Fe y Vida | Juan Luis Vázquez DÃaz-Mayordomo
23 de enero: san Juan Limosnero, un
insensato con los pobres como amos
Poco docto y sin apenas elocuencia, san Juan Limosnero
llevó el desprendimiento hasta el extremo, dando todo a los pobres, desde su
juventud hasta cuando fue elegido patriarca de AlejandrÃa
A veces Dios da pequeños destellos de su gloria para
marcar la dirección de una persona para toda su vida. Eso fue lo que le pasó a
Juan Limosnero, nacido en Chipre alrededor del año 550, hijo del gobernador de
la isla. TenÃa 15 años cuando una noche recibió la visión de una dama que le
dijo: «Yo soy la Compasión, la primera de las hijas del gran Rey. Te daré
acceso a Él porque estoy muy cerca: soy yo quien lo bajó del cielo a la tierra
para salvar a los hombres».
Se casó y tuvo hijos, pero enviudó pronto, y sus hijos
también murieron. A partir de entonces, llevó una vida de oración y
desprendimiento. Su fama de santidad creció hasta el punto de que, a la muerte
del patriarca Teodoro de AlejandrÃa en el año 608, Juan le sucedió.
Nada más llegar repartió las 80.000 monedas de oro que
habÃa en la sede del patriarcado entre monasterios y los pobres, y cuando le
tildaron de insensato por empobrecer la diócesis respondió que era la
providencia la que cuidaba de ellos. También pidió que le facilitaran una lista
con todos los pobres de su territorio: eran 7.500, a los que a partir de
entonces llamó «mis amos y mis maestros».
Una vez, uno de ellos se puso a la cola para recibir
las limosnas del patriarca. Cuando salió,
se cambió de ropa y volvió a la fila para pedir otra vez, y asà hasta en tres
ocasiones. Cuando se lo advirtieron, Juan solo dijo: «No os preocupéis, tal vez
sea el mismo Jesucristo disfrazado de mendigo, que quiere poner a prueba mi
caridad».
En otra ocasión, un hombre de posición acomodada le
regaló una sábana de un alto valor económico. Juan durmió en ella una noche y
luego dispuso que la vendieran para entregar su precio a los pobres. Enterado
de ello, aquel hombre la compró y se la volvió a regalar, asà varias veces,
mientras el patriarca decÃa: «Vamos a ver quién se cansa primero». Y no fue él.
En otra ocasión, a un mendigo que agradeció su ayuda le cortó el santo
diciendo: «Hermano, todavÃa no he vertido por ti mi sangre como me manda hacerlo
mi Señor Jesucristo».
En este sentido, el catedrático de TeologÃa Eloy
Bueno, de la Facultad de TeologÃa de Burgos, explica que la limosna «es, ante
todo, expresión de la misericordia que tiene que caracterizar a todo cristiano,
porque es el modo de actuar de Dios».
Un valor sacramental
Cuando los persas saquearon Jerusalén en el año 614,
Juan envió grandes cantidades de comida y dinero a los cristianos que huÃan, y
luego envió trabajadores para reconstruir las iglesias destruidas. Más tarde,
los persas invadieron AlejandrÃa, y el patriarca tuvo que huir a su paÃs natal,
Chipre, donde murió en el año 620. Algunos miembros del clero de su época le
acusaron de ser poco docto y poco elocuente, pero Juan tuvo siempre una
sabidurÃa práctica basada en la caridad. En los apenas doce años que estuvo en
AlejandrÃa, no solo cambió la vida de numerosos menesterosos, sino de que dejó
una profunda huella en la historia de la Iglesia, huella que perdura hasta hoy.
Siguiendo su ejemplo, que la Iglesia recuerda cada 23
de enero, «el cristiano debe practicar la limosna en la medida en que descubre
en el otro a Jesucristo», afirma Eloy Bueno, al mismo tiempo que supone «una
expresión de la vida comunitaria eclesial. Ya san Justino contaba cómo la
limosna formaba parte en el siglo II de la liturgia de la EucaristÃa en su
comunidad». Por eso, la limosna «tiene un valor prácticamente sacramental».
Un mandato milenario
- «La limosna libra de la muerte y
purifica de todo pecado. Los limosneros tendrán larga vida», TobÃas 12, 8.
- «Vended vuestros bienes y dad
limosna; haceos un tesoro inagotable en el cielo», Lucas 12, 33.
- «Limosna significa don interior y
apertura hacia el otro, y es un factor indispensable de la conversión», san Juan Pablo II.


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