Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
“¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”
Lecturas
del día (2 Samuel 6,12-15.17-19; Salmo 24[23],7-10; Marcos 3,31-35)
1.-
La familia biológica no es rechazada, sino superada por una familia más grande
Jesús
no niega a su madre y hermanos carnales (María está siempre presente en el
camino de fe). Lo que hace es abrir el círculo familiar: no lo
cierra en la sangre, sino que lo expande a todos los que responden al Padre. En
2 Samuel vemos a David celebrando con todo Israel la llegada del Arca:
la bendición de Dios no se queda en una casa (la de Obed-Edom), sino que se
comparte con todo el pueblo. Así Jesús nos dice: “Mi familia no es solo la de
Nazaret, es toda la que acoge el Reino”.
2.-
Hacer la voluntad de Dios es el único “parentesco” que cuenta ante Él
La
frase culminante “el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi
hermana y mi madre” (Mc 3,35) es revolucionaria. No es un desprecio a la
familia natural, sino la revelación de que el vínculo más profundo con Jesús
nace de la obediencia amorosa al Padre. David baila y ofrece sacrificios
ante el Arca precisamente porque reconoce que la voluntad de Dios (traer su
presencia al centro de Israel) es más importante que cualquier protocolo o
temor humano.
3.-
El Arca y Jesús: la presencia de Dios que reúne una nueva familia
En
2 Samuel 6, David trae el Arca (símbolo de la presencia de Yahvé) a
Jerusalén con alegría, danzas y bendiciones para todo el pueblo. En el
Evangelio, Jesús es la presencia viva de Dios en medio de la multitud. Quienes
se sientan a su alrededor escuchando la Palabra forman la “nueva tienda” donde
Dios habita. La verdadera familia de Jesús no se define por lazos de sangre,
sino por estar cerca de Él escuchando y viviendo su Palabra.
4.-
La puerta del corazón debe abrirse al Rey de gloria (Salmo 24)
El
salmo responsorial canta: “¡Puertas, alzad los dinteles, que se alcen las
puertas eternas: va a entrar el Rey de la gloria!” (Sal 24,7-10). David
preparó una entrada digna para el Arca; Jesús nos pide abrir las puertas de
nuestro corazón para que entre el Rey. Quien abre su vida a la voluntad del
Padre entra a formar parte de la familia de Jesús. La pregunta “¿Quiénes son mi
madre y mis hermanos?” equivale a preguntar: “¿Has abierto la puerta a mi
Reino?”.
5.-
La familia de Jesús se construye en círculo alrededor de la Palabra
Jesús
“mirando en torno a los que estaban sentados en círculo alrededor de él” (Mc
3,34) señala a la multitud como su verdadera familia. No es un rechazo, es
una invitación inclusiva: cualquiera puede entrar en ese círculo si escucha
y pone en práctica la Palabra. David no bailó solo; todo Israel participó
en la fiesta. La Iglesia nace así: como una gran familia reunida en torno a
Cristo que enseña y sana.
6.-
La alegría de pertenecer a la familia de Dios supera cualquier otra alegría
David
danza con todas sus fuerzas delante del Señor (2 S 6,14-15) porque la
presencia de Dios trae una alegría que ninguna otra pertenencia puede igualar.
Jesús, al declarar quiénes son su madre y hermanos, nos ofrece una alegría
mayor: la de saber que, cumpliendo la voluntad del Padre, somos plenamente
acogidos en su familia divina. Esa es la verdadera fiesta, más grande que
cualquier celebración terrena.
7.-
Todos somos invitados a ser “madre, hermano y hermana” de Jesús
El
Evangelio no excluye a nadie; al contrario, amplía la invitación:
“el que hace la voluntad de Dios” incluye a judíos y gentiles, ricos y
pobres, hombres y mujeres, de cualquier nación. María misma es la primera en
hacer perfectamente la voluntad del Padre (“hágase en mí según tu palabra”). Por
eso ella es la Madre de la Iglesia y modelo de todo discípulo. Tú y yo
podemos ser hoy “hermanos y hermanas” de Jesús si dejamos que su voluntad
moldee nuestra vida diaria.
Conclusión
para la homilía
Hermanos
y hermanas: Jesús no vino a destruir la familia, vino a recrearla
desde Dios. ¿Quieres saber quiénes son su madre y sus hermanos? Mírate
a ti mismo cuando rezas, cuando perdonas, cuando sirves, cuando cumples la
voluntad del Padre, aunque cueste. Ahí estás entrando en la danza de David,
pasando por las puertas del Salmo 24 y sentándote en el círculo alrededor de
Jesús.
Que
María, la que dijo “sí” plenamente, nos ayude a responder cada día: “Aquí
estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Así seremos de verdad familia de Jesús.
Amén.


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