Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
Reconocer el propio error
(Miércoles
4 febrero 2026, lecturas: 2 Samuel 24,2.9-17; Salmo 31; Marcos 6,1-6)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de hoy nos invita a una actitud fundamental para la vida
cristiana: reconocer nuestros errores y abrirnos a la conversión. Solo quien
reconoce su falta puede experimentar la misericordia de Dios.
Elementos
principales para la reflexión:
1.-
El peligro del orgullo y la autosuficiencia (2 Samuel)
David
ordena el censo movido por la confianza en su poder y en sus fuerzas. Este
gesto refleja la tentación humana de creer que podemos vivir sin Dios. El
pecado muchas veces nace del orgullo.
2.-
El primer paso de la conversión: reconocer la falta
David
dice: “He pecado gravemente”. No se justifica, no culpa a otros, no se esconde.
La conversión comienza cuando dejamos de excusarnos y asumimos nuestra
responsabilidad.
3.-
Elegir la misericordia de Dios
David
prefiere caer en manos de Dios antes que, en manos humanas, porque sabe que
Dios es compasivo y misericordioso. Reconocer el error nos abre a la
experiencia del perdón.
4.-
La oración del que se sabe frágil (Salmo 31)
El
salmista expresa confianza total: “Tú eres mi refugio”. Quien reconoce su
pecado descubre que Dios no rechaza al corazón arrepentido.
5.-
La dificultad de reconocer a Dios cerca (Evangelio)
En
Nazaret, los paisanos de Jesús no lo aceptan. Creen conocerlo demasiado y se
cierran a su acción. La falta de humildad impide reconocer a Dios cuando actúa
cerca de nosotros.
6.-
La incredulidad como obstáculo
El
Evangelio dice que Jesús no pudo hacer muchos milagros por su falta de fe.
Cuando el corazón está cerrado, Dios respeta nuestra libertad. Reconocer el
error también implica reconocer nuestra falta de fe.
Aplicación
a nuestra vida hoy
Hoy
se nos invita a preguntarnos:
-
¿Sabemos pedir perdón?
- ¿Reconocemos nuestras
faltas en la familia, en la comunidad, en la Iglesia?
- ¿Somos humildes para
aceptar correcciones?
7.-Reconocer
el error abre el camino a la sanación
Solo
quien reconoce su pecado puede cambiar. La humildad no nos humilla; nos libera
y nos devuelve la paz.
Conclusión
Queridos
hermanos y hermanas, pidamos al Señor la gracia de un corazón humilde, capaz de
reconocer sus errores y confiar en la misericordia de Dios. Que nunca nos falte
la valentÃa de decir como David: “He pecado”, para poder experimentar la
alegrÃa del perdón y la renovación de la vida.


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