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    viernes, 11 de junio de 2021

    La revolución de la ternura


    Solemnidad del Sagrado Corazón | Mario Roessler, MSC




     

    Corazón de Jesús, la revolución de la ternura

     

    “... porque soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para ustedes” (Mt 11, 29)

     

    El mes de junio, dentro de la Iglesia Católica, también se conoce como el “mes del Sagrado Corazón”, cuya solemnidad se celebra el viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés. Desde los orígenes de esta devoción, lo que se ha buscado conmemorar y celebrar es el Amor de Dios, manifestado de manera original en la historia concreta de Jesús de Nazaret.

     

    Jesús siempre vivió de corazón y contagió a todos con la poderosa fuerza de su amor y entrega. Nació con un corazón de carne, es decir, humano, absolutamente divino. En él se cumplió definitivamente la promesa de ser el corazón de todos, el centro neurálgico de la humanidad.

     

    Jesús era el hombre para los demás, que tenía un corazón; un corazón no de piedra sino de carne. Su vida fue signo de buen amor, de saber amar. Pero, sobre todo, Jesús, en su Corazón reveló la profundidad misma del ser humano y de Dios. En él estaba la fuente del Espíritu que fluía como agua fecunda hasta la vida eterna.

     

    Gracias a su Encarnación, el Hijo de Dios trabajó con manos humanas, pensó con inteligencia humana, sintió con voluntad humana, amó con corazón humano.

     

    El Corazón de Jesús nos habla de iniciativa, libertad, entrega absoluta y amor profundo; nos recuerda cómo Dios, por su pura iniciativa, por su compromiso con los hombres y mujeres de ayer, hoy y mañana, sale de sí mismo para encarnarse en medio de nuestro mundo, acampando en medio de nuestra realidad histórica y cotidiana. Su Corazón nos revela que la Vida implica un movimiento de salida, que provoca encuentros personales, que transforma la vida de quienes le siguen, abriéndoles nuevos horizontes, ampliando su visión y descentrándolos de su propia lógica.

     

    Su corazón abierto es el lugar donde regresamos a Dios con todos, donde aprendemos quién es Él y quiénes somos nosotros. Es un camino que nos lleva del miedo a la confianza, de la ansiedad al abandono, de retener la propia existencia a entregarla, del miedo a la libertad, de la muerte a una vida a plenitud.

     

    El evangelio de este día nos muestra uno de los ejemplos más vívidos de un corazón agradecido que podemos encontrar. Jesús, que acaba de pasar por una profunda experiencia de rechazo por parte de las ciudades de Galilea, explota en el cántico que comienza: “Te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos”. El corazón de Jesús es sostenido, nutrido e irrigado por el amor compasivo y providente del Padre.

     

    Es en el corazón que también nosotros, sus seguidores, podemos estar seguros, profundamente descansados. Es en el corazón, “la última soledad del ser”, donde nos decidimos por Dios y nos adherimos a Él. Aquí Dios hace un “encuentro” con cada uno de nosotros. “Dios es más íntimo con cada uno de nosotros que nosotros mismos” (San Agustín).

     

    El Corazón de Jesús sigue siendo una expresión central de la fe cristiana, una expresión del amor de Dios por los seres humanos. El Papa Francisco utiliza a menudo una expresión cargada de intensidad: “revolución de la ternura”. Sin duda, la “mansedumbre” y la “ternura” definen radicalmente el sentimiento y la acción de Jesús. La revolución de la ternura nos invita a acompañar, sanar y acoger, desde nuestra realidad, a los que nos rodean, a vivir invirtiendo nuestros mejores recursos a favor de los demás.

     

    Hoy, esta propuesta sencilla, pero con un profundo sello evangélico, responde a la deshumanización que vivimos. Esta revolución de la ternura nos invita a salir de nosotros mismos, a poner nuestra vida al servicio de nuestro hermano, a entrar en el fluir del amor de Dios, llegando a tantos que lo necesitan a través de nuestras manos, nuestra presencia llena de ternura; Viviendo así, nos convertimos en una profunda transparencia del mismo Corazón de Jesús.

     

    Según la tradición bíblica, lo que más nos deshumaniza es vivir con un “corazón cerrado y endurecido”, un “corazón de piedra”, incapaz de amar y de creer. Quien vive “encerrado en sí mismo” no puede aceptar el Espíritu de Dios, no puede dejarse guiar por el Espíritu de Jesús.

     

    Cuando nuestro corazón está “cerrado”, nuestros ojos no ven, nuestros oídos no escuchan, nuestros brazos y pies se atrofian y no se acercan; vivimos encerrados en nosotros mismos, insensibles a la admiración y la acción de gracias. Cuando nuestro corazón está “cerrado”, en nuestra vida no hay más compasión y vivimos indiferentes a la violencia y la injusticia que destruyen la felicidad de tanta gente. Vivimos separados de la vida, desconectados. Un límite invisible nos separa del Espíritu de Dios que energiza e inspira todo; es imposible sentir la vida como la sintió Jesús.

     

    Cuando vivimos de corazón, escuchamos con más paciencia, miramos con complicidad, jugamos con ternura, sufrimos con fuerza, arriesgamos con facilidad, mezclamos nuestra vida con la de los demás y avanzamos en comunidad llevando a cabo proyectos solidarios.

    Así, confesamos que el Corazón de Jesús era tan humano que lo veneramos como “Sagrado”.

     

    Conteniéndolo en la totalidad de sus sentimientos, podremos moldear nuestro corazón, cristificándolo (“aprende de mí ...”). De la misma forma, conociendo las dinámicas, pasiones, dimensiones oscuras y luminosas de nuestro corazón, podremos acercarnos un poco más al misterio de la persona de Jesús, donde dejó brillar la alegría y la tristeza de ser hombre. de ese corazón tan humano y tan sagrado.

     

    Jesús los invita a entrar en su corazón amplio y solidario, para que puedan “descansar”, todos aquellos a quienes la vida insiste en negarles un sentido, los que son víctimas de una sociedad tan inhumana, los que ya haya no sienten fuerza y ​​se sienten solos y rechazados, los que no hay otra razón para regocijarse que en Dios...

     

    Una devoción al Corazón de Jesús que no nos lleva a establecer nuevas relaciones humanas, prolongando la forma humana de ser y de vivir de Jesús, sería una devoción vacía, estéril, marcada por una piedad alienante y alienizada.

     

    Texto bíblico: Mt 11: 25-30

     

    En oración: todos estamos en el corazón de Cristo. Todos estamos en el amor de Dios.

    Todos fuimos introducidos en la Sagrada Humanidad de Aquel que, siendo Dios, se hizo semejante a nosotros para que todos podamos sentirnos en Él.

    El corazón se revela como imagen de amor, humanidad, entrañas compasivas. Identificamos a las personas por su buen corazón, por su instinto de misericordia.

    - ¿Dejas que tu corazón se muestre en tu relación con la gente? ¿Las actividades que realizas tienen corazón?

     

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