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    sábado, 15 de mayo de 2021

    Jesús se va, pero se queda


    Comentarios | Martín Gelabert Ballester, OP





    Ascensión: Jesús se va, pero se queda

     

    A veces imaginamos que, con su Ascensión a los cielos, Jesús ha dejado este mundo. No es exactamente así. La fiesta de la Ascensión del Señor subraya un aspecto fundamental del misterio pascual, a saber, que Jesús resucitado ya no está en las condiciones de este mundo, su condición actual es gloriosa, divina, está en el mundo de Dios donde la muerte ya no tiene ningún dominio ni poder. Ahora bien, desde el cielo, sigue estando en este mundo, pero no al modo terreno, condicionado por el desgaste de la materia.

     

    Hoy, gracias al Espíritu que guía a la Iglesia, Cristo puede hacerse presente ‘en el mundo entero’ (Mc 16,15), con una presencia que no conoce fronteras

     

    La liturgia de la fiesta de la Ascensión deja claro que Jesús sigue estando entre nosotros, de un modo nuevo y distinto a como estaba con sus primeros discípulos y discípulas, pero no menos real. El evangelista Marcos acaba así su relato: Jesús, que ha subido al cielo, sigue estando con los suyos “colaborando con ellos” (Mc 16,20). El evangelista Mateo termina su evangelio poniendo en boca de Jesús estas palabras: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). El prefacio de la Misa de la fiesta, tras afirmar que Jesús “ha ascendido a lo más alto del cielo”, añade que “no se ha ido para desentenderse de este mundo”.

     

    ¿De qué modo está hoy presente Jesús resucitado? Por medio de su Espíritu que guía a su Iglesia. Dicho de otro modo: por medio de los cristianos, en la medida en que nos dejamos inspirar y mover por el Espíritu Santo. El Espíritu es el modo como hoy se hace presente Jesús resucitado. Esta presencia tiene una extensión mucho mayor que la que tuvo en la vida terrena de Jesús de Nazaret. Pues Jesús, como hombre que era, estaba limitado en sus posibilidades. Ni podía estar en todas partes, ni hacerlo todo. Hoy, gracias al Espíritu que guía a la Iglesia, Cristo puede hacerse presente “en el mundo entero” (Mc 16,15), con una presencia que no conoce fronteras.

     

    Por otra parte, la Ascensión despierta y alienta la esperanza cristiana. La esperanza está muy relacionada con el Espíritu Santo. Si la Ascensión nos señala la meta de nuestra esperanza, el Espíritu es el aliento de la misma, pues el Espíritu despierta el anhelo del siglo futuro. Pero este anhelo no nos evade de nuestras responsabilidades terrenas, sino que nos compromete a trabajar por un mundo más justo, pues, con este mismo deseo, el Espíritu alienta (donde no están), purifica (donde se desvían) y robustece (donde están) aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a ese fin.

     

    En suma, la ascensión de Jesús es una llamada a la misión, al testimonio, a dejarnos invadir por el Espíritu, a vivir con alegría sostenidos por una esperanza que no falla, y a edificar un mundo más justo y humano acorde con el proyecto de Dios.


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