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    sábado, 5 de junio de 2021

    La fe: ¿verdades que creer?


    Fe y Vida | Redacción Amigo del Hogar






    La fe: ¿verdades que debemos creer?

     

    El ser humano está hecho para la relación con Dios, de la misma manera que está hecho para relacionarse con los demás y con el mundo que le rodea. Para encontrarse y encontrar su lugar en el mundo, necesita reconocer y actuar su condición humana, esto es, su ser con los demás y para los demás; como afirmamos en nuestra época, todo está interconectado y estamos hecho para la cooperación, como afirmaba Marco Aurelio.


    Creer es decir 'amén' a Dios, fundar la existencia solamente sobre él, y es, por tanto, una actitud que incluye sentimientos de fidelidad personal, entrega absoluta, confianza osada, paciencia que nunca desespera...


    Desde su búsqueda de sentido, de la verdad, del amor, el ser humano se encuentra con Dios, a quien está religado. En clave cristiana escucha ese llamado de la trascendencia y tiene libertad de acoger o no la llamada a esa relación como gratuidad, don, responsabilidad. La relación acogida, se convierte en una alianza.

     

    El ser humano da respuesta positiva a Dios asumiendo la relación y entra aquí una virtud teologal: la fe, que es precisamente vivir, celebrar, anunciar y testimoniar esa relación con Dios. Desde este punto de vista superamos la problemática de la fe comprendida como “las verdades que debemos creer”, por lo cual la fe se convierte en un asentimiento intelectual, que puede quedarse en el plano de la razón.

     

    En últimos siglos de la historia humana, la razón ha llegado a escalar un lugar preponderante en la consideración de lo que nos hace humanos. De hecho, se hablaba de “tener uso de razón”, como el momento desde el cual somos conscientes, recordamos. El ejemplo de la fe del carbonero es muy notorio en este sentido, pues dice de una escala de madurez en la fe según el conocimiento humano, más que de la experiencia y la práctica de la fe en el transcurrir de nuestras vidas.

     

    Recordemos que Abrahán es llamado “Padre de la fe” no porque memorizara teorías sobre la realidad de Yahvé. Sería la confianza puesta en ese Dios que se le revela, lo que da a nuestro antepasado en la fe esa cualidad como padre de pueblos. Con argumentos racionales Abrahán tendría muchas razones para no ponerse en camino, para no abandonar una vida ya en el ocaso y salir a comenzar de nuevo. Se encontró con el Dios de la vida y siguió sus huellas, con muchos riesgos, confiado en Él.

     

    Nuestra fe cristiana tiene muchos hombres y mujeres de Iglesia que a través del tiempo han sido fieles testigos del Dios amor, han quedado envuelto en su misterio de Gracia y muchos han dado la vida por su causa. Su fe fue mucho más que entusiasmo por grandes ideas o grandeza por muchos conocimientos. De ellos aprendimos a ser “dóciles al Espíritu”, dejarlo todo para seguirle en Jesús por la causa del Reino, es decir, de una certeza del amor que transforma vidas y conduce la historia para que todos tengan vida.

     

    La Iglesia tiene un patrimonio cultural rico y variado, acompaña la historia de la humanidad durante 21 siglos y forma parte de los grandes acontecimientos que se registran. Tiene también un cuerpo doctrinal consistente y estructurado -siempre con la tentación de que la letra mate el espíritu-, que agradecemos, pero la fe será siempre mucho más que eso. 


    Como afirma un reconocido autor católico en su popular teología para Universitarios, “Creer es decir 'amén' a Dios, fundar la existencia solamente sobre él, y es, por tanto, una actitud que incluye sentimientos de fidelidad personal, entrega absoluta, confianza osada, paciencia que nunca desespera...” (Luis González Carval Santabárbara, en Esta es nuestra fe.

     

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