado de Murray, We Hold These Truths, puso las bases para que muchos creyentes pudieran ver nuevas formas posibles para la relación Iglesia-Estado.

     

    A pesar de haber sufrido diversas amonestaciones, John Courtney Murray fue aclamado en el momento de su muerte en 1967 como la principal luz intelectual del catolicismo estadounidense. Había buenas razones para ello. Desde su análisis de la historia de los Estados Unidos, Murray socavó la enseñanza oficial sobre el “estado confesional” promotor de “la religión verdadera”, mostrando cómo la iglesia puede abrazar la libertad religiosa sin perder su pretensión de enseñar las verdades de la revelación. Gracias a su tenacidad, sus esfuerzos se vieron justificados. Llamado a Roma como experto durante el Concilio Vaticano II, presionó para que se revisara la enseñanza oficial y ayudó a escribir la referida “Declaración sobre la libertad religiosa” (1965). Según todos los informes, logró disipar de la enseñanza católica la antigua fantasía de resucitar el estado confesional.

     

    Murray abrió el camino para que los católicos de los Estados Unidos dejaran su huella en la política estadounidense al demostrar que no había contradicción entre ser estadounidense y ser católico, como algunos pensaban. De todos modos, tesis como esta pueden ser revisadas, ya que posteriormente se ha constatado que pueden aparecer tensiones entre la pertenencia nacional y la confesionalidad católica. Debe matizarse, por ejemplo, su tesis de que el catolicismo estadounidense era excepcional. Así, se ha visto que en la medida en que los católicos norteamericanos no toman distancia crítica de su cultura política, reproducen entre ellos las divisiones ideológicas que separa a muerte a los simpatizantes del partido republicano frente a los simpatizantes del partido demócrata. Murray ni siquiera sospechó que la comunidad católica de los Estados Unidos podía dejar de ser un cuerpo eclesial unido, abandonando su tarea fundamental: ser “iglesia de Cristo”, signo del amor y la justicia del Padre de misericordia.

    Quedémonos, sin embargo, los católicos dominicanos con el espíritu de Murray, pues es el espíritu del Concilio Vaticano II. Traduzcamos efectivamente, en nuestra coyuntura histórica, esta enseñanza de la declaración sobre la libertad religiosa: “El derecho a la libertad religiosa se ejerce en la sociedad humana y, por ello, su uso está sujeto a ciertas normas que lo regulan. En el uso de todas las libertades hay que observar el principio moral de la responsabilidad personal y social: en el ejercicio de sus derechos, cada uno de los hombres y grupos sociales están obligados por la ley moral a tener en cuenta los derechos de los otros, los propios deberes para con los demás y el bien común de todos. Con todos hay que obrar según justicia y humanidad” (Dignitatis humanae, n. 7). ADH 855

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